La derrota del sandinismo

La tercera no fue la vencida. Por tercera vez consecutiva Daniel Ortega perdió la elección del pasado 4 de noviembre en que se presentó como candidato del FSLN. En 1990 Violeta Barrios de Chamorro le cortó la reelección, tras haber ejercido la presidencia tras los comicios de noviembre de 1984 en que el FSLN obtuvo el 67% de los votos. En 1996 lo derrotó el ex alcalde de Managua, Arnoldo Alemán, quien el 10 de enero le entregará la banda a su correligionario del Partido Liberal Constitucionalista (PLC), el empresario Enrique Bolaños. Cabe interrogarse sobre las causas de la derrota del sandinismo, movimiento que suscitó una oleada de entusiasta adhesión en nuestro continente por su insurrección triunfante del 19 de julio de 1979, que dio al traste con la dictadura de Somoza y vio florecer la primavera popular en Nicaragua.

 

La injerencia yanki

A principios de setiembre las encuestas otorgaban a Ortega una ventaja de 5 a 8 puntos sobre Bolaños. Después se habló de empate técnico. Finalmente las urnas ubicaron diez puntos arriba al candidato (neo) liberal. ¿Qué había pasado?

Un factor fundamental fue la campaña concentrada de EEUU, por todos los medios, contra el sandinismo y sus candidatos, englobándolos en la ofensiva «antiterrorista» que desataron urbi et orbi luego del 11 de setiembre.

El 4 de octubre, tras reunirse en Washington con el canciller nicaragüense Francisco Aguirre, el secretario de Estado Colin Powell expresó «serias reservas» sobre Ortega a causa de su pasado de «mantenimiento de lazos con aquellos que apoyan al terrorismo». A diez días de las elecciones, el subsecretario de Estado para Asuntos Políticos, Marc Grossman, golpeó la misma tecla: «Tenemos serias preocupaciones sobre la historia sandinista de violaciones de los principios democráticos, por sus confiscaciones de propiedades sin compensación y sus lazos con el terrorismo». Ya en vísperas de los comicios, la vocera del Departamento de Estado, Liza Koch, destacó que entre 1979 y 1990 el sandinismo en el poder mantuvo estrechas relaciones con Libia e Irak, y remachó citando a Bush: «Aquí no hay términos medios entre los que se oponen al terrorismo y los que lo apoyan». Análogamente se pronunciaron el embajador de EEUU en Managua y el gobernador de Florida, hermano del presidente.

Esto dio la tónica en el decisivo tramo final de la campaña electoral. El último spot pro Bolaños mostraba a Osama bin Laden blandiendo una ametralladora AK-47 mientras un locutor le hacía decir que «si pudiera votar en las elecciones de Nicaragua, lo haría por el comandante Daniel Ortega».

The Washington Times reveló que «el Departamento de Estado envió a un alto funcionario a Managua para urgir a los partidos a trabajar juntos para evitar una victoria sandinista», y logró que el tercer aspirante presidencial, el conservador Noel Vidaurre, renunciara a su candidatura para favorecer la votación por Bolaños.

 

El cardenal Obando

De esta forma influyó la potencia imperial, que sostuvo la longeva dictadura terrorista del clan Somoza, los asesinos de Sandino, y que en la época de Reagan armó y financió a la «contra» (como se demostró en el escándalo Irán-contras) para enfrentar a la revolución sandinista y someterla a un enorme desgaste humano y material, todo lo cual abrió paso al triunfo de Violeta Chamorro. A ello se sumó la actitud beligerante y de odio antisandinista del cardenal Miguel Obando y Bravo, la misma que ha mantenido, en forma exacerbada, a lo largo de estos veinte años, en un país de arraigada tradición católica en el cual los creyentes contribuyeron positivamente a derrocar al somocismo. Vimos al prelado en sus últimas apariciones en la campaña electoral, y nos sorprendió la virulencia y la bajeza de sus acusaciones. Obando ya había gravitado en la anterior elección, llamando desde el púlpito y en actos públicos de amplia difusión a votar contra el FSLN. Ahora, el 1º de noviembre atacó las condiciones morales y cristianas de Ortega, y evocó el fantasma de la guerra civil que causó 50 mil muertos, en una misa que se transformó en un mitin político y volcó a numerosos indecisos a votar por Bolaños.

 

Los errores propios

La enumeración quedaría incompleta si no incluyéramos los errores propios de FSLN. En primer lugar, el movimiento mismo se fracturó. Figuras de relieve como el ex vicepresidente Sergio Ramírez, el ex ministro de Cultura Ernesto Cardenal o la escritora Gioconda Belli abandonaron sus filas y llamaron a la abstención.

Cuestionaron al FSLN desde el punto de vista ético, por la participación de algunos de sus miembros destacados en los repartos de la «piñata», y por un acuerdo de trastienda entre Ortega y Alemán para repartirse cargos en determinados órganos de poder. Un giro acentuado de Ortega en el último tramo de la campaña para atenuar las definiciones antimperialistas, estuvo lejos de convencer a los disidentes de sus propias filas. Estos temas se trasladan a la Nueva Asamblea Nacional, el Parlamento unicameral cuya integración definitiva es objeto de aguda controversia, en medio de acusaciones de fraude. *

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje