Enfriamiento diplomático en las relaciones entre India y Pakistán
La tensión entre India y Pakistán no debería culminar en un conflicto armado pero sí podría llevar a un largo enfriamiento entre los dos rivales nucleares de Asia del Sur, estiman los analistas.
La amenaza de una tercera guerra en Cachemira, un territorio que se disputan Islamabad y Nueva Delhi desde 1947, fue esgrimida a ambos lados de la frontera luego del ataque suicida contra el parlamento indio el jueves de la semana pasada.
India acusó a Pakistán y a los grupos islamitas que protege de haber organizado el ataque que provocó 13 muertos.
Islamabad desmintió pero las fuerzas armadas de los dos países fueron colocadas en estado de alerta y se habría enviado refuerzos a la región.
Ulteriormente, el gobierno indio se lanzó en un ejercicio de equilibrio verbal, asegurando a la comunidad internacional que no tomaría decisiones apresuradas pero no descartando las represalias para satisfacer a su opinión pública.
De todas maneras, la mayoría de los expertos en política extranjera, en defensa o en terrorismo, descartan el recurso a la opción militar.
«En esta etapa, es muy improbable que haya represalias (en Cachemira paquistaní) u otra medida de retorsión de este tipo», estimó Ajai Sahni, director de un instituto de investigaciones sobre el terrorismo, el Institute for Conflict Management.
«India no tiene esta opción porque esto le haría perder inmediatamente su ventaja diplomática y moral», dijo.
Según su opinión, India tratará de presentar a las Naciones Unidas un expediente sin fallas sobre la implicación de Pakistán.
«Si este expediente es aceptado en las Naciones Unidas, en el marco de la resolución anti-terrorista 1373, Pakistán deberá seguir las instrucciones de la ONU. Privar al terrorismo de legitimidad debería ser la prioridad de la India», dijo.
Según el especialista, la lucha contra el terrorismo se traducirá por un fortalecimiento de las operaciones contra los insurgentes en particular en Cachemira.
«El presupuesto de la defensa puede aumentar, lo que tendrá un impacto sicológico en Pakistán que tratará de seguir, en detrimento de su despegue económico y social», agregó Sahni.
El ex secretario indio de Relaciones Exteriores S.K. Singh estima también improbable las operaciones militares en territorio paquistaní pero imagina represalias económicas y diplomáticas.
«Por ejemplo, poner fin al tratado (sobre la distribución de las aguas) del Indus (entre los dos países) y empujar a la hambruna al Sindh y al Punjab», dos provincias paquistaníes, estimó.
Singh evocó también el cierre del espacio aéreo indio a los aviones paquistaníes. «No necesitamos de su espacio aéreo, y ellos necesitan el nuestro… Podemos ejercer una presión político-económica», dijo Singh.
Entre tanto, el ataque del 13 de diciembre hizo perder toda esperanza de paz en Cachemira y sometió a la población de mayoría musulmana a nuevas presiones.
El primer ministro indio Atal Behari Vajpayee y el presidente paquistaní Pervez Musharraf debían encontrarse al margen de una conferencia regional a comienzos de enero en Nepal. La realización de ambos encuentros parece cada vez más incierta.
Del mismo modo, una leve esperanza de negociación sobre Cachemira también resultó víctima del ataque contra el parlamento.
Poco antes de que éste ocurriera, Nueva Delhi había anunciado la formación de un grupo especial para iniciar conversaciones con la principal alianza separatista, la All Party Hurriyat Conference.
«En cuanto se hace un esfuerzo serio para resolver la cuestión de Cachemira, fuerzas desconocidas se arreglan para enterrarlo incluso antes de comenzar», dijo el presidente del Hurriyat, Abdul Gani Bhat. *
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