"En el olor a aserrín recuerdo a mi padre"
Elsa tiene 29 años. Nació en Lanús, Argentina en 1974. Su padre era Raimundo Aníbal Villaflor Gómez, argentino, y su madre fue María Elsa Garreiro Martínez, española nacionalizada uruguaya. Los padres de Elsita -como le llaman- son dos víctimas de desaparición forzada en la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA) de Argentina en 1979 y 1980.
Elsa Garreiro, junto a Carlos Bonavita Espínola, Mary Luppi Mazzone y, probablemente, José Pedro Callaba Pírez y Hugo Gomensoro, componen la lista de uruguayos desaparecidos en la tristemente famosa unidad militar, y sus casos vuelven a ser investigados ante la decisión del gobierno de Néstor Kirchner de transformar el lugar en un Museo de la Memoria.
El pasado miércoles, el propio comandante en jefe de la Armada argentina, almirante Jorge Godoy, reconoció que en el ESMA se ejecutaron «hechos aberrantes y agraviantes de la dignidad humana», en una autocrítica que por primera vez realiza la fuerza naval de ese país.
La historia de Elsa Villaflor y su testimonio a LA REPUBLICA permiten ahora recordar un caso sobre el que poco se ha escrito en Uruguay, a la vez que revela el pensamiento y el sentimiento de una joven que ha vivido desde los cuatro años de edad su condición de hijo de un desaparecido.
Recuerdos con olor a aserrín
Elsa Garreiro había militado en la juventud del Partido Socialista del Uruguay y luego se había sumado al Movimiento de Liberación Nacional (MLN), hasta que en 1968 debió irse clandestinamente del país. En Argentina conoció, un par de años más tarde, a su compañero de militancia y de vida.
Raimundo Villaflor hacía changas como metalúrgico y Elsa daba algunas clases, pero no tenía ningún trabajo estable. Ambos actuaban en el las Fuerzas de Acción Peronistas (FAP). Cuando Elsita nació, en Uruguay ya se había instalado la dictadura, y cuando en el 78 tuvieron a Laura, Argentina se oscurecía en el horror.
«En esos años mis padres vivían clandestinos. Cada dos o tres meses nos mudábamos de lugar. Era un tiempo complicado porque luego que se dio el golpe de Estado también habían rupturas y complicaciones dentro de la organización en la que militaban… Pero también recuerdo cosas normales, como ir a comer los fines de semana a la casa de mi abuela paterna en Avellaneda, donde estuvimos viviendo algún tiempo…»
-¿Qué queda en la memoria hoy de aquella niña de cuatro años que vivía tiempos peligrosos con inocencia?
-Tengo recuerdos de muchas cosas. Recuerdos de mi casa con mi padre… Cuando tenía tiempo libre, una de las cosas que le gustaba hacer era trabajos de carpintería. Muchos muebles de mi casa habían sido hechos por él. Tenía un taller en el fondo y trabajaba en eso cuando podía… Yo lo ayudaba (sonríe, y sus ojos húmedos se pierden en imágenes felices)
-¿Jugabas con los palitos?
-Agarraba los palitos e inventaba mis muebles. Me ponía las botas de él. Jugaba con las herramientas… Después me acuerdo de mi mamá, que junto con mi padre habían hecho una casa de madera en el fondo. Era una casita de madera bastante grande, parecida a esas que ahora se compran. En aquel tiempo se hacían…»
-¿Los recuerdos tienen olor?…
-Sí, el olor a aserrín me trae recuerdos, como el olor de los árboles… son el aromas de mi padre…»
-¿Y los aromas de tu madre?
