La legisladora Elisa Carrió amenaza con la "abstención revolucionaria"

El presidente Duhalde quiere a Reutemann como su sucesor

ISIDORO GILBERT – CORRESPONSAL EN ARGENTINA

 

Dicen que Eduardo Duhalde toma la decisión de acortar su mandato en un semestre en la más absoluta soledad.

No le avisó con tiempo a su aliado radical Raúl Alfonsín que supo por chismes lo que se venía el mismo día y luego voló a París.

Elisa Carrió sí recibió un llamado del Presidente pero donde el adelantamiento se introdujo casi sin querer en una charla sobre la nueva legislación electoral que tiende a perjudicarla tanto como la voluntad de peronistas y radicales de no declarar caducos los mandatos de legisladores o no renovar la Corte Suprema de Justicia.

Para la UCR fue un nuevo desaire: como parte de la coalición parlamentaria que le da base política al gobierno, hubiera requerido de un gesto. «Duhalde actúa siempre así cuando toma grandes decisiones», lo justifican sus incondicionales que no saben si todo irá bien dado los múltiples problemas legales no resueltos que desnudan los apuros de la decisión pero no los objetivos quedantistas.

No hay que mirar sólo a un lado. El radicalismo sin chances electorales, no puede avalar el anticipo y en consecuencia, se niega también a buscar el modo que cuando se elija presidente, también se vote por todos los cargos deliberativos y ejecutivo.

¿Un salto en el vacío del Presidente? Si consigue que esta fundamental decisión política no salga del debate cupular podría hacerla avanzar aún en medio de la más cruda crisis económica-social y lograr que entre tantas desventuras de millones, dejar la posta en manos de un peronista con nombre y apellido.

Y todo enhebrado para que el dado no caiga en manos opositoras que en estos días tiene nombre de mujer: Elisa Carrió.

Entre estos parámetros, el Presidente intentará que la situación no se desborde: de otro modo, lo obligaría a un nuevo acortamiento.

Duhalde al acotar su mandato, se da un tiempo más sólido, menos sometido a las persistentes presiones, de los suyos y de los otros, para que convoque a comicios porque la gravedad de lo que ocurre, requiere de un gobierno legitimado por las urnas. El recibió mandato de una coalición parlamentaria muy deteriorada.

Dicen también que la tragedia de Avellaneda, allí donde fueron fusilados dos piqueteros, le arrancó de cuajo uno de los blasones que exhibía: que bajo su gestión ni la crudeza de las medidas económicas requeriría la represión por la policía brava. Entonces decidió emprender el camino de la salida.

Aún falta lo más duro

Hay datos que confirman ese impacto. Pero, hay muchos elementos que llevan a la conclusión que no hubo desborde policial sino un plan. Por otro lado el análisis frío enseña que un ajuste como el actual y que todavía no ha conocido el peso de otras demandas del capital concentrado como un seguro de cambio para las deudas en divisas, no cierra sin la peor mano dura.

¿Ha sido el FMI el requirente? El ministro de Economía, Roberto Lavagna, jura que no ofreció a cambio de una reapertura de las negociaciones con ellos anticipar las elecciones. Ni que recibió ese reclamo en su reciente viaje a Washington. Lo cierto es que desde siempre, Duhalde sintió que él era un problema. ¿Razones?: su discurso sobre la deuda externa cuando quiso llegar a la Rosada por elecciones, su prédica populista que lo hace sospechoso o porque meditó abrir un paréntesis en las negociaciones con el FMI, un intento que frenaron de cuajo los gobernadores.

Lavagna consiguió poco: postergar pagos al FMI que la colocarían en default, y que las negociaciones continuarán pero en el ámbito técnico, una manera de advertir que aún hay asuntos por concluir, como restablecer el sistema financiero. Para ello, un comité de sabios, la mayoría ex conductores de bancos centrales de países poderosos propondrán un esquema, a guisa de mediadores entre el FMI y la Argentina.

La idea se parece mucho a la propuesta de Rudiger Dornsbush para que una junta extranjera se encargara del embrollo local. La actitud suplicante de Duhalde hacia Washington, al que exhortó que se hiciera cargo de sus responsabilidades imperiales, lucen mucho con la idea del comité de sabios y la del economista.

El subsecretario de Asuntos Latinoamericanos, Otto Reich, un ultraconservador, estará esta semana aquí y se asegura en medios oficiales que bendecirá el paso dado por Duhalde. Reich tiene estrechos vínculos con Menem y varios de sus conmilitones y no solamente de carácter político y un odio manifiesto por lo que representa Carrió.

La reunión de los presidentes del Mercosur con el mexicano Vicente Fox exhibió otra vez la desconfianza latina con los EEUU y Reich buscará frenar este descontento latente. Pero no por medio de satisfacción de reclamos.

Regresemos a la convocatoria electoral. Se supone que Duhalde no habría dado ese paso sino tuviera cierta seguridad de que el gobernador Carlos Alberto Reutemann disputará la candidatura dentro del peronismo. Ya se sabe que el ex corredor de Fórmula 1 no se destaca por sus decisiones rápidas ni por sus audacias: necesita seguridades de que Duhalde haga la mayor parte del trabajo sucio, que no le deje un cepo económico que lo desestabilice en poco tiempo, si vence.

