Optimismo de los G-7 ignora la repercusión de la recesión

La recesión golpea duramente a la economía de los siete países más industrializados del mundo, los G-7, cuyos ministros de Economía se acaban de reunir en Roma para preparar una reunión cumbre de jefes de Estado que tendrá lugar del 20 al 22 de julio en Genua.

A juzgar por las declaraciones de los participantes, reinó «un optimismo prudente» y según la mayoría de los ministros la recuperación ya se vislumbra. El más optimista fue el secretario del Tesoro norteamericano, Paul O’Nelly, que dijo a sus colegas que la tasa de crecimiento de los EEUU se elevará muy pronto, dado las medidas que se tomaron. No dijo qué medidas se introdujeron.

Más que una perspectiva real, basada en medidas concretas, se trata de una expresión voluntarista destinada al consumo propagandístico. ¿Qué ha pasado en la economía estadounidense? La tecnología de la información (TI), eje principal de la llamada «nueva economía» americana, sufrió un verdadero colapso al hundirse las acciones del índice Nasdaq de acciones de alta tecnología, arrastrando consigo a los «gigantes» de Internet. El boom económico del crecimiento de más de cinco por ciento es desplazado por el desaceleramiento que lleva a alarmantes índices de 1,5 por ciento. El optimismo de O’Nelly parece por lo menos exagerado.

Peor está la situación económica de Japón, cuyo ministro de Finanzas, Masajuro Shiokawa, informó que recién dentro dos o tres años se puede esperar una mejoría de la economía, que se encuentra en recesión desde hace diez años.

La desaceleración no llegó al máximo

Así lo manifestó el ministro británico de Economía, Gordon Brown, contradiciendo la opinión optimista de sus colegas, particularmente la opinión del alemán Hans Eichel, que dijo en un encuentro con periodistas en Roma que «no hay razón para ser pesimista». Pero alcanza echar una mirada a la situación luego de diez años de la unificación alemana, cuando se le prometió a los habitantes de la ex RDA el «oro y el moro» y el entonces canciller Helmut Kohl prometiera que nadie va a vivir peor que bajo el socialismo. Palabras utilizadas como gancho electoral para embaucar a millones de personas. En vez del milagro esperado, la parte oriental sufre una desocupación de más de 17 por ciento. Como lógica consecuencia de este altísimo porcentaje de gente sin empleo, un millón de personas, especialmente jóvenes, emigraron hacia la parte occidental en busca de empleo. Por cierto, al ministro Eichel no le faltan temas para resolver y su pose optimista no es más que una típica salida política de circunstancias.

Los gobiernos de los estados más industrializados, como los G-7, algunos grandes consorcios mundiales y la gran banca internacional han alcanzado un desarrollo tal que imponen su impronta y control a los organismos como el FMI, el Banco Mundial de Desarrollo y la Organización Mundial de Comercio.

La brecha entre naciones ricas y pobres se está ensanchando bajo la presión de los G-7, y son cada vez hombres y mujeres que carecen de trabajo, vivienda y seguridad social, al punto que prima la obtención de la máxima ganancia a través del dominio de los mercados nacionales e internacionales.

El estado capitalista de bienestar surgido en Suecia, Alemania y en los Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, pudo ofrecer durante cierto tiempo trabajo, ingresos y beneficios sociales importantes. La desaceleración y la recesión económicas que hoy sufren casi todos los grandes países industrializados han quitado buena parte de estas conquistas. Por otro lado son muchos millones de trabajadores en los países del G-7 que carecen de trabajo y existen pocas posibilidades de obtener una ocupación remunerada. De eso no se han ocupado los ministros en la cumbre de Roma y es poco probable que lo hagan los presidentes, cuando se reúnan próximamente en Genua.*

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