Argentina en el X Encuentro del Foro de São Paulo
No puedo sacarme de la cabeza las imágenes tremendas de la Argentina: los saqueos en Buenos Aires y las provincias, la represión y los muertos, los coreanos llorando desconsoladamente, los cacerolazos y la protesta multitudinaria en Plaza de Mayo, un patético De la Rúa anunciando el Estado de Sitio, las puteadas y los huevazos, la caída de Cavallo y el derrumbe de su política económica que deja postrados al país y al pueblo. Imágenes dramáticas, pero no imprevistas. En la sesión final del X Encuentro del Foro de São Paulo efectuado en la Habana, que brindó una visión panorámica de la situación imperante en América Latina (ver mis notas de los días 14, 15, 16 y 18), la encrucijada argentina ocupó un lugar relevante. A justo título. Porque se veía venir lo que efectivamente sucedió. No lo paraba nadie. Así se dijo con todas las letras.
En su discurso de clausura de cinco horas, extendido hasta la madrugada del sábado 8, Fidel Castro dedicó un extenso capítulo a la situación argentina, inmediatamente después de exponer la necesidad de desplegar una campaña mundial contra el terrorismo y contra la guerra. Lo hizo dando lectura a los cables que en ese momento estaban llegando a La Habana, según los cuales Argentina había padecido una fabulosa fuga de capitales, entraba en una fase incierta de la depresión económica iniciada en 1999 y se situaba al borde de una cesación de pagos (default) de su deuda externa de 132 mil millones de dólares, en un contexto de crisis política vertiginosa y de incertidumbre completa. Se refirió a la incautación de los fondos de los pensionistas, a la retención de los depósitos bancarios, a las discusiones en curso entre los equipos de economistas sobre dolarización o devaluación (las mismas que hemos visto reproducirse al infinito ahora, en medio de la crisis desatada). Su comentario general fue el siguiente: «Con el peso de las cadenas de acero del neoliberalismo, la economía argentina se hundió. Ya el neoliberalismo los había liquidado, y la crisis los hizo picadillo». Aludiendo a la conocida fábula, ejemplificó: «Ahora se ha roto el cántaro de leche», y todas las ilusiones rodaron por el suelo.
Frente a esta situación, se preguntó (y se contestó) acerca del futuro inmediato en los siguientes términos: «¿Hay que soplar? No hay que soplar, eso se derrumba, eso no tiene remedio. Es insostenible». Vaticinó en ese cuadro la renuncia del ministro de Economía y el sensible debilitamiento político del Presidente. Once días después las previsiones encarnaban en la realidad.
Neoliberales químicamente puros
Lo que también rompe los ojos es la conclusión en materia política y sobre concepciones económicas que surge de aquel análisis y de la actual realidad. Como se dijo textualmente en esa ocasión, el equipo económico argentino encabezado por Cavallo y respaldado hasta el fin por el presidente pese al clamor generalizado de las críticas (emanadas principalmente de los sectores representativos del trabajo y de la producción, enfrentados al capital financiero), en «neoliberal químicamente puro». Por ende, es ese el neoliberalismo químicamente puro que está en la picota. Lo que se ha derrumbado, es esa concepción y esa práctica, en particular –aunque no exclusivamente– en materia de privatizaciones. Aquellos polvos trajeron estos lodos. Las medidas económicas de Cavallo, diez años atrás bajo Menem y ahora con De la Rúa, desembocaron en esta situación calamitosa. La Argentina, un país de enorme riqueza potencial, la tercera economía de América Latina, pasó a tener 14 millones de pobres en una población de 37 millones de habitantes, con un índice de desocupación abierta que se aproxima al veinte por ciento. Los hombres y mujeres que saqueaban desde supermercados a pequeños comercios de la periferia declaraban que querían dar de comer a sus hijos y no tenían trabajo (más allá de que se mezclaran aprovechados y ladrones en las aguas revueltas, como siempre).
La resultante, igualmente inequívoca, es que el país no saldrá del abismo a menos que modifique radicalmente la política económica, dejando de lado la receta neoliberal que ha hecho estragos a lo largo de América Latina y cuyos resultados en la Argentina pueden ver hasta los ciegos. Precisamente, en los debates que presenciamos en esas horas turbulentas, el reclamo de un cambio de fondo en la política económica para situar en primer plano el trabajo y una renovación productiva, fue sostenida con vigor y fundamentos por representantes de los trabajadores y sus centrales sindicales, los industriales, los pequeños empresarios (Pymes), sectores de la Iglesia, entre otros.
En la misma onda, el Encuentro de La Habana formuló un llamado, de carácter general y referido a todo el continente, a forjar una vasta unión (bautizada como «globalización antineoliberal») para enfrentar la aplicación del modelo neoliberal, abriendo paso a fórmulas alternativas en cada país y región.
Venezuela y el niño
La irrupción argentina (aclaro que esta nota se escribió antes de la renuncia de De la Rúa) nos hizo apartar del propósito de referirnos hoy a Venezuela, situada en el ojo de la tormenta. Lo haremos mañana; y diremos algo también sobre las infamias contra las FARC en relación al niño colombiano fallecido. *
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