Haider y los cálculos errados de la democracia austríaca

Afortunadamente se desarrolla en Austria una formidable resistencia contra Haider y paralelamente se está analizando críticamente este fenómeno malsano, su surgimiento y los errores cometidos por las fuerzas democráticas por no haberlos combatido a tiempo con mayor energía.

Haider transforma su partido

Haider pasó a mediados de los años 90 a utilizar al PLA para sus fines políticos, transformándolo de una organización de honores políticos en un partido de las masas trabajadoras, en competencia con el Partido Socialdemócrata, colocando en el centro su campaña demagógica de odio racial y chovinismo xenófobo. Entonces predominaba la opinión que la democracia austríaca podía tolerar en su seno a un partido con un caudal electoral de doce por ciento. Hubo politólogos que tranquilizaban a quienes recordaban el ascenso de Hitler, diciendo que al llegar al veinte por ciento de los votos, el PLA tocaba el techo máximo posible.

Tremendo error. Haider atrajo con promesas fáciles a los jóvenes y a las mujeres, convirtiendo a su partido en un «partido de la comunidad popular», palabra sacado del vocabulario clásico de Hitler. La competencia se dirigía fundamentalmente contra el Partido Socialdemócrata (PSA) y en segundo término contra el Partido del Pueblo, de orientación democristiana. Haider trataba a los partidos «viejos» con escarnio, malicia y menosprecio, lanzando contra ellos toda la verborragia demagógica y populista, bien aprendida del arsenal nazi. No se quisieron oír las voces que recordaban que también Hitler llegó al poder con el voto democrático, o que la democracia puede ser abolida también con medios democráticos, si se combinan a un jefe carismático, y Haider lo es, sin duda, con la masa manipulada.

Responsabilidad de la socialdemocracia

El propio Haider hablaba de varios ministros socialistas como «mis mejores hombres», cuando recibió apoyo para eventualmente realizar un plebiscito respecto a su rechazo a la política a favor de los extranjeros.

Pero ya antes, bajo Kreisky, hubo un apoyo mediante una reforma electoral, favorable para Haider, llegando los socialdemócratas en 1983 inclusive hacer cierta colaboración con los «liberales» del PLA.

Otra perla del collar: hace poco un diputado del PSA exhortó a su partido a tomar ejemplo del ministro de propaganda nazi Goebbels y «su arte de hacer propaganda».

Haider pasó a ser «noticia», en los 90 y llegó la hora de los que lo admiraban, por su capacidad de enfrentar a los extranjeros molestos para muchos austríacos. No se percató en la oposición de que este odio contra los refugiados era la cobertura del neofascismo, hábilmente manejada por el PLA, al cual se acostumbraron los políticos.

Los políticos austríacos perdieron, sin duda, el sentido de la realidad, se convirtieron en campeones de hacer como el avestruz, de poner la cabeza en la arena, ante el eminente peligro.

Hubo embellecimiento del proceso político y del peligro de Haider.

La triste historia del fascismo europeo se ve «enriquecida» con los sucesos en Viena. Ya Antonio Gramsci señaló que la llave para comprender el proceso de la fascitización es la crisis orgánica de los partidos.

Los ejes se modifican y la superestructura cambia, al punto que aparecen nuevos protagonistas, representantes de los mismos intereses de las clases dominantes, los partidos nazis y sus imitadores, señalaba el político sardo.

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