Los dos últimos judíos de Kabul, guardianes de la sinagoga

En pleno centro de Kabul, en la Calle de las Flores, en lo que era la sinagoga, viven los dos últimos judíos de la capital afgana.

El más viejo, Isaac Levy, larga barba blanca, dice tener 60 años pero representa 75, mientras que el más joven, Zabulon Zimantov, confiesa 41.

Se detestan mutuamente y sus querellas les han llevado incluso ante los tribunales islámicos. Los judíos ya vivían aquí hace ocho siglos –dice Zabulón– pero se fueron cuando se produjo la independencia de Israel, aunque todavía antes del régimen comunista quedaban 100 familias en Kabul y entre 400 y 500 judíos en Herat (oeste del país).

Zabulón vive solo en una pieza miserable de un edificio donde funcionaba una sinagoga y una sala de plegarias para mujeres. Tiene una esposa y dos hijas, de ocho y siete años, quienes partieron a Israel hace seis años. El fue en 1992 a Tashkent para casarse pero entonces comenzaron sus problemas: Isaac vendió todas sus pertenencias y pretendió que habían sido robadas, asegura.

Ahora vegeta comprando antigüedades de cobre que envía a un hermano en Alemania.

Sostiene que Isaac también se robó la Torah (el libro sagrado de los judíos) de la sinagoga para venderla y que, para cubrirse, le acusó de haberla robado, acusación de la cual fue declarado inocente por la Corte Suprema de los talibanes pero éstos se quedaron con la Torah.

El libro tiene cinco siglos de antigüedad y vale cinco millones de dólares, afirma, precisando que los talibanes fracasaron en un intento de venderlo y que se encuentra ahora en el Ministerio del Interior.

La guerra de los dos hombres no ha terminado. «Como yo gané el proceso, Isaac me acusó de ser un espía a sueldo de Israel, una acusación muy grave». Zabulón no cuenta cómo escapó a esta acusación y sostiene que los talibanes no sabían que era judío. «Â¡Miente!», comentan los anticuarios de la Calle del Pollo, donde todo el mundo conoce a «Zabulón, el judío».

«Todos sabían que era judío e incluso algunos talibanes trataron de convertirlo al islam», afirma un comerciante, pero Zabulón se hace el que no escucha. Zabulón acusa a su correligionario Isaac de que quiere convertir la sinagoga en un prostíbulo pero –dice– cuando cuando vuelvan a Kabul los judíos que trabajaban las piedras preciosas van a transformar la sinagoga en un diamante. *

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