A 10 años del golpe contra Gorbachov

Acaban de cumplirse 10 años del intento de golpe de Estado del 19-20 de agosto de 1991 contra Mijail Gorbachov, presidente de la URSS y secretario general del PCUS. El golpe abortó, pero fue el preludio de la disolución de la Unión Soviética, que en diciembre del mismo año clausuró sus 69 años de existencia. Había sido fundada el 31 de diciembre de 1922 cuando la revolución triunfante de octubre de 1917 se había extendido a todos los confines del ex imperio zarista.

El aniversario transcurrió sin pena ni gloria en las ex repúblicas confederadas, ahora separadas y vinculadas de forma laxa en una Comunidad de Estados Independientes (CEI), que agrupa a la Federación Rusa, Belarús y Ucrania. A lo sumo se registraron algunas escenas de pugilato entre partidarios y opositores al golpe. Pero todo el panorama –no sólo en esos inmensos territorios, sino en el mundo entero– ha sufrido un vuelco gigantesco en esta década. Los personajes del drama, empezando por el ex líder soviético, ya no son los mismos. Están muy lejos de pensar y de actuar como entonces. Nos limitaremos, por ende, a tratar de reconstruir ese momento histórico. Los hechos están minuciosamente descritos por Gorbachov en su libro «El golpe de agosto. La verdad y las lecciones», publicado ese mismo año, que incorpora documentos escritos en Foros, Crimea, donde estaba de vacaciones cuando los golpistas intentaron destituirlo.

El tratado de la Unión

La conspiración fue urdida por un sector considerable de la nomenklatura, empezando por el ministro de Defensa, el jefe de la KGB y el vicepresidente Guenadi Yanaiev. El objetivo primario era el rechazo del nuevo Tratado de la URSS.

En el período anterior, desde que Gorbachov accedió a la secretaría general (1985) y se pusieron en marcha profundos cambios, habían estallado tendencias separatistas en las repúblicas periféricas. Ello era evidente en las tres repúblicas bálticas. Una profunda discusión culminó en la elaboración de un nuevo Tratado de la Unión, que ampliaba la independencia de las Repúblicas al tiempo que mantenía entre todas ellas, en plena igualdad de derechos, una cohesión considerada imprescindible. Gorbachov daba los últimos toques al proyecto, que habría de ser refrendado en los últimos días de ese mes.

Los conspiradores decían que el tratado provocaría la disolución de la URSS, pero fueron ellos los que la precipitaron. A fin de año había estallado.

Perestroika y glasnost

Pero en el fondo los golpistas se proponían liquidar el fermental proceso encabezado por Gorbachov, conocido como perestroika (renovación) y glasnost (transparencia), que entre otras cosas amenazaba sus posiciones burocráticas.

Lanzada en el XXVII Congreso de marzo de 1986 y refrendada en el XXVIII Congreso de julio de 1990, la nueva política había cosechado éxitos considerables, al punto de que había modificado sustancialmente, en favor de la paz, el cuadro internacional.

Reagan fue llevado de la nariz a la mesa de negociaciones y Gorbachov proclamado el hombre de la paz mundial. Misiles de alcance corto y medio se transformaron en chatarra y se abordó la reducción de los misiles estratégicos y de las fuerzas armadas en Europa. A esa altura, producido ya el desplome de los países socialistas del este europeo, el Congreso no sólo desechó toda posibilidad de intervención (como había ocurrido en Hungría y Checoslovaquia) sino que reafirmó la decisión ya aplicada de retirar las tropas de Afganistán. Quedaron refrendados los principios de no intervención y autodeterminación.

En el plano interior, éste fue un período de florecimiento de la democracia. Se abrió paso al multipartidismo, entraron a regir a cabalidad las libertades de prensa, de asociación, de manifestación, etc., conformándose las características de un Estado de derecho y de una renovación espiritual y moral. Consecuentemente, cambió en forma radical el carácter del partido gobernante, que ya no podía derivar su papel preponderante de un artículo constitucional, como en otras épocas se invocaba el derecho divino, sino que debía conquistar su lugar en la sociedad, con su prédica y su acción. Esto es precisamente lo que la mayoría de la burocracia enquistada en la dirección partidaria no quiso admitir.

Otra comprobación fue aún más dolorosa. El PCUS se había degradado al extremo de que nadie salió a la calle para defender a su gobierno y al líder de su partido frente al golpe, lo que permitió que un arribista mediocre como Yeltsin se encaramara en el poder.

El mundo unipolar

Quizá Gorbachov fue un aprendiz de brujo que no supo encauzar o conjurar las fuerzas que había contribuido decididamente a desatar. Y que el proceso comenzó demasiado tarde. De cualquier modo, el suyo fue el intento más serio de democratizar la vida de la URSS. El esfuerzo de Jruschov por desmontar el mito del stalinismo y denunciar sus crímenes en el XVI Congreso de 1956 fue trancado, sobrevino luego el inmovilismo de Brezhnev, Andropov hizo concebir esperanzas justificadas de una renovación a fondo frustradas por su enfermedad, Chernenko fue un burócrata total, y tras él Gorbachov abrió el período renovador.

De lo que no cabe duda, es que tras su caída cundió la retrogradación en todo sentido, la URSS se desplomó, las mafias se apoderaron de la economía y advino el actual mundo unipolar, liderado por la potencia imperial. *

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