La santificación de Juan Diego, el indígena chichimeca, en la quinta visita de Juan Pablo II a México

Un baño de gente para el Papa

Cerca de 200.000 personas brindaron al Sumo Pontífice una acogida entusiasta, en las calles de la capital, en el Zócalo –frente a la catedral y punto neurálgico de la ciudad– y dentro y fuera de la Basílica de la Virgen de Guadalupe, donde según fuentes policiales había unas 120.000 personas.

El Papa, de 82 años de edad, llegó a México tras ocho días de gira por Canadá y Guatemala, con rostro y ademanes cansados, aunque visiblemente emocionado por la acogida dispensada.

La santificación de Juan Diego, el indígena chichimeca al que según la leyenda se le apareció la Virgen en 1531, en un cerro de ritos paganos, fue la pieza central de una imponente escenificación, que contó con luces láser, bailes prehispánicos, miles de maracas y catorce mil flores dispuestas en el foro.

«Â¡México necesita a sus indígenas y los indígenas necesitan a México!», exclamó el Sumo Pontífice.

«Es necesario apoyar hoy a los indígenas en sus legítimas aspiraciones, respetando y defendiendo los auténticos valores de cada grupo étnico», añadió el Papa.

Minutos antes, frente a una audiencia indígena y mestiza, el Papa, con tono titubeante, había declarado santo a Juan Diego, provocando los aplausos y la emoción de los asistentes.

«Declaramos y definimos santo al beato Juan Diego», dijo el Sumo Pontífice. Acto seguido, un grupo de bailarines ataviados con plumas danzó en su honor, mientras un coro entonaba cantos religiosos en español de factura clásica.

La imagen de Juan Diego entró al son de las maracas, mientras los indios hacían soplar sus caracolas.

La mezcla de tradiciones fue claramente el objetivo de la ceremonia. Como en Guatemala, donde pidió respeto para los derechos indígenas ante 700.000 personas, Juan Pablo II, el Papa más viajero de la Historia, quiso quizás despedirse de su «México fiel» recordándole su pasado, para que construya mejor el futuro.

«Juan Diego, al acoger el mensaje cristiano sin renunciar a su identidad indígena, descubrió la profunda verdad de la nueva Humanidad, en la que todos están llamados a ser hijos de Dios en Cristo», dijo el Sumo Pontífice.

Juan Diego «facilitó el encuentro fecundo de dos mundos y se convirtió en protagonista de la nueva identidad mexicana, íntimamente unidad a la Virgen de Guadalupe, cuyo rostro mestizo expresa su maternidad espiritual que abraza a todos los mexicanos», explicó el Sumo Pontífice.

A medida que transcurrió la ceremonia, el rostro y el habla del Sumo Pontífice se fueron volviendo más cansados y ausentes.

Para su vuelta a la Nunciatura, Juan Pablo II ya no se situó en la parte delantera del papamóvil, sino que permaneció sentado en la parte posterior, acompañado de sus asistentes.

El Papa tiene aún por delante otra ceremonia, esta vez de beatificación de dos mártires indígenas, el jueves.

Este miércoles por la tarde Karol Wojtyla recibirá al presidente Vicente Fox en audiencia privada, confirmó el propio presidente en declaraciones televisivas.

Fox ratificó su satisfacción por la recepción otorgada al Papa, sin mencionar la pequeña polémica que se originó por su beso al anillo papal, al recibir al jefe de la Iglesia católica, el martes.

El entusiasmo popular se vio empañado por la muerte de una mujer de 60 años de edad que murió de un paro cardíaco en el interior de la Basílica de Guadalupe, minutos antes de que Juan Pablo II llegara al recinto.

Los embotellamientos de tráfico durante la jornada del miércoles fueron gigantescos en el resto de la ciudad. *

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