Exterminio de prisioneros
La Alianza del Norte dijo haber retomado el edificio transformado en cárcel ubicado cerca Mazar i Sharif, la principal ciudad del norte de Afganistán.
«Ya terminó, no hay más combatientes, pero esperaremos hasta mañana para entrar en el fuerte porque tememos que haya bombas entre los cadáveres», dijo un comandante local de las fuerzas antitalibán, Mohammed Nuri.
Por lo menos 600 extranjeros de Al Qaeda, la red de Osama bin Laden, murieron durante el asedio a la prisión.
El último núcleo de milicianos –la legión extranjera que responde a Osama bin Laden– resistió hasta el final en un ala del fuerte efectuando los últimos disparos.
Entre los extranjeros hay filipinos, paquistaníes, chechenos, chinos, sudaneses, egipcios, yemenitas, sauditas, filipinos y argelinos.
La legión extranjera que había sido tomada prisionera por la Alianza del Norte se había rebelado el domingo con la consigna «mejor saltar por los aires que caer en manos enemigas».
El portavoz de la Alianza del Norte en Mazar i Sharif, Abdul Wahid, los prisioneros habían dicho que estaban cargados con granadas entre sus ropas y que estaban dispuestos a suicidarse si el fuerte era conquistado por la oposición.
Para hacer caer la resistencia de los hombres de Bin Laden y los talibanes, durante toda la noche cazabombarderos continuaron lanzando bombas contra el fuerte. También un poderoso avión AC–130 actuó para liquidar a los prisioneros rebeldes.
La Alianza del Norte arrojó bombas de cañón contra el edificio construido en el siglo XIX y convertido en prisión por la oposición al régimen talibán.
En Washington, el Pentágono no confirmó la reconquista del fuerte, donde resultaron heridos cinco soldados de las fuerzas especiales de Estados Unidos.
Tampoco confirmó los testimonios de afganos que dicen que un agente de la Central de Inteligencia estadounidense (CIA), de nombre Mike, murió en el tiroteo con las milicias de Al Qaeda en la primera fase de la revuelta.
En Qala I Jangi habían llegado unos 600 milicianos extranjeros convocados para la Jihad (guerra santa) el 7 de octubre pasado, cuando Washington comenzó los bombardeos contra Afganistán, en represalia por los atentados del 11 de setiembre, de los que culpa al saudita Bin Laden.
Estos mujaidines habían sido arrestados durante la rendición del régimen talibán en la norteña ciudad de Kunduz.
El líder libio, Muammar Kadafi había llamado por teléfono al presidente afgano Burhanuddin Rabbani para pedirle que no mataran a los árabes prisioneros en Afganistán.
Según contó el propio Rabbani el diario árabe internacional Al Hayat, «tranquilizó» a Kadafi diciéndole que «los árabes tienen un lugar privilegiado en la consideración del pueblo afgano y que el comportamiento de la minoría mercenaria no tendrá reflejos en las relaciones entre Kabul y los países árabes».
Un diario de lengua árabe informó por su parte que Bin Laden designó a un nuevo jefe militar, en reemplazo de Mohamed Atef, muerto a raíz de los bombardeos estadounidenses en el norte de Kabul. Se trata de Mohamed Ibrahim Mekaui.
Osama bin Laden, sobre cuya cabeza pende una recompensa de 25 millones de dólares, viaja por Afganistán en un convoy de pickup surcoreanas, cargadas con tres esposas y quince hijos –entre ellos una recién nacida– con baúles de vituallas, y no exactamente de incógnito.
Decenas de custodios lo escoltan a cada paso, lo protegen y le hacen de escudo en una caravana que no es por cierto invisible, lo cual lleva a opinar que Estados Unidos no lo quiere detener hasta estar bien establecido en Afganistán.
«Es claro que los norteamericanos no quieren detenerlo, para tener tiempo de establecerse bien en Afganistán», dice Hamid Mir, un joven periodista paquistaní que entrevistó a Bin Laden tres veces, la última hace tres semanas, cuando el militante saudita anunció al mundo que tiene la bomba atómica y armas químicas. *
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