Es más norteamericana que cuando los norteamericanos estaban allí

Saigón 25 años después

Gorras de béisbol y pantalones vaqueros reemplazaron a las hermosas polleras tradicionales, las Ao-dai, que antes escolares y madres de familia tenían la costumbre de vestir. Los sombreros cónicos y los piyamas negros que otrora se veían por doquier han prácticamente desaparecido. La ciudad que los colonos franceses habían llamado el París de Oriente y que se estira de cada lado del río Saigón fue en efecto oficialmente rebautizada Ciudad Ho Chi Minh. Pero incluso en el aeropuerto de Tan Son Nhut todo el mundo dice «Saigón». El idioma francés, que fue la lengua del parlamento, a pesar de las generosas ayudas del gobierno de París fue ampliamente reemplazada por el inglés, ahora obligatorio en la mayoría de las escuelas, mientras en los grandes carteles publicitarios brillan los nombres de Coca-Cola, Sprite y Pepsi.

Nguyen Bang Han, joven estudiante que trabaja sin ser declarado en una cafetería, no se preocupa ni de política ni de la guerra que nunca conoció sino del precio inalcanzable de los servidores de Internet y de la falta de maestros en programación informática que hablen vietnamita.

En un inglés prácticamente perfecto, explica que «Microsoft es el único camino. Está en el mundo entero». Pero, agrega, «la dificultad reside en el hecho de que uno de mis profesores es norteamericano, el otro canadiense, y el tercero un ciudadano de Singapur, y los acentos son un obstáculo para mí».

«El otro problema es que un servidor-web cuesta 400 dólares norteamericanos por mes», agrega.

Sin embargo, el choque provocado por la influencia del modo norteamericano y la indiferencia de los jóvenes ante las guerras que trastornaron la generación de sus padres se ve aminorada por los recuerdos de la historia que surgen a pesar de la capa de modernidad.

Sobre la emblemática calle Catinat de la época colonial francesa, transformada en calle Tudo después de la partición entre el norte y el sur a finales de la Segunda Guerra Mundial, y más tarde en Dong Khoi (Insurrección) después de la partida de los norteamericanos, siguen allí el gran café Catinat y el bar Tudo. En una esquina, el restaurante franco-vietnamita Brodard, que fue el lugar de encuentro de los periodistas y de los diplomáticos en el período que siguió a la batalla de Dien Bien Phu, fue reabierto por la misma familia. Pero los menús están hoy escritos en vietnamita y en inglés, las dos lenguas por otra parte utilizadas en los sermones en la catedral de Saigón. El ronroneo constante de miles de motocicletas japonesas que atraviesan las arterias de la capital del alba al crepúsculo es una sorpresa suplementaria para los veteranos de la guerra que regresan a esta ciudad. Este retumbar, particularmente en la periferia de la ciudad y en su barrio chino de Cholon, está acentuado por el ruido de las mezcladoras de cemento y los martillos hidráulicos, símbolos del renacimiento económico de la otrora Saigón. Los colores dominantes de los nuevos edificios evocan el tono pastel del Mediterráneo, el rosa, el azul, el verde, muy lejos ya de los colores grises y verdes kaki de la guerra. En medio de ellos, florecen decenas de bares karaoké y cyber-cafés, bares nocturnos y cafés donde de noche los jóvenes se instalan para mirar películas norteamericanas bebiendo al mismo tiempo una cerveza o un café. Droga y prostitución, que se habían expandido durante la guerra, siguen siendo parte del lado decadente de la ciudad. Las autoridades parecen haber perdido la batalla contra la toxicomanía, y renunciaron a convencer a las «bellas de la noche».

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