-Las cosas cotidianas, a Mamá le gustaba tejer, le gustaba cocinar… ¿Comida en particular?… las milanesas. ¿Que no me gustara?… No me acuerdo, alguna debía haber…
Los flashes de un secuestro
-Estabas presente aquel 4 de agosto de 1979…
-Sí (su rostro cambia, endurece las mandíbulas y la voz). Un día antes habían secuestrado a la hermana de mi padre, a su esposo y a la hija de ellos, Celeste, mi prima hermana… Mis padres se habían enterado de eso, porque ese día todo fue como un flash. Repentinamente ellos comenzaron a cargar cosas en la camioneta de mi padre y nos íbamos rumbo a Mar del Plata. A Celeste, que tiene un año y medio menos que yo, la llevaron a la casa de los abuelos en Avellaneda. Después se supo que mis tíos fueron a la ESMA…
-También allí irían tus padres…
-Sí… Faltaban seis días para mi cumpleaños. Mi padre había ido a llevar unas cosas a la casa de los abuelos. Tenían pensado que, aunque nos íbamos a Mar del Plata, mi cumpleaños pasarlo con ellos en Avellaneda. Había parado la camioneta a tres cuadras. Fue a llevar esas cosas y cuando volvió e iba a arrancar la camioneta, aparecieron de todos lados… Autos que frenaban, gente que bajaba, que corría, que cerraba las calles, que gritaba…
-¿Vestidos de civil?
-De civil, pero armados. Mucha gente. Muchos autos. Son imágenes que me quedaron grabadas desde entonces. Uno que estaba a cargo del operativo le dijo que bajara con las manos en alto. Mi padre obedeció, lo agarraron y lo metieron en un auto… Nunca más lo volví a ver.
-¿Y ustedes?
-Mi madre tenía a mi hermana de once meses a upa, yo estaba a su lado. Ella empezó a gritar desesperada que no nos llevaran a nosotras… Salieron unos vecinos al jardín mientras todo pasaba. Mi madre a la vez que pedía que no nos llevaran, gritaba la dirección de mis abuelos, que quedaba a sólo tres cuadras. Mi madre me llevó hasta el cordón de la vereda, me sentó, puso a mi hermana en brazos y me dijo que la cuidara. A ella la metieron en otro auto y se la llevaron… Quedamos viendo cómo la llevaban».
Elsita y Laurita quedaron allí, junto al auto vaciado… Al rato paró un auto con un hombre y una mujer. Elsita creyó que era su tío al que habían secuestrado un día antes. Las trasladaron hasta la casa de sus abuelos. Elsa aún no pudo confirmar si esa pareja era parte del aparato represor o unos vecinos que escucharon la dirección que su madre había gritado.
Las dos visitas autorizadas
En su testimonio ante el juez español Baltasar Garzón, el argentino Carlos Gregorio Lordkipanidse, sobreviviente de la Escuela de Mecánica de la Armada, explica lo que ocurrió con Raimundo Villaflor: «Fue ferozmente torturado por el subprefecto Carnot, a quien oí decir que «se le había quedado en la máquina». Esto quería decir que había asesinado a Villaflor con las aplicaciones de la picana eléctrica», testificó.
Elsa sabe que a su padre probablemente lo mataron en el ESMA el 8 de agosto, sólo cuatro días después de su detención. Su madre, en cambio, permaneció en la unidad naval durante varios meses, junto a los otros miembros de la familia de su compañero. El grupo Villaflor lo llamaban. Ella pudo conseguir autorización para visitar a sus hijas.
«No fue una visita, fueron dos… e iba a haber una tercera… Fue al tiempo de estar en la casa de mis abuelos. Aparecieron mi madre y mi tía, la mamá de Celeste, que también estaba secuestrada. Estuvieron un rato, comieron y jugaron con nosotras. No hablaban mucho entre ellas…»
-¿Estaban presentes sus custodias?
-La primera vez que fueron sí. La segunda vez, quedaron afuera dentro de un auto. Uno de los custodias era el tipo este que agarraron en México…
-¿Miguel Angel Cavallo?
-Sí, creo que finalmente lo extraditaron a España a pedido del juez Garzón. Mi hermana Laura fue a declarar a México. Probablemente él también formó parte en el operativo que secuestró a mis padres.
-¿Cómo fueron aquellas visitas de tu madre?
