Pakistán preocupado por la interna afgana
Los temores en Pakistán, cuyo gobierno se encuentra hoy pagando las consecuencias de una política sobre Afganistán completamente equivocada, son fácilmente imaginables y comprensibles.
Islamabad para garantizarse un gobierno amigo fácilmente controlable del otro lado de su frontera apuntó a los talibán, con ayudas económicas y favoreciendo el nacimiento del fundamentalismo islámico incluso en el interior de las propias fronteras.
Con la caída de los talibán y la intervención norteamericana el gobierno paquistaní sabe que perdió a Afganistán y aún no puede si siquiera vislumbrar cómo será el futuro.
Estados Unidos, que regresó con fuerza a Asia central, seguramente no se irá pronto, al menos no antes de haber consolidado su influencia y, por lo que escriben los comentaristas políticos paquistaníes, la conferencia de Bonn, que se inicia el martes, es sólo el comienzo de este proceso.
En Peshawar, en el noreste de Pakistán, o en Quetta en el sudoeste, dos ciudades en cierto modo más afganas que paquistaníes dado el número de refugiados que en ellas viven, señores con enormes turbantes discuten en su lengua pashtun sobre el futuro del país del que han tenido que escapar por culpa de los soviéticos, de los señores de la guerra o de los talibán.
El punto en común de todos es el ex rey Zahir Shah, exiliado en Roma desde 1973, no porque pueda volver a gobernar sino porque es un factor de unidad en un país en el que las divisiones étnicas y políticas son enormes.
Zahir Shah no fue un gran rey, pero su reino fue el último período de paz.
Luego en el transcurso de seis años hasta la invasión soviética todos los que pisaron el palacio presidencial fueron asesinados: tres jefes de gobierno fueron violentamente muertos desde 1973 a 1978 y después le tocó el turno a los señores de la guerra y a los talibán. *
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