¿Quo vadis Chile?
GUILLERMO ISRAEL
Las recientes elecciones parlamentarias chilenas marcan un preocupante avance de la derecha, cuyo candidato Joaquín Lavín y el partido Unión Democrática Independiente (UDI), de neto cuño pinochetista, fueron claros triunfadores. La UDI desplazó a la Democracia Cristiana, que durante 40 años se mantuvo incólume como primera fuerza política del país andino.
Veamos en primer término los números, para luego intentar algunas conclusiones políticas del acto electoral del 16 de diciembre. La coalición centroizquierda de gobierno, formada por el bloque de la concertación por la Democracia de varios partidos, entre ellos la Democracia Cristiana (PDC) y el partido socialista (PS), obtuvo un total de 47.9 por ciento de sufragios, retrocediendo 2,6 puntos comparado con 1997.
En la nueva composición de la Cámara de Diputados de 120 miembros se refleja con mayor nitidez el retroceso. La concertación perdió siete bancas, pasando de 70 a 63, siendo el PDC el más castigado, dejando 14 bancas por el camino, mientras el PS aumentó una y el Partido por la Democracia agregó cinco nuevas.
La UDI pudo incrementar su representación parlamentaria de 24 a 35 diputados, pasando la Alianza opositora a un total de 57 mandatos, que corresponden a un total de 44,3 por ciento de los votos emitidos, un notable aumento de más de ocho por ciento, comparado con 1997.
El Partido Comunista chileno y el Partido Humanista vieron frustradas sus aspiraciones de ingresar al parlamento, perdiendo el primero el 2,2 por ciento y el segundo obtuvo tan solo un 1,1 por ciento de los votos emitidos.
En el Senado, solamente se reeligieron 18 de los 38 elegibles, dado que nueve son vitalicios, la oposición aumentó una banca, de 17 a 18 y la Concertación mantuvo sus 20 anteriores.
Transición hipotecada facilita a la derecha
Las permanentes vacilaciones del presidente Lagos, pero no sólo de él, para orientar la política chilena hacia una transición democrática verdadera, son las causas del descreimiento de vastos sectores de la sociedad, especialmente de los jóvenes, en la capacidad, y lo que es peor, en la voluntad de los partidos políticos de producir verdaderos cambios políticos y económicos. Alcanza mencionar el affaire de Pinochet, de hecho liberado de toda responsabilidad de los tremendos crímenes cometidos por el régimen militar, del cual él ha sido figura principal. El sobreseimiento del juicio contra el dictador ha sido un enfrentamiento brutal al sentimiento democrático y a las justísimas demandas de reparación de tanto terror sufrido por los chilenos.
Estas posiciones de dudas y vacilaciones facilitaron y seguirán facilitando, si no se logra una modificación drástica, la política de los pinochetistas disfrazados hábilmente hoy por la UDI y su líder Joaquín Lavín. Lagos y la Concertación les facilitaron el papel de modernos Pilatos, marcando en buena parte el ritmo de la campaña electoral.
Observadores y analistas chilenos dirigen sus miradas a un tercio de los chilenos, que con su abstención cívica, al no registrarse como votantes, más de dos millones son considerados como un hecho gravísimo. A ello se agregan más de un millón de abstensiones y casi 900.000 votos en blanco, que hoy por hoy han perdido la confianza en los políticos y los partidos democráticos.
De ello se aprovecha la reacción, que aprende y procura llegar a La Moneda. Aún es tiempo para impedirlo, pero no sobra. Habrá que apurar el paso, analizar críticamente las causas que llevaron a doce años de la caída de Pinochet a una situación que puede traer un nuevo retroceso dramático para los chilenos. *
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