"Mis manos no están hechas para sostener un fusil"
«No, mis manos no están hechas para sostener un fusil», dice con una sonrisa, escondido detrás de una larga barba negra, Mohammad Sarwar Wasil Husanyer, un singular afgano que nunca empuñó una Kalashnikov en estos 23 años de guerra ininterrumpida.
El hombre, sentado sobre un tapiz en su pequeño negocio de ropa para niños, en Pashtunbad, el barrio afgano de Quetta, desplaza una serie de prendas de vestir y toma una revista con las obras del mayor poeta contemporáneo pashtun, Abdul Khaliq, estudiante de una madrassa –escuela coránica– e hijo de un imán.
Khaliq había comenzado como poeta de corte del molá Muhammad Omar, guía espiritual y político de la milicia islámica, y murió unos meses atrás, a los 60 años, marginado del régimen por haberse opuesto a depurar de temas amorosos su poesía.
En la casa de Kandahar, cuenta Wasil Husanyer que regresó a Pakistán después de los atentados del 11 de setiembre, cuatro músicos tocaban los tabla (tambores) y los rabub (laúdes).
Se cantaban los sueños, la belleza, las flores; mientras paradójicamente las ruinas de la ciudad refieren una historia de bombardeos, destrucción y sufrimiento.
El círculo de «cantautores», quería sólo dar voz a la más antigua tradición pashtun, la poesía, que desde el siglo XVIII dio autores de fama mundial como el religioso Rehma Baba y el poeta guerrero, Khushal Khan Khatak.
La censura de los talibanes prohibió las reuniones, los poetas comenzaron a hacer circular sus hojas clandestinas, como se hizo con los samizdat (piezas poéticas) del disenso en la era soviética. «Todos los afganos, cultos o analfabetos, aman la poesía», dice Wasil Husanyer, mientras un viejo extrae de su bolsillo un pequeño cuaderno azul donde copió las rimas de Husanyer.
«Diariamente vendemos 50 casetes y 40 de ellos son de Ubedullah, el principal cantante de las poesías de Abdul Khaliq», dice Sayed Abdul Jamar, el propietario de un negocio de música, donde las cintas se copian y venden a 100 rupias, una pequeña fortuna en Pakistán y aún más en Afganistán.
Ubedullah fue muerto en 1983 por los mujaidines, porque había colaborado con el gobierno soviético.
Bajo los talibanes la poesía debía sólo alabar a la jihad, la guerra santa contra los infieles.
El ministro de Relaciones Exteriores, Mawatakili escribió una contra el comandante Ahmad Shah Massud, el «león de Panjshir», muerto por los talibanes poco antes de los atentados del 11 de setiembre. Las poesías se leían por radio o eran publicadas en las revistas locales.
El joven Wasil Husanyer era responsable de la Oficina de poesía en el gobierno de los talibanes, «pero no hay poesía sin amor», dice, y así publicó sus rimas en Peshawar, Pakistán, y fue despedido hace seis meses.
Ahora vive de la venta de ropa, que le proporciona 2.500 rupias al mes, unos 40 dólares, con los que mantiene a su mujer y a sus cuatro hijos.
«El mío es un matrimonio de amor, uno de los pocos en Afganistán, y mis poesías están todas dedicadas a ella», dijo. *
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