Análisis Internacional

"Gatillo libre" del Ejército israelí

Por Niko Schvartz

 

En ese clima envenenado, el viernes un kamikaze palestino se inmoló y mató a 6 israelíes en Natanya, cerca de Tel Aviv. Acto seguido, helicópteros de combate y (por primera vez desde setiembre) cazas F16 bombardearon Nablus, Ramalá y Tulkarem, en Cisjordania, provocando al menos 8 muertos y 90 heridos, y luego irrumpieron en la franja de Gaza, lanzando misiles contra la Marina palestina y provocando numerosos heridos, todo lo cual fue calificado como «una escalada sin precedentes y de nuevo tipo», generadora de una «masacre de palestinos».

 

La espiral de sangre

En las horas previas a la múltiple incursión, el ejército israelí mató a otro niño palestino en el centro de la franja de Gaza, con lo cual se elevó a 537 el trágico conteo de víctimas: 442 palestinos, 13 árabes israelíes, 79 israelíes, dos rumanos y un alemán. Al mismo tiempo, Israel reduce a polvo la autonomía palestina. Cerca sus territorios, mantiene presos a sus habitantes en gigantescos campos de concentración, les impide salir a trabajar y cultivar sus parcelas. Las tropas irrumpen con sus tanques y sus excavadoras cuando se les ocurre, dinamitan las casas, destruyen los olivares y las cosechas, bombardean con misiles, matan a mansalva. En los ataques del miércoles invadieron una planta de productos lácteos, allanaron durante cuatro horas las viviendas palestinas, arrasaron plantaciones de naranjas. Así festejaron la creación del Estado de Israel, el 15 de mayo de 1948.

Después declararon que la muerte de los 5 policías cerca de Ramalá se debió a «un error», provocado por «malas informaciones». El ministro de Relaciones Exteriores, Shimon Peres, manifestó: «Lo siento mucho. Estoy seguro de que no fue intencional. Desafortunadamente la guerra incluye equivocaciones y costos terribles».

 

Lágrimas de cocodrilo

O sea que el canciller israelí se pliega a la teoría de los «errores» militares. Lo mismo que hizo Estados Unidos cuando bombardeó la embajada china en Belgrado, cuando hundió al pesquero japonés, cuando en misión de espionaje derribó al caza chino, en todos los casos con víctimas mortales.

Con su Nobel a cuestas, el canciller cumple el triste papel de poner la cara para recibir la condena mundial, mientras Sharon y Ben Eliezer sólo se ocupan de mandar a las tropas de tierra, mar y aire a matar y destruir.

Peres viajó a Washington a pedirle a Bush que actuara en favor de la paz en la región. A mal puerto fue por agua, ya que en pocos lugares como el Oriente Medio una fuerza internacional de interposición podría desempeñar un papel altamente positivo. Así lo entendió la mayoría de 3/5 del Consejo de Seguridad, pero ello no cuajó por el veto de EEUU, precisamente. Con lo cual se demuestra que todo fue un operativo de cinismo e hipocresía de punta a punta.

Ahora el canciller pretende seguir actuando como el bueno en la tortura, mientras la espiral de sangre no se detiene, y Sharon se arroga el derecho de continuar, sin rendir cuentas ante nadie, con su política de atentados y de ejecuciones extrajudiciales contra dirigentes palestinos y contra la población, en forma indiscriminada.

En este caso, además, no hay pretexto valedero. Los soldados israelíes atacaron sin que mediara ninguna provocación previa, y los palestinos eran soldados comunes que cuidaban un puesto rutinario y no una unidad de seguridad de la llamada Fuerza 17.

 

Un balazo en el pecho

El martes 15 de mayo, alrededor de las 10 de la mañana, en la localidad palestina de Hares fue gravemente herido Issa Souf, un profesor de educación física de 30 años, conocido por sus actividades de apoyo a las visitas solidarias de grupos pacíficos israelíes a los poblados palestinos en la región de Salfit. Uno de sus hermanos, Nawaf, desarrollaba actividades análogas, y el sábado anterior había organizado, en colaboración con Issa, la recepción en la localidad de Marda a más de 200 israelíes, judíos y árabes, pertenecientes al grupo Ta’ayush (Convivencia árabe-judía) y a la coalición de Mujeres por una Paz Justa, que habían colectado y transportado alimentos básicos en una imponente caravana solidaria. Quizá el lector recuerde que –como contamos en nota anterior– tres semanas antes una caravana de este tipo fue agredida brutalmente por soldados israelíes, que se llevaron incluso a activistas árabes presos. Esta vez la caravana pasó sin problemas.

Pero la represión habría de adoptar nuevas formas. Esa mañana, Issa recibió la llamada de un familiar que le anunciaba el ingreso de una patrulla del ejército israelí a Hares, y le pedía que recogiera a los niños que jugaban al aire libre para ponerlos fuera de peligro. Apenas salió de su casa se le acercó un uniformado israelí y tras breves palabras le disparó al pecho. Issa dio unos pasos y se derrumbó. Pasaron luego largos minutos durante los cuales los soldados, amenazando con sus fusiles, impidieron que familiares y vecinos auxiliaran al herido.

Tras varias llamadas telefónicas de autoridades civiles palestinas a los mandos militares israelíes, se autorizó finalmente la evacuación del herido en una ambulancia hacia un hospital de la ciudad palestina de Nablus. La bala le atravesó un pulmón y chocó con la columna dorsal. A estas horas su vida sigue en peligro, además del daño irreparable a su capacidad motriz.

 

Muerte a la solidaridad

Se trata a todas luces de un intento premeditado de asesinar a un activista palestino contra la ocupación, de reconocida actuación cívica y no-violenta, y de cooperación solidaria con activistas de la izquierda israelí. Es a la vez una aplicación del «gatillo libre» en ejecuciones y atentados, una modalidad de crimen de guerra que de hecho Sharon está propiciando. Esto se inserta en la escalada impulsada por Israel, dirigida a impedir la solidaridad entre los dos pueblos y la acción conjunta no violenta contra la ocupación militar y contra el proceso permanente de colonización de nuevos territorios. Se menciona como antecedente el asesinato a fines de 2000 del dirigente palestino moderado doctor Thabet Thabet, conocido por su colaboración con organizaciones pacíficas israelíes.

El caso ilustra en forma palmaria el terrorismo de Estado israelí, el mismo que se llena la boca alegando que lucha contra el terrorismo.

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