La iniciativa de las FARC

Las FARC liberaron el jueves 28 de junio 242 militares y policías que estaban en su poder por acciones de guerra desde hace 4 años, y 63 más en una instancia inmediata, todo ello en presencia de delegados de los 10 países garantes de los diálogos de paz entre el gobierno y la guerrilla. Fue una decisión unilateral, expresión de su voluntad de avanzar en el camino de las negociaciones de paz, a pesar de la resistencia del gobierno y fundamentalmente de los mandos militares (que mandaron a los reclutas a enchastrar los muros con inscripciones contra el gesto de las FARC) y de la oligarquía colombiana. Anteriormente, en virtud de un acuerdo humanitario, habían salido en libertad 55 militares y policías enfermos, al igual que 14 guerrilleros presos. A otros los liberaron ellos mediante acciones en las cárceles, como la del 23 de junio de la penitenciaría de La Picota, en las afueras de Bogotá, con un resultado de 98 prisioneros liberados entre guerrilleros de las FARC y del ELN, y presos sociales.

Días de liberación

Ante representantes del país y el extranjero, de la Cruz roja y el gobierno (Camilo Gómez) presentes en La Macarena, en el corazón de la zona de distensión, el representante guerrillero resaltó el carácter unilateral de «este nuevo hecho de paz» y agregó que «este acto magnánimo se realiza en medio de la más profunda crisis originada en el sistema capitalista y profundizada por la política neoliberal y las imposiciones del FMI para privatizar las empresas colectivas de los colombianos, incrementar la explotación sobre los trabajadores y sectores medios, concretar aún más la riqueza, sin importarles que con ello aniquilan el patrimonio común, regalan la soberanía nacional, ofenden la dignidad patria». El delegado del Estado mayor denunció que «continúa en ejecución la política estatal del paramilitarismo que, con la complicidad de altos mandos militares y de policía y absoluta impunidad, masacra, tortura, asesina selectivamente, expropia, narcotrafica y busca generalizar el terror».

En ese marco destaca que «el asesinato selectivo de líderes populares y sindicales sigue su curso de terror». Esa misma noche era ultimado en el municipio de Lérida, al norte del departamento de Tolima (donde los paramilitares actúan abierta e impunemente), el trabajador de la cultura Oscar Sánchez, hermano de un dirigente comunista y ex concejal de la UP.

«La ejecución del Plan Colombia –dijo por último– no es otra cosa que la participación militar descarada de EEUU en nuestro territorio, disfrazada de lucha contra el narcotráfico, mientras se posicionan estratégicamente en América (ALCA mediante) para imponer su plan neoliberal». Como prueba revela que «un tercer Batallón de Antinarcóticos, entrenado y asesorado por militares gringos, con un costo de 16 millones de dólares, acaba de entrar en operaciones, mientras se niegan recursos a la educación y a la salud públicas».

Pastrana para las fotos

A todo esto, el presidente Andrés Pastrana dilató el primer acuerdo humanitario, y luego postergó cuanto pudo la ejecución de la decisión unilateral de las FARC. Estas han propuesto además regular por ley el intercambio de prisioneros, a lo que el gobierno se niega. Para llegar a la liberación de los militares y policías fue necesario que sus familiares ocuparan iglesias y oficinas públicas, porque el gobierno y los mandos se despreocupaban de su suerte.

Entre ellos el nuevo ministro de Defensa, Gustavo Bell, que rápidamente aprendió a marcar el paso ante los militares.

Eso sí, Pastrana se apresuró a ocupar el primer plano para las fotos, y en atribuirse méritos que no le correspondían en absoluto. Se dijo que se presentó a cobrar un premio de lotería para el cual no había adquirido ninguna participación. Y tuvo a su servicio una campaña coordinada de los medios de difusión, empeñados en bajarle el perfil a la iniciativa de las FARC. El periódico Voz se hizo eco de la alegría reinante en muchos hogares humildes por la liberación de soldados y policías (porque los oficiales y suboficiales siguen retenidos) y escribió, en referencia a los que regresaron a sus hogares: «Se pusieron un día un uniforme para poder conseguir una libreta militar o un mísero sueldo para sobrevivir. Y cayeron en una guerra que nunca nadie les pudo explicar. Sus jefes los abandonaron. El tesón de sus madres los trajo a la libertad».

¿Otro Vietnam?

El Plan Colombia sigue en pie. Henry Kissinger (recientemente citado por jueces franceses y chilenos para testimoniar sobre los crímenes del Plan Cóndor) sostiene en su último libro que el Plan Colombia está destinado al fracaso y abrirá camino a una abierta intervención militar de EEUU. Dice que la asistencia al país para alternativas agrícolas ha sido mínima frente a la ayuda militar, que «el casi exclusivo énfasis del Plan Colombia en la solución militar virtualmente invita al fracaso» y que «el colapso de las fuerzas locales en que está invirtiendo prestigio y fortuna llevará a EEUU a tomarse el terreno por sí solo».

Pronostica por ende que el epílogo puede ser el mismo que en Vietnam. En esta materia, el ex secretario de Estado y asesor de seguridad de Nixon y Ford sabe lo que dice. A un cuarto de siglo de distancia tiene aún la marca ardiendo, como puede comprobarse en la página 147 de su obra «Afirmaciones públicas» (For the record).*

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