La mayor imagen positiva que tuvo un presidente en Argentina

El popular De la Rúa

En febrero de 1990 la de Carlos Menem, en el marco de la hiperinflación había caído al 35% (74% cuando había jurado, en julio). Luego vino Domingo Cavallo, la convertibilidad y llegaron tiempos mejores hasta que todo volvió a derrumbarse.

De la Rúa sabe, y esa preocupación envolvió su enfático mensaje inaugurado el 1º de marzo año parlamentario, que no solo de imagen, austeridad y transparencia vive un gobierno.

El tiempo pasa y la espuma del triunfo electoral y de los mágicos 100 días, comenzarán a desgastarse, si la gente no palpa que su suerte personal tiene posibilidades de cambiar.

El gran déficit del gobierno será por un tiempo lograr crecer. Es una tarea titánica, que se hace más penosa, si no hay planes: si la economía, como se estima, trepa un 3-3,5%, la tasa de desocupación quedará como en octubre: cerca del 14% pero aún, por inercia del período heredado, puede empinarse un poco en mayo. Lo cierto es que si el PBI este año se elevara (es un sueño) un 7%, la tasa de desempleo sólo disminuiría un 2%.

Sin embargo «la economía está en una meseta levemente empinada y se nota nerviosismo entre los empresarios», cuenta una voz de uno de los grupos más concentrados. El Estado, «secó» a tasas elevadas el mercado de fondos y casi todos los grupos económicos, incluso los de la talla del de Macri, protestan por el alto costo del dinero, pingüe negocio para el sector financiero.

Si la bronca se extiende por esos cielos, ¿es posible no pensar que comienza a alcanzar a los ciudadanos corrientes? Va de suyo que este clima, acicateado por el efecto del paquete impositivo sobre las clases medias podría incidir en el humor porteño cuando en mayo vaya a las urnas para elegir nuevo jefe de gobierno.

Costo político de un acuerdo

La ley de empleo, que trabajosamente va imponiendo el oficialismo en el Parlamento, no es avizorada por las organizaciones que comprenden a las Pymes, como un instrumento idóneo para ampliar el plantel de empleados. Al contrario, sostienen que beneficiará a los grupos más fuertes y que llevará el salario a la baja.

En el gobierno se ven las cosas de otro modo: que promoverá empleo estable y alentará al blanqueo del sector que trabaja en «negro». El discurso presidencial incluyó el miércoles una afirmación irrefutable: nunca como ahora, ha estado peor la clase obrera con más del 60% desprotegida, como no se veía desde principios del 900. El futuro no sería mucho mejor, sostienen sindicalistas de trayectoria combativa.

Los hombres del oficialismo, comenzando por el propio ministro de Trabajo, Alberto Flamarique, juran que no han cedido en lo fundamental del proyecto, es decir, ir «blanqueando» el trabajo asalariado que, admiten, será por largo tiempo precario, porque el alto índice de desempleo siempre presiona en esa dirección.

Tampoco retrocedieron, afirman, en cuanto a la descentralización de los convenios –que contra la opinión sindical creen que es un avance– ni que los negociadores de futuros acuerdos tengan acceso a información confidencial sobre el estado real de las empresas.

Sin embargo, el dramático giro que dio a la situación el acuerdo del liderazgo menemista de la CGT a favor de la ley, mediante el mantenimiento de lo que le interesaba, el control por los sindicatos nacionales de la cuota obrera y que controlarán las Obras Sociales, patentizó que una vez más un gobierno no peronista, abandona el objetivo de desmontar la estructura del sindicalismo ultraconciliador, más cerca de los empresarios que de sus afiliados.

Algo tan grave como ello es el alto costo político –el abrazo de la Rúa-Rodolfo Daer (desprestigiado secretario de la CGT)– para conseguir un instrumento que tampoco serviría para agradar a los mercados, a los que aún temen.

Statu quo sindical

No faltan explicaciones subterráneas: 1) que la sociedad no está preparada para respaldar una política de cambios, con su secuela de confrontación, en el movimiento obrero o, dicho de otra manera, que no vería con buenos ojos ayudar al sindicalismo alternativo a que tenga una mayor presencia formal. Y 2) que la actual estructura sindical, que no les agrada, actúa como un fuerte muro de contención mediante las Obras Sociales o los planes de turismo sindical. El proyecto de ley podrá sufrir aún cambios que desdibujarían todavía más el proyecto original respecto al peso de la burocracia. En el Senado, donde la puja interperonista confunde las posiciones, quieren asegurar más poderes a los grandes gremios, pese a las duras palabras de algunos legisladores contra la ley. En el ministerio de Trabajo se justifican: «Nunca hemos buscado debilitar a las organizaciones obreras». No se trata de eso, sino de su democratización que el atajo de la ley laboral parecía alentar «de boca para afuera», según sostienen en la Confederación de Trabajadores Argentinos. Va de suyo que no debe ser el Estado quien prohíje cómo deben ser los sindicatos, pero debería no proteger el quedantismo de una burocracia que hace tiempo ha dejado de ser trabajadora y debería cumplir con la OIT que protege el sindicalismo alternativo con los mismos derechos.

