Excusas por los errores

El mundo está conmovido por una sucesión de asesinatos de niños perpetrados por tanques de las tropas de ocupación israelíes en los territorios palestinos de Cisjordania y Gaza, y por la masacre de los asistentes a una boda en la provincia de Uruzgan, en el centro de Afganistán, bombardeados por aviones norteamericanos. Días después de estos auténticos «crímenes de guerra» (según la caracterización del editorialista de un periódico israelí), los mandos militares respectivos pidieron disculpas, alegando que se trataba de sendos «errores». Es una práctica que se ha vuelto reiterativa: tanto los crímenes inauditos como el rutinario pedido de excusas.

Tanques israelíes acribillan niños

Las últimas víctimas de la espiral de sangre en el Medio Oriente son una niña de dos años, Nur Hindi, y su madre, abatidas por el fuego de un tanque israelí el sábado pasado mientras viajaban en taxi cerca del asentamiento judío de Netzarim, al sur de Gaza. Ambas murieron en el acto, en tanto el conductor y otro pasajero resultaron heridos. Al día siguiente fallecía un niño palestino de 10 años, Chokri Daud, herido días antes en Naplusa por una bala israelí.

El otro episodio terrible es narrado en estos términos en un cable publicado el mismo domingo: «Al horror por la muerte de la beba y su madre, se sumó ayer la conmoción que siguió a las imágenes difundidas por la BBC de Londres sobre la muerte de dos hermanos palestinos, Ahmed y Jalil Abu Aziz, de 6 y 13 años, acribillados dos semanas atrás en Jenin, norte de Cisjordania, por un tanque armado israelí. Los soldados habían abierto fuego contra un pequeño grupo de palestinos que –convencidos de que el toque de queda se había levantado– habían salido de sus casas en busca de alimentos y agua. Un videoaficionado logró captar, desde lo alto de un edificio, el momento en que el grupo de palestinos comienza una desesperada huida mientras se aproxima de manera amenazante un tanque israelí. La filmación muestra cuando el tanque abre fuego contra la gente y mata a los dos hermanos quienes –cuenta su padre– habían salido de su casa para comprar chocolates».

El periodista Gideon Levy escribió al respecto en el diario israelí Haaretz: «Es un hecho, basta ver el video, el tanque armado sigue a los dos chicos y abre fuego contra ellos a breve distancia». Califica el episodio como «un crimen de guerra». El ejército israelí presentó ante el mismo un escueto pedido de «excusas».

La muerte de los dos hermanos tuvo lugar en Jenin, la ciudad-mártir palestina donde las tropas de ocupación israelíes perpetraron uno de los más excecrables actos de genocidio de esta guerra. Como se recordará, el gobierno de Sharon impidió a prepotencia que llegara hasta el lugar una comisión internacional para investigar los crímenes cometidos y reconocer los cadáveres acumulados bajo los escombros. Ahora el ejército israelí ocupa por tiempo ilimitado siete de las ocho ciudades cisjordanas, con la única excepción de Jericó (el comandante militar de la región, general Yitzhak Eytan, declaró que «debe mantenerse el bloqueo de las ciudades palestinas»), campea también en la franja de Gaza como en territorio conquistado, y los ministros del gabinete de Sharon llaman abiertamente, no ya sólo a destituir, sino a matar a Arafat y a otros líderes palestinos.

Citado por el cotidiano Maariv, el general Effi Eitam (ministro y jefe del Partido Nacionalista Religioso, que se dice representante de los colonos) dijo que «hay que matar a Arafat, que es un asesino demente», lo mismo que al jefe de Al Fatah en Cisjordania, Marwan Barghuthi, actualmente detenido en Israel. «A Barghuthi hay que llevarlo al campo y meterle una bala en al cabeza», expresó en un discurso pronunciado en una sinagoga de Tel Aviv. Para que no cupieran dudas, agregó: «Barghuthi debería haber figurado en nuestra lista de muertes designadas. Merece la muerte, (lo mismo) que Arafat y su pandilla».

La boda trágica

Recién el último fin de semana, después del asesinato del vicepresidente afgano Haji Kadir (revelador de la situación imperante en dicho país bajo ocupación militar extranjera), el gobierno estadounidense admitió a través del comandante de sus fuerzas en Afganistán, general Dan McNeill, que el último día de junio sus aviones B52 y AC-130 bombardearon un poblado (en realidad fueron tres) en la provincia central de Uruzgan, donde se celebraba una boda, con un saldo de nada menos que 48 muertos y 117 heridos. Una verdadera hecatombe. Y no por cierto la primera cometida por los ejércitos bajo mando yanki. Se reportan varios cientos de civiles muertos «por ataques erróneos del ejército desde el inicio de la operación Libertad Duradera», dicen los cables. El episodio más notorio fue el bombardeo indiscriminado en un centro de reclusión en el norte del país, con cientos de víctimas de diversas etnias enfrentadas, al comienzo del operativo. El general McNeill golpeó la misma tecla: «Si personas inocentes fueron bombardeadas –dijo– seguramente se debe a un accidente».

Al principio se negaron a reconocerlo. Vimos en la pantalla al secretario de la Defensa, Donald Rumsfeld, declarar con desparpajo, al lado de un general entorchado, que había leído en los periódicos que cayeron unas bombas sobre una boda y no sabía más nada. A fin de semana, ante las evidencias, apareció Bush en su rancho de Texas, con atuendo deportivo, diciendo en lenguaje displicente que había enviado sus condolencias a su homólogo Hamid Karzai. Es la séptima vez que eso ocurre en Afganistán. Por algo EEUU no reconoce el Tribunal Penal Internacional y reclama impunidad total para sus tropas en el extranjero. *

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