Fue cónsul honorario de Uruguay en 1884
El largo exilio en Norteamérica lo convirtió José Martí en etapa decisiva y fecunda para la preparación de la gesta libertadora de 1895. También –no hay paradoja en ello– ahondó desde allá sus nexos con los pueblos de América Latina, de «Nuestra América», como él la llamó.
Sabido es que Martí se desempeñó como cónsul en Nueva York de los gobiernos de Argentina, Paraguay y Uruguay, países que nunca visitó pero cuyas culturas, desarrollo económico y potencialidades productivas conoció profundamente.
En mayo de 1884 se hizo cargo interinamente del Consulado de Uruguay, hasta el 10 de octubre, cuando renunció argumentando en estos términos:
«… Hoy, que renacen las esperanzas de mi país, y empiezo a alentarlas públicamente, daría mala prueba de mi cariño por el Uruguay exponiéndolo, con mi participación señalada en los asuntos de mi tierra, a un altercado desagradable con la Nación que hoy nos gobierna, y es su amiga».
No obstante, el 16 de abril de 1887, en funciones ya de vicecónsul, se le nombra de nuevo cónsul de Uruguay en Nueva York y el día 7 de mayo asume el cargo.
Y parece que no lo hace del todo mal, porque el 24 de julio de 1890 se le designa cónsul de Argentina y a partir del 30 lo es además de Paraguay.
Martí atiende, pues, los intereses de tres repúblicas hermanas, dando muestras de su sagacidad política y sentido de justicia.
Lo acompaña un enorme prestigio, al punto que el 23 de diciembre de 1890 es nombrado representante de Uruguay ante la Comisión Monetaria Interamericana en Washington.
Su informe lo lee, primero en español y después en inglés, en la sesión del 30 de marzo de 1891. Versa sobre el «bimetalismo» y, como en todo momento, defiende los intereses de las naciones económicamente menos favorecidas.
El 11 de octubre de 1891 Martí renuncia a su cargo consular. Lo hace para dedicarse por entero a su labor independentista y para acallar las quejas del gobierno español ante el uruguayo. Renuncia igualmente a la representación de los gobiernos de Argentina y Paraguay. Esta decisión la reitera el 1º de marzo de 1892, pues dice: «los acontecimientos de mi país natal me ponen donde mi persona debe estar en libertad absoluta, y mi cariño a la República (del Uruguay) me manda cesar sin demora en su servicio, porque éste es hoy mi mejor modo de servirla».
Pero no pensemos que los vínculos del héroe nacional cubano se limitaron a las funciones de una representación oficial. Por el escritor Alejandro Magariños Cervantes sintió expresa admiración y a raíz de la recepción de una de sus obras le hace llegar estos comentarios:
«No he dejado una línea por leer en su hermoso libro, que me puso enseguida la pluma en la mano, y me dio una de esas raras horas de lanza y de luz que aclaran y mantienen la existencia…» En esa misma epístola, fechada el 21 de octubre de 1885, emitió uno de sus juicios más conmovedores sobre «el doctor Don Enrique M. Estrázulas, en quien he aprendido a querer el Uruguay«.
La honda amistad entre Martí y Estrázulas la comprenderemos mejor si reparamos en la dedicatoria de los Versos sencillos, compartida entre dos amigos: el mexicano Manuel Mercado y el uruguayo Enrique Estrázulas. El afecto se percibe en la correspondencia martiana. «Un abrazo en redondo a toda su prole», le dice a Estrázulas al final de una de sus cartas; «¿Quién le deseará más bien que yo?», le advierte en otra.
También vale recordar la carta rimada, presumiblemente de 1885, en que Martí impone a su amigo oriental acerca de su dolorosa separación de los planes revolucionarios de Máximo Gómez y Antonio Maceo, que tiene lugar el 20 de octubre de 1884 por no estar de acuerdo con la forma en que estos líderes pretenden conducir el movimiento.
Véanse estas dos estrofas:
El plan que urdí con cuidado/se me vino a tierra, y miento/en eso del llamamiento:/a un amigo, sí he llamado.
Púseme a tajo y destajo/a buscar trabajo, y digo/que, amén de usted. No hay amigo/más constante que el trabajo.
Hermosa igualmente es la descripción del Pabellón de Uruguay incluido en el trabajo titulado La exposición de París, que publica en el número de setiembre de 1889 de su revista para niños La edad de oro. Allí apunta:
«…Vive de sus ganados el Uruguay, y no hay pueblo en el mundo que haya inventado tantos modos de conservar la carne buena, en el tasajo seco, en caldos que parecen vino, en la pasta negra de Leibig, y en bizcochos sabrosos…». *
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