La escalada israelí no conoce límites

La brutal incursión israelí con tanques y blindados a la localidad palestina de Jenín y el arrasamiento de puestos policiales, que sigue a la ocupación militar de la Caa de Oriente en territorio palestino de Jerusalén este (más la represión a cachiporrazos contra los manifestantes que procuraban ingresar), suscitan reprobación universal. Máxime por estar acompañada del cerco y ocupación militar de los territorios, a lo que se sumó el asesinato de un líder palestino en Hebrón por soldados encubiertos, nuevas destrucciones y 5 palestinos heridos (ayer) en esa zona y la amenaza de nuevas incursiones. Se llegó al extremo de que Bush reprobara la actitud de Israel en Jenín catalogándola de provocación.

Hasta Bush reprueba a Israel

Hasta hoy, EEUU era prácticamente el único sostén con que contaba Israel en el ámbito internacional. Ahora también reprueba la escalada guerrera. Esta no se detiene ante ningún límite. Es la guerra total, incluso con misiles, que procura reducir al mínimo la soberanía en los territorios y remodelar el mapa de la región.

Una decena de tanques israelíes acompañados por dos excavadoras-topadoras penetraron en Jenín y destruyeron el puesto central de policía y otros servicios de seguridad, con la misma técnica empleada para arrasar cientos de viviendas palestinas. El alcalde de Jerusalén oeste reclamó que se haga lo propio en la localidad de Beit Jala, donde de hecho ya el ejército ocupó viviendas. El primer ministro también amenazó con acciones del mismo tipo en Gilo, barrio-colonia de Jerusalén este, anexionada por la fuerza, y nuevas incursiones planean sobre otras zonas autónomas de Cisjordania, principalmente Belén.

Con el crescendo de la escalada, la interposición de una fuerza internacional de paz aparece como una solución adecuada para reducir la tensión y favorecer el retorno a la mesa de negociaciones. La autoridad palestina ha renovado el pedido en tal sentido ante el Consejo de Seguridad. Sharon lo rechaza de plano, y EEUU no ha dado ninguna señal de variar su actitud de vetar dicha propuesta, que cuenta con los votos requeridos.

Ahora, ante los nuevos hechos protagonizados por el ejército israelí, EEUU los censuró, extendiéndoles la calificación de provocativos.

¿Provocación simbólica?

En efecto: después de la irrupción de los tanques en Jenín, el portavoz del Consejo de Seguridad de la Casa Blanca, Sean McCormack, expresó que éstos constituyen «actos provocativos que minan los esfuerzos por crear una atmósfera de calma», lo que toca al fondo del asunto.

Desde que accedió al cargo de primer ministro, la política del general Ariel Sharon consistió en una sucesión de actos provocativos. Más aún (y para no mencionar como antecedentes las masacres en los suburbios beirutíes de Sabra y Chatila en 1982): su acceso mismo a la jefatura de gobierno estuvo motorizada por la gran provocación de la Explanada de las Mezquitas en setiembre pasado, que dio origen a la Intifada y a una situación interna en Israel que desalojó a Barak y propició la instauración de un gobierno de mano dura.

Esto es generalmente reconocido. No obstante, hemos leído la opinión expuesta en una nota de Egen Friedler, según la cual el acto protagonizado por Sharon «en el caso más extremo podía considerarse una provocación simbólica». Extraña lógica, que responde a una inversión de los términos. Porque tal presunta «provocación simbólica» le desbrozó el camino al gobierno y luego, a la ejecución de una escalada que se traduce a esta altura en unas 680 víctimas mortales, cientos de heridos y destrucciones sin cuento.

Prensa culpable

En una reciente mesa redonda sobre el Oriente Medio se atribuyó a los medios de difusión internacionales, en particular a canales de TV, la mala imagen del gobierno de Sharon. Una vez más, se culpa al mensajero de la naturaleza del mensaje. Mi percepción es diametralmente opuesta.

Por ejemplo: la cobertura de la CNN sobre los sucesos en la región, a cargo de José Levy y Daniel Blumenthal, procura permanentemente justificar los hechos agresivos del gobierno israelí, o cuando menos buscarle atenuantes. A menudo presenta los hechos en un orden cronológico trabucado, tendiente a aminorar la responsabilidad israelí (por ejemplo, ante hechos brutales como los recientes, pone en primer plano las reacciones de protesta, o exhibe siempre la misma imagen de un anciano personaje palestino en silla de ruedas clamando venganza en forma incoherente).

La esencia de la cuestión reside en que es misión absolutamente imposible tratar de enmascarar o distorsionar totalmente hechos de la magnitud y la contundencia de los que se han venido acumulando a ritmo acelerado en los últimos días, que implican un cambio cualitativo y una nueva dimensión de la tragedia en Oriente Medio.

Ayer oímos la información de que Rusia y EEUU proponían retornar sin tardanza al diálogo de paz, y nos reafirmamos en la convicción de que ese es el único camino. *

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