-Cuando Mamá iba a venir por segunda vez, llamaron a mi abuela de acá, de Montevideo, para que fuera a Buenos Aires. Mi ab
uela me cuenta que atendió el teléfono, le preguntaron si hablaba María Martínez y que esperara un momento que le iban a hablar. Allí escuchó la voz de mi madre: «Mamá, mañana me van a llevar a la casa de Josefina y quiero verte» (Elsita imposta la voz dulce con que le recuerda). Mi abuela se desesperó y empezó a preguntarle cosas, que dónde estaba, que esto y que aquello. Mi madre le contestó: «No puedo, estos señores no me dejan». Mi abuela pudo ir a Argentina y ver a mi madre. Después supimos que ese «estos señores no me dejan», le costó a mi madre alguna tortura.
«Se vació la pecera», les dijo
-¿Qué más recuerdas de aquellos encuentros?
-Mi abuela me cuenta que en aquella primera visita, mi tía jugaba en sus manos con una cinta con la que le habían tapado los ojos al traerla, porque las vendaban para que no pudieran identificar a dónde las llevaban. La custodia la vio hacerlo y eso le costó a ella que la castigaran torturándola, nos contó en la siguiente visita.
-¿En ese último encuentro fue que tu madre les regaló unas muñequitas de trapo?
-Yo tengo una y mi hermana Laura, que vive en Buenos Aires, tiene la otra. Son unas muñecas de trapo negras con unos vestidos rojos a lunares. En realidad se las dieron a mi abuela para que luego nos las entregara. Ambas las conservamos es tiempo en el que ella fue criada por mis abuelos paternos y yo me quedé acá con mi abuela materna. Ahora ella vive sola y yo sigo con la abuela que ya tiene 84 años.
-¿Cuándo comprendiste que luego de aquella visita no verías más a tu madre?
-Creo que eso fue algo como de a poco. No hay un concepto de desaparición del todo. Sabemos que después de aquella visita hubo un cambio de mando en el ESMA y se endurecieron mucho las cosas, y no precisamente porque la etapa anterior fuera blanda. En ese tiempo, principios del 80, hubo una visita de organismos internacionales por denuncias contra la ESMA y todos los detenidos fueron trasladados a una casa de los militares en una isla de El Tigre. Ahí fue cuando mi madre se enteró que a mi padre lo habían matado.
-¿Qué ocurrió después?
-Por lo que sabemos, después de eso hubo prisioneros a los que se les dejó libres y otros a los que no. Ellos estaban en un lugar al que llamaban la «pecera». Sobre lo que pasó hay un testimonio realizado en México de una señora de las que liberaron.
Yo la conocí y me contó muchas cosas. Explicó que después que la soltaron junto a su marido, cada tanto tenía que volver a la ESMA para controles. Una vez pidieron para ver a los compañeros y un oficial la llevó hasta el lugar donde estaban antes. No había nada. Ellos preguntaron qué pasó, y el oficial les dijo: «Se vació la pecera»… Eso es todo lo que supe.
Contradicción de impunidad
Con 29 años de edad, Elsa Villaflor trabaja hoy en la Intendencia Municipal de Montevideo, estudia en «Educación Social» en el Iname y forma parte de la organización «Hijos». Este año se realizará en España, ante el juez Baltasar Garzón, el juicio contra el represor argentino Miguel Angel Cavallo, uno de los hombres que secuestró a sus padres. Elsa no sabe si irá a declarar.
«Es un tema bastante complicado. Cuando uno pasa por una situación como ésta, de tener a tus padres desaparecidos, de no saber nada de ellos, de vivir con tu abuela que se está volviendo vieja y a la que en cualquier momento le puede pasar algo y nunca más pudo ver a su hija… Cuando se vive toda esta angustia y tortura permanente que sufrimos los familiares de desaparecidos, como los familiares de asesinados o de gente que estuvo presa o en el exilio, al llegar a este tipo de situaciones se generan contradicciones.
-¿De qué tipo?
