Klausewitz: las guerras llevan a horrores extremos

Los sucesos del 11 de setiembre en Nueva York y Washington descubrieron ante la opinión mundial la dimensión alcanzada por el terrorismo. Sólo el odio irracional, rayano en la demencia, puede convertir aviones y sus pasajeros en bombas para matar a miles de seres humanos. Afirman que la consigna de los terroristas es: «Todos son nuestros enemigos, soldados o personas civiles. Se trata de una guerra santa». Se ha dicho que el mundo se encuentra luego de esto ante una nueva dimensión del terrorismo, condenable, sin vacilación alguna.

 

Bush: «Esto es la guerra»

 

«Esto es la guerra» declaró el presidente de los Estados Unidos y todo indica que los halcones americanos están tomando en serio las palabras de George Bush. Ya el teórico militar alemán Karl von Klausewitz afirmó hace 200 años que la guerra tiene la tendencia de llegar a extremos de brutalidad y matanzas. El siglo XX confirma esta tesis. Recordemos tan sólo los 100.000 muertos luego que el 6 de agosto de 1945 a las 8.15 horas los norteamericanos lanzaron la bomba atómica sobre Hiroshima y tres días después otros 80.000 japoneses muertos en Nagasaki. Una verdadera espiral de guerras signan nuestros días. Pocas semanas antes, aviones ingleses causaron en sendos ataques a Dresde unos 70.000 muertos entre la población civil.

Hace 10 años en la guerra del Golfo los estadounidenses desplegaron su tecnología militar de punta, más tarde lo volvieron a hacer en los Balcanes. La campaña fue bautizada «Tormenta del Desierto» y arrolló a los iraquíes, con ataques de misiles cruceros, bombas inteligentes. Sólo durante el primer día hubo 400 incursiones contra Irak, arrojándose 18.000 toneladas de bombas, que según expertos equivale al ataque atómico sobre Hiroshima.

 

La guerra no es la respuesta al terrorismo

 

No puede haber duda, la guerra no debe ser la respuesta a los horrores del 11 de setiembre y la «guerra contra el mal» proclamada por Washington, hace lo mismo que los enemigos contra quienes se combate, usando la fuerza de su aparato militar. ¿Acaso, no hay otra forma de luchar contra el terrorismo, que los «buenos» contra los «malos»?

Entiéndase bien: hay que luchar contra el terrorismo, pero hacerlo en serio, atacando las causas que lo alimentan.

Por ejemplo, más de 15 millones de Kurdos anhelan hace decenios libertad e independencia nacional en Turquía, país miembro de la OTAN; o los palestinos que están luchando por sus derechos nacionales.

Otra flagrante violación de los derechos humanos es el embargo comercial americano-británico contra Irak que rige desde 1991 y que ha causado ya la muerte de cerca de un millón de vidas por falta de alimentos y medicamentos.

O el caso del gobernante movimiento Talibán de Afganistán, armado tiempo atrás por los EEUU para luchar contra los invasores soviéticos, siendo el mismo Osama bin Laden un agente preparado por la CIA.

El mundo necesita paz y ayuda solidaria para hacer frente al hambre y las enfermedades, caso de unos 25 millones de enfermos de sida y tantos males que azotan a millones de personas.

Le asiste razón a Fidel Castro, cuando en un reciente mensaje a los Estados Unidos, exhortó a derrotar el terrorismo y mantener la paz. «Han asociado honor y guerra, y no quieren escuchar una palabra que descarte el empleo de las armas», recalcó el presidente cubano.

La guerra no es el remedio para curar el terrorismo y los males que sufre nuestro mundo. Hay que buscar caminos para escapar del círculo vicioso paranoico de que sólo con la fuerza militar se pueden resolver los problemas.

Los estados con aspiraciones hegemónicas, caso de los EEUU, sólo ven en las acciones de venganza, de dureza bélica la réplica al terrorismo, ignorando que con esta actitud dan pie a nuevos estallidos terroristas. *

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