"Hoy estamos viviendo el ocaso de una etapa de los partidos tradicionales: 2004 va a ser el año en que hay que ayudarlos a irse"
-Aumento del precio de los combustibles, la inflación que se dispara, indicadores malos por todos lados, ¿cómo está viendo al país?
–Estamos saliendo del peor año, en lo económico, del que tengamos recuerdo. Hemos llegado al 20% de desocupación, estamos viviendo una nueva ola emigratoria, tenemos un violento crecimiento del nivel de endeudamiento interno. Hoy se habla mucho del endeudamiento externo del país, lo cual está bien, pero no lo necesario del endeudamiento interno, donde ha crecido el número de familias endeudadas con el sistema bancario. Hace unos quince años, el total de los créditos del sistema financiero con el consumo, con las familias, no llegaba al 5%, pero en estos últimos años ha llegado a ser el 25%. Esto fue así porque el sistema financiero se dedicó a promover sus «productos», que fueron las diversas formas de crédito al consumo. Así la gente se endeudó y en muchos casos fue en dólares. Los que se endeudaron en pesos fueron con tasas absolutamente locas; y los que lo hicieron en dólares, con el salto del mismo, entraron en una situación tremenda. En el mismo año en que se restringen los aumentos salariales, vuelve a comenzar la inflación: el que está endeudado ¿cómo hace?
–¿De cuánta gente hablamos?
–Los créditos del sector financiero a las familias pasan del millón 300 mil. Si uno supone que la misma persona puede haber recibido hasta tres créditos, nos da más de 500 mil endeudados. Y éste es uno de los más grandes problemas de la sociedad uruguaya, fenómeno que no pasó con la ruptura de la tablita porque en la década del 80 los bancos les prestaban a las empresas, pero no a las familias. En cambio ahora hasta los supermercados repartían tarjetas de crédito. A la vez, si este fenómeno se encara con toda la dureza de la ley, puede terminar en ejecuciones de muchas casas.
— ¿Este problema lo van a analizar con el equipo económico del gobierno en la Comisión Permanente?
— La idea es que se nos informe, por parte del gobierno, sobre cuáles son las perspectivas para 2003. Queremos saber cuánto va a ser el incremento salarial para los funcionarios públicos y qué se tiene previsto con las jubilaciones, porque el costo de vida subió. ¿Cómo se va a acreditar el crédito al sector productivo? Hoy tenemos exportadores que reciben órdenes de compras y no las pueden cumplir, porque no hay quién les preste el dinero para poder preparar los productos.
–Uno de los temas de más preocupación es la situación de la gente del campo, en particular la del sector ganadero, que exige la suspensión de las ejecuciones y que amenaza, en caso de que eso no ocurra, con no enviar ganado a los frigoríficos. Un tema polémico, ¿no?
–Es polémico. En teoría macroeconómica se puede decir que en el campo, el incremento del precio del dólar favorece a la exportación de nuestros productos. Pero sucede que en muchos casos los productores no pueden aprovechar esta situación por la falta de crédito, por el peligro de las ejecuciones y por la falta de rentabilidad acumulada a lo largo de muchos años, que ha determinado que el campo esté en una situación terrible. Yo he hablado con proveedores de diversas áreas del medio rural y todos me dicen que no venden nada. Que el campo comience a andar es una idea de futuro, pero hoy la situación es dramática. En este sentido el compañero José Mujica planteó en la Comisión Permanente la citación al Ministerio de Ganadería para que informe. Yo creo que éstos son los problemas del Uruguay de 2003: resolver el endeudamiento de las familias y del sector agropecuario, así como de la industria que pasó de tener 200 mil puestos de trabajo a tener sólo 70 mil. Ningún sector cayó tanto como el sector industrial, donde hay muchas empresas en concordato, otras que directamente cerraron y otras que están peleando en medio de muy complejas situaciones.
–¿Estamos mirando el Uruguay real?
–Creo que la explosión de la burbuja financiera nos obligó a mirar el Uruguay real. Nuestro país generaba como producto, en 1950, el 3,1% de la producción de América Latina. En 1960, diez años después, generaba el 2,5%. En 1970 estaba en 2% y luego bajó al 1,6%, más tarde al 1% y en 1990 estábamos en 0,9% del PBI de América Latina. Si nosotros hubiéramos crecido a la misma velocidad del barrio, a la velocidad que creció esta sufrida América Latina, otra sería la historia.
–Muy bien, pero ¿cómo se hace la otra historia?
