La primera baja que reconoció Washington

EEUU admite muerte de agente de la CIA

La noticia de la primera baja estadounidense en el terreno coincidió con el llamado del líder talibán, el molá Mohammed Omar, para que sus milicias «resistan porque la guerra no es una cuestión de tribus, sino del Islam».

El cadáver del agente Spann, de 32 años, fue encontrado e identificado, dijo el portavoz de la Central de Inteligencia estadounidense (CIA), Mike Tadie, al confirmar la noticia.

Spann murió, según fuentes de la central de inteligencia, durante la rebelión de prisioneros extranjeros de la red Al Qaeda, de Osama bin Laden, en el fuerte convertido en cárcel de la localidad de Qalai Jangui.

Pese a que la CIA no difundió los detalles sobre la muerte de Spann, que dejó una esposa y tres hijos, el director de la agencia, George Tenet, calificó al agente «como un héroe americano», en un mensaje hacia los demás empleados del organismo.

El agente de la CIA es la quinta víctima norteamericana tras el 7 de octubre, cuando comenzó la operación Libertad Duradera, pero la primera en suelo afgano.

Los otros caídos fueron un sargento muerto en un accidente en una base de Qatar, un marino del portaaviones «Kitty Hawk» desaparecido en el Mar Arábigo y dos militares muertos tras la caída de un avión en Pakistán.

En la represión a la rebelión de los presos pro talibán resultaron heridos cinco militares estadounidenses por una bomba arrojada cerca de donde ellos estaban por un avión del propio Estados Unidos. Fueron llevados a Alemania.

Oficialmente, desde que se creó la CIA 78 oficiales murieron en misiones.

La Alianza del Norte y la aviación estadounidense atacaron durante dos días el lugar, que había sido tomado por los guerrilleros extranjeros que apoyaban al régimen talibán y habían sido tomado prisioneros tras la rendición de Kunduz.

«Esta mañana dominamos a los últimos (milicianos extranjeros) que resistían. En total, matamos a 450. Ninguno aceptó rendirse», dijo el general Abdulatif, uno de los comandantes de la Alianza que dirigió el ataque a la fortaleza.

En Londres, la organización Amnistía Internacional pidió hoy esclarecer la matanza de cientos de prisioneros pro talibán.

«Deben llevarse investigaciones para aclarar la de la participación por parte de las fuerzas de la Alianza del Norte, Estados Unidos y el Reino Unido», dijo la organización.

La Alianza del Norte dijo que la responsabilidad es compartida con los estadounidenses.

El gobierno de Irak describió de «masacre», las muertes ocurridas en la prisión afgana a manos de las fuerzas de Estados Unidos y la Alianza del Norte, al tiempo que algunos clérigos en Pakistán llamaron a un día de duelo por lo que describieron como «un acto de barbarie».

Los talibanes pertenecen a la etnia pashtun (la mayoritaria) mientras que en la Alianza del Norte están representadas las minorías hazara (chiítas), taika y uzbeka.

En otro caso, un comandante de la Alianza del Norte reveló hoy que 160 combatientes fundamentalistas prisioneros de las fuerzas de Gul Agha, ex gobernador mujaidín de Kandahar, fueron fusilados ante militares estadounidenses en la localidad de Takhta Pol.

La avanzada antitalibán no se detiene. Según la prensa iraní y la agencia Afghan Islamic Press (AIP), los marines estadounidenses continuaban desplegándose cerca de Kandahar, donde son esperados en el centro de la ciudad por «miles de talibanes ansiosos de combatir.

Kandahar, en el sur del país, es el único bastión de Afganistán que queda en poder del régimen talibán y el centro de poder del líder de «los estudiantes de teología», el molá Omar.

El ex embajador del régimen en Pakistán, Abdul Salam Zaeef, negó a AIP que Estados Unidos haya impactado bombas contra un centro de comando donde estaban presentes líderes de las milicias talibán preparando la resistencia ante la eventual embestida de los comandos de Estados Unidos.

En tanto, la «caza» de Bin Laden continúa para Estados Unidos y Gran Bretaña.

El diario británico Daily Telegraph informó que el líder de AL Qaeda está escondido junto a 400 combatientes en un fuerte subterráneo cavado en las montañas de Tora Bora, a 80 kilómetros al sur de Jalalabad, en el este del país.

«A los árabes los matamos a todos, pero a los talibanes los desarmamos y los dejamos ir», dijo el hermano de Gul Agha, uno de los comandantes pashtun que lucha contra la milicia islámica, en la provincia de Kandahar, al sur de Afganistán.

Dice llamarse Gul Alei y está en Chaman, en la frontera de Pakistán, a unos cien kilómetros al sur de Kandahar.

Vino de Afganistán con el fin de reclutar a otros soldados de su tribu para luchar contra los talibanes, está nervioso y habla mirando el espejo retrovisor en un viejo automóvil japonés.

Dos días atrás, el comandante Gul Agha, un viejo mujaidín ex gobernador de Kandahar, estaba en su cuartel general, cerca de la ciudad de Takteh Pul, cuando un militante árabe se le acercó: «Sacó una granada y se la lanzó a mi hermano, pero él le disparó y escapó lejos de la explosión».

Según Gul esta guerra será larga porque los talibanes no quieren rendirse: «Hicimos todo incluso les ofrecimos dinero», señala.

A lo largo de los 125 kilómetros desde Quetta a la frontera, entre las dunas, hay tres pequeños pueblos de casas de barro y paja, mimetizados con la arena y ocupados por afganos que viven del tráfico de estupefacientes y armas incluso pesadas, pero la ley paquistaní puede muy poco contra ellos.

Meses atrás la policía hizo evacuar el pueblo de Saranan, a unos 40 kilómetros de Quetta, pero nadie sabe si está vacío, más aún, nadie se atreve a verificarlo.

Decenas de miles de habitantes, se dice, fueron trasladados un poco más lejos de la ciudad y el gobierno dio su ayuda para convertir el comercio de armas en el de sedas y otros productos inocuos.

Sin embargo, dijo un joven paquistaní, los afganos «pueden renunciar al pan, pero deben tener un fusil». *

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