2 millones de víctimas en el genocidio camboyano

Tribunal internacional para los khmer rojos

El acuerdo, aún no perfeccionado, pondrá fin a una larga confrontación diplomático-judicial y asestará, al mismo tiempo, un duro golpe a esa «cultura de la impunidad», que aún hoy permite a los criminales de Pol Pot vivir tranquilamente en sus ex bastiones.

La noticia del acuerdo fue anunciada en Phnom Penh por el senador estadounidense John Kerry, quien adelantó que el tribunal, constituido por un colegio de acusación mixto (con un fiscal camboyano y uno de un país indicado por la ONU) podría empezar a funcionar el 15 de junio. La nueva instancia penal tendrá por objetivo esclarecer algunos aspectos de uno de los más graves genocidios del siglo XX pero, según algunos observadores, podría provocar también problemas a los actuales dirigentes de Phnom Penh y de algunos países, entre ellos Estados Unidos, que directa o indirectamente admitieron el proceder de Pol Pot y sus feroces khmer rojos.

La decisión fue adoptada a 25 años exactos de la entrada en Phnom Penh de las sanguinarias bandas de la cinta roja. La ciudad fue inmediatamente evacuada después de la difusión de falsas noticias sobre un inminente bombardeo estadounidense.

Muchos de sus habitantes no regresaron más, situación ante la que Pol Pot y sus colaboradores emprendieron una de las más sistemáticas matanzas colectivas del siglo. Una capa de terror envolvió a Camboya proyectando durante cuatro años su sombra de muerte. Fueron los tiempos de los «campos de la muerte», en donde se corría el riesgo de terminar a raíz de una simple denuncia de los khmer rojos.

Conocer una lengua extranjera era suficiente para resultar sospechoso de colaboración con el «enemigo burgués» y ser ajusticiado o morir de hambre en los campos de exterminio.

La pesadilla terminó en 1979 pero para entonces Camboya ya se había convertido en un país empobrecido, sin fuerzas ni recursos, y durante otros diez años conoció la tragedia de la guerra civil. Pirámides de calaveras humanas se convirtieron en el símbolo siniestro del poder khmer, el legado de los combatientes comunistas quizás más feroces de la historia. Pese a todo, Khieu Sampham y Nuon Chea, jefes de Estado durante el reino del terror de Pol Pot, fueron recibidos en Phnom Penh por el actual líder, Hun Sen, quien los acogió con ramos de flores y sostuvo que los camboyanos «deberían excavar un agujero y enterrar en él el pasado».

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