¿Qué tendrá Reutemann para ganarle a Menem?

El gobernador tiene buena imagen en las encuestas, es amigo de los EEUU, con contactos europeos y sería el que puede frenar a Menem que siempre está en carrera ¿Es solamente odio visceral al ex mandatario? Es parte de la verdad, pero no toda. Menem tiene un 80% de imagen negativa y aunque su nombre comienza a aparecer en las encuestas, es el candidato más funcional para un proyecto antagónico, que por ahora simboliza Carrió.

Pero el gobernador no quiere ser considerado delfín de Duhalde ni del continuismo. Meditaba este fin de semana en su campo santafesino (es un próspero productor agropecuario y de costumbres conservadoras), pero dio señales a favor en medio de declaraciones plagadas de ambigüedades.

Y recibió el aliento del gobernador de Córdoba, José Manuel de la Sota: solamente si Reutemann se baja, entonces peleará la candidatura presidencial, su vieja ambición hoy arrugada por la decadencia de su provincia.

Las leyes electorales, sobre todo la que obligan a elecciones internas abiertas es funcional a las necesidades del peronismo. Primero, por que abre una instancia donde dirimen sus contradicciones y prohíbe que quien pierda, que pueda intentar suerte por fuera del partido. Son mensajes para Menem, pero también para Adolfo Rodríguez Saá y para el santacruceño, Néstor Kirchner, dos que quieren también el trofeo mayor.

Tiene algo en contra: limita la formación de coaliciones si estas no se formalizan antes de las internas y el PJ tiene en el espacio de la derecha más amigos que adversarios: en todo caso, los tendrá a su lado en el balotaje.

¿Se atreverá Menem a lidiar con una coalición pan peronista para las internas que son definitorias? Los suyos siguen pensando en tiempos idos, cuando el carisma del riojano derrumbó al aparato partidario que se le puso en 1988, y logró ser igual candidato. Han pasado demasiadas cosas desde entonces.

Hay una pregunta insoslayable: ¿habrá votaciones masivas que puedan sobrepasar a los fuertes aparatos partidarios? Es ahora una duda fuerte.

Carrió apuesta a las manifestaciones

Carrió quisiera competir con Menem. Le convendría porque habrá polarización y segunda vuelta y el odio al ex supera las desconfianzas que puedan existir con ella en su idoneidad para pilotear la crisis. Con Reutemann, en principio, no es lo mismo, por caso para votantes alérgicos a las turbulencias sociales.

La sociedad
es la que se pondría a prueba con Menem, a ver si es cierto lo que expresa en las encuestas y en los escraches aplaudidos, colocándolo como el más indeseable. Sería como una catarsis para terminar con el fantasma amenazador en que se ha transformado el riojano.

Si Reutemann es el pretendiente por el PJ, sería ese partido el que sacara del medio al ex mandatario, pero siempre quedaría la leyenda de que le trabaron su regreso por motivos inconfesables.

Carrió está convencida que ahora la política no puede dirimirse sin la opinión pública movilizada.

Y se anticipa a los hechos: propiciará la «abstención revolucionaria» si junto al binomio presidencial, no se renueva también el Parlamento.

Es que si ella triunfara debería enfrentar a un cuerpo dominado por el peronismo, con grandes culpas en el desprestigio del cuerpo legislativo y que la detesta por su discurso anticorrupción.

¿Es consistente apostar a la movilización de las masas para que cambien las reglas del juego? Hay un antecedente que dice que sí: fue en las calles donde se derrumbó a dos presidentes, conmociones que están latentes.

Las movilizaciones que se avecinan tienen la impronta de los piqueteros y de las revividas Asambleas de Barrios. En las organizaciones de los desempleados hay puntos encontrados porque para algunas esas luchas están vinculadas a una política clasista del poder y no responden a la estrategia del ARI.

Pero la diputada está convencida que es presión para «que se vayan todos», especialmente la Corte, y un factor de vigilancia para que el proceso electoral no sea amañado si es que la violencia no vuelve a prevalecer, sea por represión como por parte de sectores que miran el momento como prerrevolucionario.

Con todo en ese espacio, Carrió tiene que lidiar con Luis Zamora, sobre todo en la Capital Federal donde su intención de voto es fuerte, tanto como sus diferencias con la legisladora. Pero ni con el socialista de izquierda ni con sectores peronistas a quien Reutemann les dice lo que detestan, está dicha la última palabra.

Si no hay presencia callejera más plurifacética que la insoslayable de los piqueteros, los planes de Duhalde tienen mayor chance y con ella, la creencia de que en las internas del peronismo se define el futuro presidente.

El Presidente cree que tiene herramientas de auxilio económico para ir haciendo disminuir los decibeles de la conflictividad: eso sí deben destrabarse créditos internacionales.

Habrá un aluvión de agorerías si Carrió (o algo nuevo) vence. Pero es la perspectiva de ver en las presidenciales al antiguo plantar el mismo árbol lo que presagia tiempos muy tristes. *

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