El restaurante más chico del mundo

El restaurante más chico del mundo está en Rieti, a 60 kilómetros de Roma, se llama «Solo per due» y como el nombre lo indica tiene sólo una mesa y dos sillas y está abierto sólo de noche y con reserva obligatoria.

La noticia la da el Corriere della Sera de Milán en sus páginas romanas. El cliente puede acordar el menú, preparado exclusivamente en base a productos de la zona, una campiña tan bucólica que el poeta de la Roma antigua, Horacio, eligió el lugar para erigir su residencia.

La casa de campo en la que está el restaurante se halla en una zona cercana a la residencia de Horacio que le regaló el rico Mecenas, un filántropo del siglo I antes de Cristo que dio su nombre a quienes apadrinan artistas y les permiten trabajar sin problemas financieros en sus obras de arte.

Excavaciones recientes han permitido recuperar un piso de mosaicos y un criptopórtico (galería techada) de la villa del poeta.

El restaurante consta de una única sala con hogar y chimenea a la que se entra por un jardín que el dueño asegura es el mismo en el que se paseaba Horacio.

Basta que entren los dos comensales para que se apaguen las luces eléctricas y se tome el aperitivo y se coma a la luz de las velas de un candelabro. El camarero entrará con las comidas y los vinos sólo si es llamado con una campanilla de plata colocada a un costado de la mesa.

Cuando se reserva se puede acordar el menú (rigurosamente de cocina romana), el arreglo floral, la música de ambiente y si se quiere un toque extra de lujo se puede encargar una limousine que llevará y traerá a la pareja de su casa al restaurante, ida y vuelta, pagado aparte.

El precio ni siquiera es tan caro (400 mil liras, menos de 200 dólares al cambio actual) por pareja, con vinos y flores incluidos.

El restaurante está abierto desde hace diez años y el dueño, Remo Di Claudio, acompañado en la cocina por su hijo Giovanni, asegura que no ha pasado casi ninguna noche sin una reserva.

Y para comprobar la excelencia de su local, dispone de un libro de huéspedes en los que éstos pueden explayarse en elogios al servicio, la comida y el lugar.

El restaurante está tan fuera de moda que ni siquiera tiene un celular y las reservas se hacen a la casa del dueño, un señor muy simpático y pasados los sesenta que se declara feliz de haber visto pasar por su local a un sinfín de parejas enamoradas que recuerdan esa cena íntima como uno de los momentos más felices de su vida.

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