Asume el gobierno de Afganistán
Pero el primer ministro del gobierno transitorio, que se instalará hoy y cuenta con el apoyo del ex rey Zahir Shah, deberá ser muy hábil para cumplir con su palabra.
Las divisiones de Afganistán que tienen una larga historia se reforzaron en estos años de guerra en los que hubo, por lo menos, un millón y medio de muertos y 7 millones de refugiados.
Toda una generación creció a la sombra de los fusiles, considerando la guerra como una situación normal y la paz un término abstracto.
Karzai de 46 años, pashtún de una noble tribu y graduado en ciencias políticas en la India, debería ser el hombre ideal para superar las disputas intestinas, pero sus relaciones con Estados Unidos, que lo impusieron en la conferencia de Bonn en noviembre, y con Pakistán, son simultáneamente su fuerza y su debilidad.
Tierra de tribus rebeldes y celosas de la propia autonomía, Afganistán no se plegará fácilmente a un gobierno central, donde los roles principales –Relaciones Exteriores, Defensa e Interior– están en manos de la minoría tajika, vinculada a los «señores de la guerra» de la Alianza del Norte.
En Kabul, los recuerdan por los 50 mil muertos de la guerra civil que se extendió entre 1992 y 1996; en Kandahar, por la violencia y la criminalidad que abrieron finalmente las puertas del poder a los talibán.
Hoy, Afganistán está de hecho dividido en seis feudos: Kabul, dominada por los tajikos; Mazar-i-Sharif bajo el control de los uzbekos, la región persa de Herat comandada por Ismail Khan; la zona de Bamyan-Bugdis bajo la influencia de los Hazara chiítas; Kandahar reino de los Karzai pero bajo dominio militar dividido entre el gobernador Gul Agha y el molá Naqib Ullah y las provincias orientales de los comandantes Qadir Khan y Haji Zaman.
Son ciudades-estado semiautónomas, y sobre todo bien armadas.
La única esperanza de Karzai es poder bloquear el flujo de dinero, principalmente de Estados Unidos e Irán, que paga a los mercenarios de los señores de la guerra.
«Sin dinero, dice un político afgano, estarán obligados a obedecer a Kabul».
El país, donde hay más fusiles que rejas de arado, hay una necesidad desesperada de paz.
Karzai dijo que hay que comenzar de la nada, pues no hay alternativas porque en Afganistán no hay casi nada, ni industria ni agricultura ni escuelas ni hospitales, tampoco casas ni calles.
Existe sí el contrabando y está además el cultivo de amapolas para el opio.
«Era uno de los lugares más hermosos del mundo», dicen los intelectuales refugiados, que lloran los jardines, la poesía y la música de una cultura que se enriqueció con siglos de invasiones y el paso de los pueblos más diversos: era un país pobrísimo pero en el que se podía vivir.
«Tenemos una gran oportunidad y no debemos perderla», dijo Sayed Ishaq Gailani, ex mujaidín, delegado en la conferencia de Bonn que apoya a Karzai aunque con muchas reservas.
Hoy en Peshawar, Pakistán, un centenar de refugiados afganos, ex dirigentes del gobierno comunista de Najibullah, guerreros que lo combatieron y están aún armados, organizaron una reunión para decir basta a las divisiones y sí a la unidad.
Estaba también el viejo presidente interino de la primera república islámica afgana, Sibghatullah Mojaddidi, cuya asunción en 1992 fue celebrada con una inmediata reanudación de los combates entre las distintas facciones de mujaidín.
Para todos, refugiados y políticos, la primera condición para garantizar la paz es una fuerza internacional, que se mantenga un tiempo para dar lugar a que se restablezca la calma y a que sanen las cicatrices. Meses, quizás años, «la guerra contra el terror, comienza con el desarme de los señores de la guerra», concluyó la reunión, pero no existe ni siquiera un ejército nacional.
El gobierno transitorio asumirá el sábado, con una ceremonia simple en el ministerio de Defensa, donde deberían desplegarse los primeros soldados, que son británicos, de la fuerza de paz que la Alianza del Norte aceptó a su pesar.
Una guardia de honor saludará al nuevo primer ministro, luego se leerá un fragmento del Corán y después se tocará el viejo himno nacional afgano.
Lakhdar Brahimi, el enviado especial de las Naciones Unidas que trabajó para el acuerdo de Bonn, y otros diplomáticos estarán presentes.
Las banderas norteamericana, británica, rusa, china, india, iraní y turca ya volvieron a flamear en el cielo de Kabul.
Karzai estará en el cargo seis meses y convocará a la Loya Jirga, el gran consejo tribal, que elegirá a un gobierno durante dos años con el objetivo de dar al país una Constitución y preparar las elecciones.
En 1992, un experimento similar fracasó, pero si la ONU no abandona Afganistán quizás esta vez sea distinto. *
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