Dos rumbos contrapuestos
En La Habana estuvo reunida con la presencia de 42 jefes de Estado la Cumbre del Sur, el Grupo de los 77 que ha pasado a agrupar a 133 países pobres, con el 85 % de los 6 mil millones de habitantes de la población mundial. En Washington se efectuó, en forma conjunta, la reunión de primavera del FMI y el Banco Mundial, en medio de una masiva protesta que chocó con las fuerzas represivas, con un saldo de cientos de manifestantes golpeados, gaseados y encarcelados, reeditándose el climar reintante en diciembre en Seattle, en que una abigarrada multitud de integrantes de organizaciones mundiales impidió la reunión de la Organización Mundial del Comercio (OMC).
En esta ciudad del extremo noroeste de los EEUU se produjo de hecho una sublevación contra el neoliberalismo, que tenía como antecedente el rechazo al intento de imponter el Acuerdo Multilateral de Inverisiones (AMI). Importa destacar que las movilizaciones de múltiples organizaciones esparcidas por el mundo colocan en su mira en forma convergente a las instituciones que están remodelando en sentido regresivo el destino de la humanidad: FMI, Banco Mundial, Organización Mundial del Comercio.
El caballo de Troya
Las imágenes de los manifestantes en la Elipse y los jardines próximos a la Casa Blanca y a los edificios (contiguos entre sí) del Fondo y del BM, hacían recordar el formidable movimiento contra la guerra de Vietnam. Ahora, el país del sudeste asiático ha sido reemplazado por Colombia, y allí etaba el Colombia Support Network reclamando el fin de la injerencia norteamericana en el país.
Pero el centro de las imprecaciones de la multitud se dirigía al FMI. Se destacaba un caballo de Troya de madera con leyendas alusivas, al tiempo que se levantaban carteles con leyendas como «Stop al Fondo de la Miseria Internacional» o bien «Stop a la guerra de Washington contra los pobres del mundo».
Este fue el punto medular de la alocución de Fidel Castro ante el Grupo de los 77. Luego de demostrar que el Fondo sólo agravó la crisis financiera, señaló: «Es hora ya de que el Tercer Mundo demande con energía la demolición de este organismo. Es de vital importancia hacer desaparecer esta siniestra institución y sustituirla por un órgano regulador de las finanzas internacionales, que funcione sobre bases democráticas y sin poder de veto para nadie, que no imponga condicionalidades injerencistas y permita regular los mercados financieros para frenar la especulación desbordada».
Con este último fin propuso establecer un impuesto, no del 0,1% como planteó Tobin (la «llamada» «tasa Tobin») sino del 1% a las transacciones financieras especulativas (del orden de los 3 millones de millones de dólares diarios), lo que permitiría crear una reserva superior al millón de millones de dólares anuales destinada al desarrollo sostenible e integral del Tercer Mundo.
La camisa de fuerza
Ante dirigentes de la talla de Thabo Mbeki (sucesor de Mandela en Africa del Sur, a la vez presidente del G-77 y de los No Alineados), o como los antiguos jefes guerrilleros Sam Nujoma o Robert Mugabe, presidentes respectivamente de Namibia y Zimbabwe, el líder cubano enfatizó que cada vez hay mayor distancia entre la riqueza y la pobreza y que «nunca antes la humanidad tuvo un potencial técnico-científico tan formidable, una capacidad de generación de riqueza y bienestar tan extraordinaria, y nunca el mundo fue tan desigual y la inequidad tan profunda».
«La globalización –añadió– fue encerrada en la camisa de fuerza del neoliberalismo». Dos décadas de ajuste estructural neoliberal dejaron un saldo de fracaso económico y desastre social. En América Latina, donde se aplicó con «ortodoxia doctrinal», hay «más pobres que en los peores tiempos de su historia». Aludiendo a las muertes por hambre y enfermedades en Africa que muestra a diario la TV, dijo que «nos recuerdan los campos de concentración de la Alemania nazi». Concluyó que «los representantes de la abrumadora y doliente mayoría tenemos el derecho y aún más la obligación de dar un golpe de timón y corregir ese rumbo catastrófico».
Una bomba de tiempo
La deuda externa de los países pobres, que asciende a 2,5 millones de millones de dólares, fue definida como «una bomba de tiempo» que puede reventar en cualquier momento, y en sus términos actuales «es impagable e incobrable».
Este agudo problema existe soluciones políticas, siendo absolutamente ridículas las propuestas planteadas al respecto por los países industrializados.
En este plano se ubica la cumbre entre los jefes de Estado de los 15 países de la Unión Europea y los 53 países africanos efectuada el 3 y 4 de abril en El Cairo. Allí se habló de condonar la deuda de Africa, que asciende a 350 mil millones de dólares, y de restituir los bienes saqueados a lo largo de la sangrienta historia de la colonización. Pero no ser resolvió absolutamente nada. Todo fue «pour la galerie».
En La Habana se planteó promover acciones conjuntas para cancelar la deuda de los países menos adelantados y buscar una solución duradera para los países en desarrollo. Se estimó que la cooperación y la integración regionales constituyen un enfoque acertado para que el Sur enfrente los desafíos de la mundialización.
La unión o la muerte
El mensaje del Grupo de los 77 que irradia al mundo es de rechazo al sometimiento y de promoción de todas las formas de lucha. «No podemos resignarnos –que decía Fidel Castro–; hay miles de millones de personas hambrientas de pan y justicia». Un orden económico injusto mata cada tres años por hambre y enfermedades curables a más gente que durante los 6 años de la II Guerra Mundial.
En conclusión: «La hora actual no puede ser de ruegos, ni de sumisión, derrotismo o divisiones internas, sino de rescate de nuestro espíritu de lucha, de unidad y cohesión. ¡O nos unimos y cooperamos estrechamente, o nos espera la muerte!».
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