Duros de Washington quieren derribar a Hussein
Seis diputados americanos pidieron en fecha reciente a George W. Bush enfilar las armas en el marco de la cruzada antiterrorista contra el régimen de Saddam Hussein. En una carta plantearon que, cuando finalice la guerra en Afganistán, habría que reiniciar los bombardeos y el envío de tropas a Irak.
La campaña relativamente exitosa y rápida en Afganistán inspira a los halcones en el seno del gobierno de Washington y fuera de éste, que quieren liquidar a los llamados «estados bandidos», como Irak, Yemen, Corea del Norte y otros. Otro grupo de halcones y partidarios de la guerra fría que fueron llevados luego de la victoria electoral de Bush a altos cargos en el Ministerio de Defensa americano ejercen presión sobre Bush. A este círculo pertenecen duros como el jefe del Pentágono, Donald Rumsfeld, el vicepresidente de los EEUU, Richard Cheney, y varios integrantes del círculo más estrecho del Consejo Nacional de Seguridad. Allí se pueden encontrar a Paul Wolfowitz, subjefe del Pentágono y al presidente de la Oficina de Defensa política (DPD), Richard Perle. La DPD cuenta entre sus 18 miembros, encumbrados servidores de la patria como Henry Kissinger, Dan Quayle, James Schlesinger, Newt Gingrich y James Woolsley.
El New York Times «denunció planes contra Irak»
Richard Perle, viceministro de Defensa bajo Ronald Reagan, es según el New York Times el portavoz de la llamada Alianza Opositora de Irak, «Iraqui National Congress», cuyo plan es la ocupación del sur de Irak por las tropas americanas, donde proclamarían un gobierno provisional, apoyado por Washington, hasta la caída de Saddam. «Perle y sus acólitos expresan a veces abiertamente lo que pueden decir sus amigos en el gobierno», escribe el bien informado New York Times. La Alianza anti-Hussein actúa a nivel de la lobby, típico terreno de los políticos en los alrededores del Capitolio, cultivando viejos contactos con los medios, los verdaderos centros del poder y las llamadas «fábricas de pensar», caso del American Enterprise Institute. Perle y sus colaboradores divulgan sus opiniones en las horas de mayor audiencia de los canales privados de la TV. De paso, algunos miembros del DPD apoyan al partido Likud israelí de Ariel Sharon.
Según el investigador del trabajo lobbista, Jim Lobe, estos halcones se esfuerzan par fundamentar la hegemonía ilimitada de los EEU en el cercano y medio oriente. Se caracterizan, apunta Lobe, «por su astucia política, el talento polémico, sus excelentes contactos con los medios y su inclinación por la disputa ideológica». Sus raíces políticas hay que buscarlas en el Partido Demócrata. Actúan a favor de Israel y no ocultan su rechazo de las Naciones Unidas. Lowe afirma que estos duros, están absolutamente convencidos de la supremacía moral de los EEUU ante el mundo, lo que les impone su misión de salvadores mesiánicos».
Desde 1997 existe un segundo grupo lobbista: el «Project for a New American Century» – Proyecto para un nuevo Centenario Americano (PNAC) para quien el Ministerio de Relaciones Exteriores, los militares cautelosos y los altos funcionarios de los servicios secretos politizados son los enemigos. Después del 11 de setiembre ya no es China la guarida de lo malo, a la que hay que destruir, sino Irak y el régimen de Hussein. En una carta abierta del PNAC dirigida al presidente Bush, se exhortó a la Casa Blanca a tomar medidas para alejar del poder a Hussein, aunque no hubiera pruebas de que Irak estuviera vinculado directamente a los ataques del 11 de setiembre.
El PNAC se esfuerza para encontrar «pruebas» de una vinculación entre Osama bin Laden y Hussein y en la medida en que se acerca el fin de la guerra en Afganistán, apura sus exigencias de extender la «guerra antiterrorista» a otros países. Hace poco la CNB transmitió una polémica de expertos sobre la conveniencia de atacar al mismo tiempo a Irak y las Filipinas. Un posible ataque americano a Irak encontraría resistencia de parte de los aliados árabes en la coalición antiterrorista y sería rechazado por China, Rusia y los estados europeos de la OTAN, lo que significaría de hecho la ruptura de esta asociación bajo la aplastante supremacía norteamericana.
Es un alto precio y un paso atrás, si se tiene en cuenta que los EEUU tejieron esta alianza antiterrorista dirigida por ellos, luego del 11 de setiembre, poniendo bajo su égida prácticamente a todo el mundo. El poder de los halcones es considerable y los ataques terroristas de Nueva York y Washington les permitió pasar a la ofensiva en Afganistán.
Pero no sería la primera vez que el gobierno de Washington está dispuesto a pagar este precio, incluso contra la opinión del jefe de la política exterior, Colin Powell, que es considerado «moderado» por los halcones. En este sentido es recordado el caso del avión americano derribado por los chinos, donde los halcones quisieron imponer medidas bélicas contra Pekín. Intención impedida, sin duda alguna, por Colin Powell y militares cautelosos. También está presente la postura de Bush padre, que en la guerra del golfo dio orden de parar, lo que disgustó a los halcones, que pretendieron barrer a Hussein. *
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