Vergüenza al cuadrado
El mundo está cansado de otoñales reuniones presididas aún por un paraguas. Pablo Neruda
El bochorno alcanza al ministro del Interior del gobierno laborista británico, de una parte; y de otra a sucesivos gobiernos chilenos, por la conducta asumida respecto al dictador en el período de la recuperación democrática. Sobre todo mientras estuvo detenido en Londres, en jaula de oro, y más aún el día en que regresó a Chile y fue recibido poco menos que bajo palio.
Una conducta munichista
La descisión del titular inglés del Interior hace recordar la adoptada por Chamberlain en 1938 respecto a Hitler. Lo recordamos al bajar del avión exhibiendo el papel firmado por ambos en Munich, que dio origen a la llamada política munichista, de concesiones a los nazis en toda la línea, preludio de la entrega de Checoslovaquia por parte de las potencias occidentales en aras de su objetivo de empujar a la Alemania hitleriana contra la Unión Soviética.
Ahora Straw fue engañado o quiso dejarse engañar. ¿Qué habrá pensado cuando el verdugo arrojó la máscara, hizo a un lado la silla de ruedas y se dirigió a recibir el homenaje castrense? Luego resultó evidente que el pasaje por el hospital militar fue mero formulismo. Saltaba a la vista que Pinochet estaba en condicioens de comparecer ante el juez español Baltazar Garzón. Lo que no podía de ninguna manera era justificar una trayectoria de 17 años en que bajo sus órdenes directas se ensangrentó a Chile, se masacró, torturó, vejó e hizo desaparecer a millares de luchadores por la libertad, extendiendo el largo brazo de la represión gorila a Estados Unidos, Italia, Argentina e incluso a nuestro país.
Un grito frente a La Moneda
Sin embargo Raúl Troncoso, el homólogo chileno de Straw, se apresuró a salir al encuentro de lo que el mundo entero estaba viendo y pensando, al declarar que «el hecho de que una persona baje caminando de un avión no significa que esté en condiciones de comparecer en juicio». Pero ya a esa altura la farsa había quedado al descubierto.
Y se complementaba con expresiones de pinochetistas notorios ante las cámaras en el sentido de que «los derechos humanos son una extensión de marxismo», con lo que se pretendía desacreditar una lucha sostenida con ejemplar consecuencia por los defensores de los DDHH en diversar latitudes a lo largo de más de 16 meses.
El anhelo de quienes sostienen estos valores universales es que Pinochet sea juzgado y responda por sus crímenes. Si ya no en España, en Chile, donde el juez Juan Guzmán Tapia tiene 60 causas abiertas en ese sentido. Tal era el contenido de las numerosas manifestaciones que el viernes se sucedieron en Santiago y en varias capitales.
Cabe recordar que en la noche del balotaje del 16 de enero, cuando Ricardo Lagos pronunciaba frente a La Moneda su primer discurso como presidente electo, fue interrumpido por un clamor surgido espontáneamente de la multitud: «Â¡Juicio a Pinochet!». De esa forma se exeriorizaba en forma implícita una condena a la forma con que el gobierno del democristiano Eduardo Frei (ahora en sus postrimetrías), así como el de su predecesor y correligionario Patricio Aylwin condujeron ese tema, ya que desde 1990 se mantuvo la impunidad de Pinochet después de 17 años de ejercicio de una dictadura feroz.
Hasta el 11 de marzo de 1998 Pinochet siguió detentando el mando del ejército (completando un cuarto de siglo en el puesto) y al traspasar el cargo al sucesor designado por él (que el viernes estaba en primera fila para recibirlo) asumió como senador vitalicio e integrante de la «bancada militar», lo que hasta ahora le ha asegurado impunidad. Para ser juzgado deberá ser previamente desaforado. Lagos — que asume precisamente el próximo 11 de marzo– dijo en la instancia señalada que «los juicios los resuelven los tribunales de justicia y haré respetar las decisiones de los tribunales de justicia».
Marchas nazis y luz verde a militares
En este año largo el presidente Frei y sus ministros hicieron todo lo posible para que Pinochet escapara al juicio y retornara a Chile. En cuanto a la conducta asumida el día mismo de su regreso, caben algunas preguntas. ¿Por qué el gobierno autorizó ese despliegue militar y los honores inusitados que el ejército brindó a su recibimiento? ¿No es acaso el presidente la autoridad suprema de las fuerzas armadas? ¿Estas se movieron como un poder autónomo, al margen del poder civil? ¿Quién autorizó el operativo gigante por el cual el ejército y la policía coparon prácticamente todo Santiago y anduvieron a los golpes con los periodistas, haciendo recordar el período en el cual Pinochet se ufanaba de que en Chile no se movía una hoja sin que él lo supiera? ¿Quién autorizó el allanamiento de viviendas en los alrededores de El Melocotón, el fastuoso palacio y bunker militar que Pinochet se hizo construir a altísimo costo, con desbordes de lujo asiático?
¿Y por qué se lo recibió al son de la banda militar interpretando canciones de viejo cuño nazi?
Nada ha sido en vano
De todos modos, la intensa lucha de estos meses, con participación de millares de defensores de los derechos humanos, no ha sido en vano. En esta materia, ya nada será igual. En Chile existen poderosas reservas democráticas, y en el mundo también. No está dicha la última palabra.
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