Convertirse en asesino: el sueño de Hamid, un niño afgano de 10 años

El niño de 10 años Hamid, menor en estatura que sus colegas de clase, pero más envejecido, tiene una única ambición en la vida: convertirse en un asesino.

El niño afgano hace dibujos de sí mismo armado con un kalashnikov acribillando «al enemigo», los que mataron a su padre ante sus ojos, según la psicóloga Sema Usmani.

Hamid chilla mucho, apenas come y se despierta aterrorizado por la noche. Se trata de síntomas, según Usmani, muy frecuentes entre niños y adultos en Afganistán.

Otros niños a los que estudia se estiran los cabellos, duermen mal, se pegan con sus hermanos, mascan continuamente mientras duermen y se vuelven huraños.

Pero el caso de Hamid es un desafío a su experiencia.

Hamid «repite ‘quiero matar a esos tipos’. ¿Cómo se le puede hablar a alguien que quiere ser un asesino?» se pregunta la psicóloga. Aunque no ha llegado a averiguar la historia completa de la muerte de su padre, la doctora sabe que fue obra de los talibanes, la milicia integrista vencida en Afganistán.

«Todos los enemigos de sus dibujos llevan turbantes negros» dijo Usmani, refiriéndose a la indumentaria clásica de los talibanes. Hay cientos de casos, quizás miles, como el de Hamid.

Abdul Aqyar, el director del hospital mental de Kabul, dice que los 23 años de guerra continua en el país han dañado la salud mental de alrededor el 70 por ciento de los afganos, niños y adultos.

Su equipo de 30 psicólogos, que aseguran el funcionamiento de la única unidad de este tipo en todo el país, trata a un montón de ellos.

Una cifra que se incrementará cuando la situación se tranquilice. «Cuando vuelva la estabilidad económica, estaremos inundados de pacientes», manifestó.

«Por el momento, la gente sólo trata de sobrevivir y son muy pobres, incluso para ir al médico de cabecera que los enviaría aquí. En vez de eso, cuando se dan cuenta de que algo va mal, van a la farmacia para que les den píldoras contra el dolor de cabeza», explicó.

Las pastillas no bastaron a Pewand Alí, de 28 años, que acabó en la unidad de Aqyar tras golpear con un martillo las costillas de su hermana de 6 años.

«Estaba partiendo una nuez con el martillo, cuando vino y tiró de mi arma» dijo Alí al periodista de la AFP.

«Me enfadé tanto que la golpeé en las costillas con el martillo. Resultó muy malherida. Acto seguido me sentí muy, pero que muy mal».

Añadió que «desde los bombardeos y los combates» tiene problemas para dormir, y, con gestos, explicó que quiso suicidarse.

Debido al pobre estado del hospital mental, en el centro de Kabul, pocos pacientes quieren ser ingresados, y vuelven a sus casas a dormir tras el tratamiento.

Oscuras, húmedas, sucias frías y malolientes, las habitaciones del hospital parecen celdas.

En algunas se trata a adictos a la heroína, otras las ocupan hombres y mujeres que se han abandonado totalmente a sus traumas, en la mayoría de los casos por la pobreza y los bombardeos.

«Los padres prefieren no dejar aquí a sus hijos», afirmó la responsable de la sección de mujeres del hospital, Sharifa Yadgary. «No contamos con mucho apoyo de los talibanes y estamos esperando a ver si el nuevo gobierno nos ayuda. Incluso las organizaciones no gubernamentales (ONGs) nos ignoran», declaró.

«Necesitamos calefacción, medicinas, y necesitamos cobrar», afirmó, aclarando que ni ella ni el personal han recibido su salario en los últimos cinco meses. Los niños están mejor, afirmó Yadgary, pues reciben tratamiento de día y vuelven a sus casas por la noche.

De todos modos hay daños irreparables, recordó Aqyar.

Algunos niños «se parecen a los otros niños, pero han asistido a ejecuciones públicas que los talibanes practicaban en el estadio de Kabul. Están marcados para siempre». *

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