"Volveré a la escuela y a la 'madrassa'. Allí encontraré a mis amigos".

Jóvenes afganos heridos relatan los bombardeos

Su padre, Ghulan Jailani, no se separa de su cama, situada en medio de una gran habitación abarrotada de heridos en los ataques estadounidenses contra Afganistán. Ghulan cuenta que una bomba cayó cerca de la escuela de su hijo en Kandahar, feudo de los talibán en el sureste de Afganistán, y dejó al niño inconsciente y con una pierna destrozada.

Como centenares de otros heridos, Abdul Wasay se unió al continuo flujo de civiles afganos que se presentan en los hospitales de Quetta, a unos 200 km de Kandahar, donde los médicos, viendo la escasez de medios, temen que la delicada situación se convierta en una verdadera crisis en cuestión de días.

Ghulan Jailani explica que su hijo se encuentra en estado crítico, después de un viaje de seis días hasta el hospital, que llegó a ser terriblemente angustioso debido a la falta de agua y comida.

Al lado de Abdul se encuentra Zia Ul Haq, de 18 años. El joven, también natural de Kandahar, había ido a reunirse con su familia en Kabul, con la intención de alejarlos de la capital y de las bombas estadounidenses.

Sin embargo, le faltó tiempo. Sólo se acuerda de que una bomba alcanzó la casa de su tío y una pared se le vino encima. Cuando despertó se encontraba en la parte trasera de un camión, rumbo a Quetta.

«No tengo ni idea de lo que sucedió con mi familia», explica Zia angustiado.

A su alrededor, son muchos los heridos que, como él, no tienen noticias de sus seres queridos. El hospital Sandeman recibe entre 60 y 70 pacientes afganos cada día y todos ellos cuentan los horrores de la guerra.

Abdul Habib, de 12 años, comparte una comida con su hermano Abdul Haleem, de 30 años. Este cuenta que su hermano pequeño perdió una pierna cuando una bomba alcanzó la casa de la familia en Kandahar.

Yar Mohammad, de 22 años, asegura que fue herido en la explosión de un misil, también en Kandahar. Sus dos hermanas murieron.

«Numerosas personas inocentes fueron asesinadas en las ciudades y en las aldeas. No hay más ambulancias ni hospitales con recursos», afirma.

«Si se trata de una guerra entre Estados Unidos y los talibán, ¿por qué los norteamericanos no luchan contra los talibán en lugar de atacar a los civiles? La mayoría de los civiles afganos queremos quedarnos al margen de este conflicto», añade.

«Vamos a sacar a nuestros hijos de aquí y volveremos a Afganistán para luchar contra los estadounidenses», añade Ghulan Jailani, que recuerda que otros 16 escolares resultaron heridos en el mismo ataque que su hijo Abdul.

Otra víctima de los bombardeos, Abdul Kadar, defiende a voz en grito a los talibán: «Osama bin Laden es nuestro invitado y no queremos que se vaya, salvo que él así lo decida».

El pequeño Abdul Wasay, ajeno al fervor militante de su padre y compañeros de cuarto, tiene sueños más simples: «Cuando mejore, volveré a la escuela y a la ‘madrassa’ (enseñanza del Corán). Allí encontraré a mis amigos».

Según su padre, las bombas estadounidenses dejaron en ruinas la escuela del pequeño Abdul en Kandahar. *

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