Analisis Internacional

Panamá, las espinas envenenadas

El 31 de diciembre de 1999 fue un gran día no sólo para Panamá sino para toda América Latina. Había llegado el momento de dar cumplimiento a los tratados suscritos entre el presidente James Carter y Omar Torrijos en 1977. «Que se van, se van», había vaticinado el líder panameño. Y se cumplió.

El pueblo rompe las barreras

El acto focial había sido programado para el mediodía. Se preveía una ceremonia reservada, con exclusiva participación de gobernantes y altos funcionarios. Pero el pueblo rompió las cercas que aislaban a éstos, y con su presencia viva y sus consignas dotó al acto de su real contenido de recuperación de la soberanía nacional, de poner término a la dominación de sello colonial, de liberarse de la coyunda imperialista. Revivió el espíritu de los estudiantes que quisieron izar la bandera panameña en enero de 1964 y fueron masacrados por la tropa norteamericana.

Queda atrás el período abierto en noviembre de 1903 por Teddy Roosevelt con su política del gran garrote y su frase prepotente: «I took Panama», que anunciaba el rush del joven imperio hacia las tierras sureñas.

Quedan atrás las bases militares montadas a lo largo del Canal: la de Fort Clayton, sede del Comando Sur, donde juró Guillermo Endara como presidente en ocasión de la invasión del 20 de diciembre de 1989 y la masacre de Los Chorrillos, la de Howard, la mayor base aeronaval de América Latina, desde la cual se montaron los dispositivos contra los movimientos guerrilleros de Nicaragua y El Salvador, la de Sherman, sobre el Atlántico, donde se entrenaron decenas de miles de soldados que participaron en las guerras del Pacífico, de Vietnam y del Golfo, e incluso en la invasión a Panamá mismo.

El Comando Sur (ahora trasladado a Miami y a Fort Buchanan en Puerto Rico) fue la pieza maestra en la estrategia intervencionista del imperio. La agresión que en 1954 convirtió en un lago de sangre a la Guatemala democrática de Jacobo Arbenz, las invasiones contra Cuba en 1961, contra la Dominicana en 1965, contra Granada en 1983, el hostigamiento permanente contra Nicaragua luego del triunfo sandinista de 1979, fueron urdidos desde estas bases, en las cuales funcionaba también la Escuela de las Américas.

Terrenos minados, bombas vivas, gas naranja

Por este centro de contrainsurgencia pasaron desde 1946 no menos de 57 mil oficiales de los ejércitos latinoamericanos educados en la doctrina de la seguridad nacional, que considera como enemigo principal al propio pueblo y como misión básica la represión del movimiento popular y de las fuerzas avanzadas. Allí se formaron los dictadores militares del continente: el dominicano Rafael Leónidas Trujillo y el nicaragüense Anastasio Somoza, los argentinos Leopondo Galtieri, Jorge Rafael Videla y Robero Viola, el mismísimo Pinochet, el paraguayo Alfredo Stroessner, los bolivianos René Barrientos y Hugo Bazer, más la cáfila de dictadores bananeros como Tiburcio Carias. A los cuales se agregan los jefes de las fuerzas represivas y de las bandas paramilitares, como Manuel Contreras, brazo derecho de Pinochet; el salvadoreño Roberto D’Aubuisson, jefe de los Escuadrones de la Muerte y asesino de monseñor Romero; Vladimiro Montesinos, la eminencia gris de la inteligencia peruana detrás del trono de Fujimori.

Desde esas bases se gestaba la coordinación de operativos militares conjuntos con países de América Latina, al amparo del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) y de los respectivos tratados militares; desde allí se orquestaban los operativos intervencionistas tomando como pretexto la lucha antidroga; y el jefe del Comando Sur, general Charles Wilhelm, armaba la pinza contra Colombia tratando de cercarla desde los países limítrofes. Allí se realizaban también simulacros de guerra en la selva (para la agresión contra Vietnam) y se instalaron múltiples polígonos de tiro.

Todo esto ocurrió a lo largo de más de medio siglo. Ahora los panameños sufren las consecuencias. Han quedado terrenos minados a proximidad del canal. Hay zonas sembradas con bombas vivas. A ello se agregan los efectos nocivos del gas naranja, que en Panamá se experimentó para después utilizarlo en forma masiva en Vietnam, como acaba de reconocerlo el secretario de la Defensa, William Cohen, en Hanoi. El gas naranja es un defoliante que hace desaparecer todo vestigio de vida y de vegetación en su zona de influencia. Hoy día perduran sus efectos, según análisis recientes.

La embajada USA dijo no

Panamá viene reclamando desde hace meses que Estados Unidos se haga cargo de la limpieza de las zonas afectadas.

La embajada norteamericana respondió rotundamente que no. Que es imposible modificar la situación, que costaría mucho, y que ellos nada van a hacer. En su criterio, la única solución es dejar esos terrenos sin utilizar, yermos para siempre. Como Luis XV, proclaman: «Après moi, le déluge!»

Al mismo tiempo, presionan para mantener su presencia en el territorio. Antes de su retirada, plantearon que la base Howard quedara como centro antidroga, pero recibieron un rechazo categórico. También adujeron como pretexto para una presencia militar remanente la situación en la frontera con Colombia (donde las bandas paramilitares de Carlos Castaño intensifican su acción). Por último, queda la esfera de la Inteligencia militar y naval. En noviembre se denunciaba la existencia de tratativas reservadas en Washington entre representantes de organismos de Inteligencia de la Secretaría de Defensa de EEUU y delegados del nuevo gobierno panameño, con vistas al intercambio de información en el área de la navegación marítima y sus adyacencias, dada la situación estratégica de Panamá.

Como en Vieques

Las fuerzas armadas de Estados Unidos también han transformado la isla puertorriqueña de Vieques en un polígono de tiro. Allí realizan sus ejercicios militares, envenenan el ambiente, dejan cargas mortíferas por el suelo, e incluso por sus maniobras fallidas (como en Kosovo) mataron a un habitante del lugar. Ello ha generado oleadas de protestas en la zona afectada, la formación de campamentos a proximidad de las zonas de tiro, manifestaciones masivas en San Juan. Pero las huestes del Pentágono siguen desparramando la peste por el mundo.

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