El príncipe Raniero no le da poder a su hijo Alberto
El príncipe Raniero de Mónaco, de 78 años, colérico, solitario y celoso de sus prerrogativas, no mueve un dedo para preparar la sucesión al trono, no habla de abdicación y a su heredero Alberto no le concede ni una migaja de poder.
En las reuniones de gobierno, Alberto participa sólo como «observador» y sólo en los últimos tiempos su padre Raniero comenzó a informarlo anticipadamente sobre algunos de sus proyectos.
«Alberto utiliza apenas el 5% de su potencial», afirma Thierry Lacoste, abogado parisino que conoce bien al joven heredero, de quien es además su consejero, en una entrevista con el semanario francés L’Express.
Celoso de sus prerrogativas, Raniero no ha hecho nada hasta el momento para preparar la sucesión al trono, y algunos analistas políticos sostienen que «quiere morir con la corona puesta».
Antes de que Alberto cumpliera los 40 años, Raniero se lamentaba por la inmadurez de su hijo. Luego, comenzó a decir que en vista de la ascendencia al trono de los Grimaldi, el heredero debía contraer matrimonio y «asegurar su descendencia».
Frente a una personalidad tan fuerte, el heredero al trono, relegado al rol de encargado de las relaciones públicas, no sabe bien qué hacer.
«Si digo cualquier cosa contra mi padre, piensa que quiero quitarle su lugar; y si permanezco callado paso por un imbécil», confió Eduardo a un amigo.
De esta compleja relación «edípica» con su padre, le surgió a Alberto un síntoma sorpresivo: si bien habla fluidamente en inglés, cuando lo hace en francés suele tartamudear.
«El inglés» –explicó al respecto a L’Express una psiquiatra infantil– «es la lengua de su madre, Grace Kelly, es decir la lengua afectiva que escuchó desde pequeño. El francés, en cambio, es la lengua del padre, que representa poder y autoridad».*
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