-Se generan contradicciones, porque ante tanta impunidad que uno vive diariamente necesita que suceda algo, pero lo necesita desde lo afectivo. Cuando uno une lo afectivo con el pensamiento, con tus principios, con cómo vos pensás y sentís que tienen que ser las cosas, empiezan a generarse esas contradicciones. (Mira a los ojos para saberse comprendida).
-Explicate
-Yo siento que estos tipos tienen que pagar por lo que hicieron, pero yo vivo en Uruguay y la impunidad de los militares argentinos, como de los chilenos o de los paraguayos, es la misma que la de los militares uruguayos. Yo muchas veces voy en el ómnibus y no sé si estoy sentada junto a un milico de éstos.
Y el tema de que se juzgue a uno de ellos, con la mejor buena voluntad, con convicción o con lo que sea, pero en otro país y no en el propio país, es contradictorio. Es necesario que en la sociedad haya un aprendizaje de que pasó esto y de que no tiene que volver a pasar. Tiene que haber a nivel de la Justicia y sobre todo de la gente, una conciencia y una acción de que esto no puede volver a pasar.
La «cruz» de ser un «hijo»
Elsa subraya la importancia que en su vida ha tenido la organización «Hijos» en la que milita desde 1996 y donde ha podido compartir su historia con la de quienes tienen vidas con muchos puntos en común. Ese grupo, explica, le ha permitido superar la carga de su propia cruz…
«Se vive como una cruz, cuando te remueve lo afectivo, cuando tenés un montón de preguntas a las que no le podés encontrar la respuesta, cuando sentís un dolor y una ausencia que son permanentes. Eso se puede ir enquistando y convirtiendo en bronca y odio, en la que quedás peleada con el mundo y contigo misma… Por eso es importante construir un espacio desde el que se puede hacer algo distinto, no sólo por nosotros, sino por quienes sufren una realidad de impunidad que te golpea a diario. Nosotros puede ser que estemos marcados por la desaparición de nuestros padres, pero uno también piensa, cuando ve tanta gente en la calle que no tiene para comer ni puede trabajar, que es otra forma solapada de terrorismo de Estado… (gesticula para reafirmar su idea). No son los militares, no son las armas, sino un Estado que no da cuentas porque sus ciudadanos estén pasando por las situaciones más penosas que puede pasar un ser humano. Esas cosas uno las va integrando: lo que nos pasó y lo que nos pasa…
-¿Qué pensás de que las instalaciones de la ESMA se transformen en un Museo de la Memoria en Argentina?
-Tiene que ver con lo que se está haciendo para recuperar la memoria, desde una plaza, una calle o el Memorial. Son cosas necesarias. En la Intendencia trabajaba en el Cabildo, donde un compañero que falleció, Oribe, estudiaba lo que ocurrió en otros países, desde Argentina hasta Alemania ante el holocausto judío. Con él conversamos sobre el caso de la ESMA. Yo le decía que el Museo de la Memoria tenía que estar acompañado de otras cosas para educar, comprender y generar herramientas de defensa del pueblo. No basta con mostrar un catre de metal donde se picaneaba o un recipiente donde se hacía el submarino… ¿Si se invita a las escuelas para mostrarles lo que ocurrió en tal período, qué responderán los maestros cuando los chiquilines pregunten qué pasó con los responsables de todo eso? ¿Cómo les vamos a decir como sociedad, que esas personas están libres? ¿Cómo van a entender que quien roba un pan va preso, pero los que hicieron esas bestialidades están sueltos y que los civiles que los llamaron y aplaudieron están en el Parlamento, y son quienes nos representan, nos hablan de democracia y nos acusan cuando los jóvenes no creemos en nada…?
-¿Vos no creés en nada?
-Sí creo, claro que creo. Creo en algunas cosas que forman el legado de mis padres, creo en mis compañeros, creo que las personas pueden cambiar, creo que es necesario que cambiemos y sobre todo
creo que es posible, porque el cambio empieza por uno mismo. *
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