–Hay una única solución que es crecer realmente, que es poner la producción en marcha. Y cuando digo la producción no me refiero exclusivamente a la producción nacional. El otro día el ingeniero Juan Grompone recordaba que cuando se fundó el Instituto de Química Industrial en 1910, a seis años de terminada la guerra civil, era para tratar de extraer combustible a partir de alcohol de origen vegetal, porque Uruguay no tenía petróleo. Cuando eso se plantea, José Batlle y Ordóñez pide que su auto particular sea uno de los autos experimentales. Con esto digo que el Uruguay de comienzos del Siglo XX buscaba la inserción internacional y el desarrollo de su producción innovando, porque no podía seguir siendo el país del tasajo, que era el Uruguay del siglo XIX. La pregunta es ¿cómo vamos a hacer el Uruguay del siglo XXI? Tenemos que desarrollar la producción del siglo XXI basándonos en lo que tenemos: el agro, el subsuelo, el mar. Para esto tenemos que mirarnos nosotros mismos. Hoy estamos exportando cerca de 100 millones de dólares de software.
–Pero eso no genera empleo.
–¿Cómo que no genera empleo? Genera empleo de altísima capacitación y actualmente ocupa alrededor de tres mil personas. Eso no es nada poco si lo comparamos con una fábrica que ocupara tres mil personas.
–Estamos hablando de un sector y no de la comparación con una fábrica.
–Pero además, el software casi no tiene fronteras en las posibilidades de expansión, porque lo que exporta es inteligencia empaquetada. Además, al costado del software hay otras cosas. Por ejemplo, los marcapasos del doctor Fiandra son industria nacional, como también estamos exportando controles de ascensores a Centro América, Brasil y Argentina. Aquí hay una enorme franja de posibilidades que el país debería impulsar.
–¿Quién pone los recursos para eso?
–Para cosechar hay que sembrar y la siembra de nuevos productos es de muy poco monto, pero de enorme importancia estratégica. El otro día citamos a Ariel Davrieux a la comisión de Hacienda de Diputados, para protestarle por los anuncios de que estaban reduciendo dos proyectos que cuentan con respaldo internacional en dinero. Uno es el de regularización de asentamientos irregulares, al que no le llega el dinero. Es algo vergonzoso: está la plata disponible, no se utiliza y ahora, además, lo quieren recortar. Y el otro es el Programa de Desarrollo Tecnológico, al cual el BID le aporta 30 millones de dólares, 10 millones la actividad privada y 10 millones el Estado a lo largo de cinco años, para financiar innovaciones que requieran contratación de técnicos de alto nivel. Es un proyecto para vincular a la producción con la academia, que es casi el ideal de lo que hay que hacer.
–¿Por dónde hay que tirar de la piolita para cambiar la situación?
–La piolita sale de nosotros mismos. La frase de Artigas «Nada debemos de esperar, sino de nosotros mismos» cobra vigencia y es una profunda verdad en el mundo de hoy. Si uno mira las historias de los países ve que en pocos años se pueden cambiar las tendencias económicas, pero hay que estar dispu
estos a pararse en los pedales para desarrollar los propios recursos. No es cierto que nosotros podemos ser sólo el reflejo de nuestros vecinos. El Uruguay batllista no fue reflejo de Brasil y de Argentina. No juguemos achicados. Juguemos con una gran confianza en nuestra gente, que es lo más valioso que tenemos, y en las condiciones naturales del país. Tenemos que producir carne y lana, no podemos abandonar esos rubros, pero también apostemos a la innovación, a lo nuevo. Durante 2003 tenemos que desarrollar una política económica sobre tres patas: emergencia social, desarrollo productivo y empleo e innovación para apostar al futuro. Tenemos por delante un tiempo de gobierno que no es nuestro. En este tiempo tenemos que tratar de ver cómo ayudamos para no recibir escombros en dos años. Estoy convencido de que ganamos las próximas elecciones, estoy convencido de que vamos a asumir el gobierno nacional, pero en este año tenemos que ayudar a que se ponga en marcha por lo menos algo del aparato productivo, a que la emergencia social ayude a la gente a sobrevivir. Este es un año de fuerte apuesta a la solidaridad y por eso tenemos que defender políticas que ayuden a esa solidaridad en la emergencia social. A la vez tenemos que ayudar a esa siembra de la innovación, porque éstos son temas que demoran en fructificar y no podemos empezar el día que lleguemos al gobierno.
Hoy estamos viviendo el ocaso de una etapa de los partidos tradicionales, que ya no dan respuesta a los problemas de hoy. Me parece que el 2004 va a ser el año en que hay que ayudarlos a irse. Eso hay que hacerlo con el mejor tono, con el mejor talante, porque el país somos todos y porque vamos a gobernar un país en el que estamos todos.
Me parece que estamos en el tiempo histórico en que esta forma de gobernar el país que se basa en el clientelismo, que no tiene una teoría del desarrollo del Uruguay, sino que la toma prestada de afuera, que se coloca de espaldas a la producción y a las angustias sociales, está llegando a sus tiempos finales. Creo que llegan los tiempos del Encuentro Progresista, del Frente, de la Nueva Mayoría, llegan los tiempos de lo progresista en Uruguay. Hace pocos días acabamos de escuchar ese excepcional discurso de Lula, que muestra que también estamos en los tiempos de la región. *
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