El miembro díscolo de la OTAN
Miembro díscolo de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) y de la Unión Europea (UE) desde hace poco, Grecia –donde el domingo se realizarán elecciones legislativas– se ha convertido en los últimos años, bajo la batuta del primer ministro socialista Costas Simitis, en un país «calmado para sus aliados y socios», consideran la mayoría de los analistas.
Al cabo de cuatro años en el poder, Simitis, que basó toda su acción de gobierno en la entrada de Grecia en el euro el primero de enero de 2001, consiguió establecer «relaciones de confianza con todos los socios (europeos)», subrayó el editorialista Richard Someritis.
Con Grecia «las cosas son ahora mucho más fáciles» que antes, comentaba hace unos meses, aliviado, un ministro de un país europeo recordando la singularidad con la Atenas solía responder a los dictados de Bruselas.
Alimentada por un atávico sentimiento antinorteamericano, la feroz hostilidad de la casi totalidad de los griegos a los bombardeos aéreos de la Alianza Atlántica sobre Kosovo en la primavera (boreal) de 1999 no fue suficiente para provocar una marcha atrás.
Pese a manifestar su oposición a los ataques aliados, Simitis consiguió hacer prevalecer su mensaje de que Grecia no podía aislarse y debía asumir las obligaciones de su pertenencia a la UE y a la OTAN.
Durante el conflicto de Kosovo, el gobierno griego dio facilidades al desembarco de las fuerzas aliadas, proporcionó un destacamento de más de mil hombres a la Fuerza Multinacional de la OTAN en Kosovo (KFOR) y permitió que un centro de mando de la OTAN funcionase en Larissa, en el centro de Grecia. «En resumen, Atenas ha dado todo lo que la OTAN le ha pedido», observó Georges Capopoulos, periodista especializado en cuestiones diplomáticas.
Atenas también procuró distanciarse del régimen del presidente yugoslavo Slobodan Milosevic, apoyando a la oposición serbia, en línea con las posiciones de sus socios de la UE.
El país también ha normalizado sus relaciones con sus vecinos albaneses y macedonios, con los que había tenido violentas crisis en los últimos años, y logró imponerse en la región como un factor de estabilidad.
Y sobre todo, el gobierno socialista ha conseguido establecer un nuevo escenario en el Mediterráneo oriental al iniciar un acercamiento a Turquía.
Iniciado el pasado verano (boreal) y reforzado por la solidaridad suscitada por los terremotos mortales que sacudieron a ambos países, el proceso dio sus frutos en diciembre con el visto bueno dado por Atenas a la futura entrada de su «enemigo hereditario» en el seno de la Unión Europea.
Además, Simitis ha sabido convencer a la opinión pública de que este acercamiento con Ankara no significa bajar la guardia. Una tarea muy complicada tras las dos crisis ocurridas después de su llegada al poder.
La primera estalló cuando Grecia y Turquía rozaron la guerra en enero de 1996, con motivo de una disputa sobre el islote egeo de Imia (Kardak, en turco).
La segunda crisis ocurrió cuando Turquía capturó, en febrero pasado, al líder de los rebeldes kurdos Abdulá Ocalan al salir de la embajada de Grecia en Nairobi, y la protesta social y política amenazó la supervivencia del gobierno.
Unos 10 millones de electores están en condiciones de votar el domingo en las legislativas griegas, a las que se presentan el primer ministro saliente Costas Simits, de 64 años, por el Movimiento Socialista Panhelénico (PASOK) y Costas Caramanlis, de 43, por el partido Nueva Democracia (conservadores).
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