"Nuestro país es seguro al cien por cien"

Fantasma de derrota recorre los EEUU

Aunque nadie discute la inexorabilidad de la victoria, muchos descubren ahora que la lucha en Afganistán y en su patria, sobre el frente interno y externo, es dura y que el enemigo es aguerrido y combativo.

También afloran dos adversarios insidiosos: el cansancio, que se transparenta en los discursos sin vuelo del presidente George W. Bush. y la frustración en la que incurren los partes de guerra del Pentágono iguales entre sí.

En el frente interno, el ántrax avanza sobre toda la costa este y ya «tomó» las ciudadelas del poder político (la Casa Blanca, el Congreso, la Corte Suprema) y los centros postales.

Sobre el frente externo, en Afganistán los talibán tienen y parecen, además, disponer de una inteligencia más eficaz que la norteamericana ya que capturan a los infiltrados y los matan. Toda una advertencia, en vista de las incursiones de las fuerzas especiales.

Por el contrario, Osama bin Laden y los líderes de Al Qaeda burlan la caza de la CIA y los rangers, las bombas «inteligentes» equivocan blancos con una frecuencia inquietante, los satélites y los aviones espías más sofisticados no dan con los terroristas.

Los militares reclaman paciencia –una virtud que en general no tienen– a la opinión pública estadounidense y a los aliados de la «coalición global» contra el terrorismo internacional.

Oficialmente los comandos militares están «satisfechos» de los resultados que hasta ahora consiguió «Libertad Duradera», a pesar de la ausencia de éxitos clamorosos.

La campaña –dicen– «no se ha empantanado» aunque el ritmo de las operaciones «puede generar frustración».

Del frente militar debiera llegar una buena noticia, capaz de revigorizar la coalición, más frágil con el pasar del tiempo, y de reencender la determinación patriótica de los ciudadanos norteamericanos, que por ahora permanecen favorables a la iniciativa militar.

La comunicación es difícil, pero los militares, que se dejan tentar por la contrainformación (un ejemplo fue la versión de que los talibán envenenan las raciones de víveres destinados a los refugiados), y también para la administración que debe proporcionar, como si fuese cipro, al antibiótico de la profilaxis antiántrax, confianza y cautela.

«Nuestro país es seguro al cien por cien: los norteamericanos deben convencerse».

Ari Fleischer, portavoz de la Casa Blanca, intenta dar tranquilidad a la gente, parafraseando, cada día, las palabras originales del presidente Bush: «No nos dejemos aterrorizar por los terroristas: sigamos viviendo nuestra vida, trabajando, viajando».

Pero los mensajes de optimismo se entrecruzan inevitablemente con los de la seguridad: el paquete de medidas antiterroristas, el reforzamiento de la seguridad área, la campaña para la vacunación contra la influenza (así habrá menos posibilidades de confusión con el ántrax) y la orden de producir más vacunas (también contra la viruela).

Es la «nueva normalidad» de la que habla el vicepresidente Dick Cheney, que habla poco pero cuando lo hace espanta.

«Muchas de las medidas adoptadas en estos días para mejorar la capacidad de prevenir y responder a los ataques terroristas se volverán una parte permanente de la vida norteamericana», dice Cheney.

La emergencia desgasta. Desde el 11 de setiembre todos los mensajes radiales del presidente Bush los sábados estuvieron dedicados a la lucha contra el terrorismo: el de hoy pareció el menos inspirado e intenso de todos, con una pátina de desilusión y cansancio.

Estados Unidos y su presidente quieren pensar en otra cosa. Esta noche la televisión transmitirá la final de béisbol, una ocasión para desviar el patriotismo alentando a los Yankees, a Nueva York, a la victoria contra el terrorismo.*

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