Fisura en el espacio de la Alianza

Los hombres más lúcidos de la Alianza, del Frepaso particularmente, intentan mantener en ese espacio político a la CTA y el jefe del bloque oficialista, Darío Alessandro, no hesitó en ir a esa sede central para explicar a su líder, Víctor de Gennaro, sobre las necesidades de lo acordado con la CGT. No lo convenció claro, pero sigue el diálogo.

Tanto la CTA como el MTA de Hugo Moyano, fueron parte del espacio político-social-sindical antimenemista que permitió el surgimiento de la Alianza como instrumento de gobierno. Ahora ese puente de comunicación con sectores populares quedó fisurado: ¿puede romperse? De todos modos, no parece que de la Rúa cometerá el error de Raúl Alfonsín de darle un espacio de poder a la burocracia que pactó levantar la huelga del 24 de febrero, que seguramente no hubiera sido importante, cuando logró lo suyo. Pero ya se sabe que el Presidente, y su discurso del 1º de marzo fue una ratificación, no es propenso a los enfrentamientos, siempre prefiere un acuerdo que dejar heridos en el camino. Los hubo, pero en su propia base y dividió otra vez a la CGT.

Se fracturó luego que los «gordos», como sé autodenominan los gremios más fuertes, intentaron jugar de combativos, amenazando colocar al camionero Hugo Moyano, una antimenemista del Movimiento de Trabajadores Argentinos (MTA) al frente de la CGT. Logrado sus objetivos, los fondos, Moyano fue dejado de lado y la interna cegetista se avivó fuertemente.

Atención con Cavallo

El peso de los impuestos, el descontento en un sector que votó Alianza en octubre por la Ley Laboral y que una decena de legisladores la repudió, podría repercutir en el voto al candidato oficialista en las elecciones del 7 de mayo. El esfuerzo de Aníbal Ibarra por darle un espacio al sector del Frente Grande que quedó marginado al perder la interna el año pasado, parece demostrar que hay preocupación por una fuga de votos. De esos impactos intentará sacar partido sin objeciones morales (como prometer reducir impuestos) el inopinado contrato entre Domingo Cavallo y Gustavo Béliz, ambos ex ministros de Menem. La formación de esta coalición puede determinar que el ganador de las elecciones de mayo se decida en el primer turno. Ibarra no alcanza ahora el 50% de los sufragios necesarios sin que pueda medirse cabalmente todavía el impacto de la coalición antialiancista que nació con mucha desconfianza. La pobre imagen que da el PJ porteño desgarrado por la falta de brújula y la manipulación de Carlos Menem para impedi
r su ingreso a la flamante entente, puede ser beneficiosa para Ibarra.

Cavallo demuestra una vez más su empuje y quiere controlar la Capital Federal: ¿habrá captado nuevos humores en un distrito con una historia progresista? «Si pierde será otro (Alvaro) Alsogaray, un lobista que puede tener mas o menos influencia pero no llegará a la Presidencia», dice uno de sus consejeros que prefería no jugar ahora al todo o nada. Cuatro años atrás, Carlos «Chacho» Alvarez, que era candidato natural del Frepaso a la jefatura del gobierno porteño, prefirió dar un paso al costado: el rival era de la Rúa. Respaldó al socialista Norberto La Porta que quería medir fuerzas y se resguardó: pensó a largo plazo. Cavallo, sea por impaciencia o por soberbia rechazó la agenda de tejer pacientemente una coalición de centro-derecha, colocando a Béliz en la tarea que Alvarez cedió a La Porta, y plantearse llegar al Senado Nacional en el 2001. Si gana (difícil) o si fuerza un segundo turno aun perdiendo, Cavallo puede convertirse en jefe mediático de la oposición, idea que aterra al menemismo, con un peronismo tan disperso y sin un liderazgo firme a corto plazo. Las próximas semanas pueden dibujar otro mapa político.

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