Un barrio turístico de Kuta, convertido en cenizas en pocos segundos
El atentado con coche bomba que acabó con la vida de al menos 182 personas, la noche del sábado en Bali, transformó en un desolador desierto de cenizas una parte de Kuta, un barrio turístico frecuentado por extranjeros, famoso por el surf, los bares y las discotecas.
A la terrible explosión, siguió un gigantesco incendio que castigó durante horas al restaurante-discoteca, las tiendas y los edificios cercanos.
Docenas de automóviles y de motocicletas calcinados marcaban dramáticamente el lugar del atentado, allí donde el intenso fuego abrió una brecha enorme en las tiendas de esta calle muy frecuentada.
Los servicios de rescate recibían trozos de cadáveres destrozados en el lugar de la explosión, escenario del peor atentado cometido en Indonesia, mientras los expertos de la policía se dirigían al lugar para recoger pruebas.
La explosión se produjo el sábado a las 23h00 locales (15H00 GMT) y fue causada por un artefacto de gran potencia escondido en un vehículo, según la policía.
Varias horas después de la explosión, los bomberos dirigían todavía sus mangueras hacia el Sari Club, una famosa discoteca transformada en humeantes cenizas. El coche bomba explotó exactamente ante las puertas de este establecimiento conocido en todo Bali y más allá de las fronteras indonesias, sobre todo en Australia.
Ante los escombros, dos occidentales llegan a realizar ofrendas, conforme indica la tradición hindú: «Por las víctimas y por Bali», dicen.
«Todo se volvió negro, caótico. Vi restos humanos cubiertos con periódicos, gente transportando heridos. Había gritos, llantos», cuenta el australiano Richard Hainneia.
El incendió no dio tregua hasta el amanecer, a pesar de que todos los bomberos de Bali se desplazaron al lugar para acabar con el fuego lo antes posible.
Decenas de turistas esperaban este domingo un vuelo en el aeropuerto de Denpasar, la capital regional, que les llevaría lejos de Bali.
No hubo pánico a la hora de abandonar la llamada «isla de los Dioses», que hasta el sábado era un lugar de paz en un país de 212 millones de habitantes, en su mayoría musulmanes, a menudo sacudido por tensiones y violencia, de las que Bali se había librado hasta ahora.
Los turistas más animados se dejaban ver en las calles de la isla este domingo.
«No voy a irme, aunque estoy muy nervioso», contaba uno de ellos.
«Me quedaré en las playas, que probablemente son el lugar más seguro de Bali por ahora», dijo el australiano Troy Zrebiec.
Otros extranjeros, sin embargo, no ven la hora de salir del lugar lo antes posible y no volver nunca más.
La presidenta indonesia Megawati Sukarnoputri llegó este domingo por la tarde al lugar del siniestro acompañada de responsables civiles y militares y rodeada de un gran dispositivo de seguridad.
Considerada un paraíso para los turistas, la isla de Bali tiene un 95% de población hindú. El lugar atrae a cerca de un millón y medio de turistas al año, sobre todo australianos, atraídos por el surf, las maravillosas playas y el bajo coste de vida en este lugar, situado a pocas horas de avión de sus casas.
Por eso, serán ellos los que pagarán el precio más alto en este atentado. El primer ministro australiano John Howard denunció el domingo este acto de «barbarie» y envió rápidamente un avión con ayuda médica.
Según Howard, los ciudadanos deben prepararse para recibir la noticia de que entre las víctimas hay un gran número de australianos. *
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