Venezuela: la revolución pacífica

La Declaración final del IX Encuentro del Foro de Sao Paulo que acaba de realizarse en Managua señala a ese respecto: «El singular proceso político que se desarrolla en Venezuela, bajo la conducción del presidente Chávez, logró desarticular un sistema corrupto, fraudulento e ineficiente… Saludamos las importantes medidas del gobierno venezolano para garantizar la soberanía nacional y rechazamos cualquier injerencia que pueda poner en peligro el avance pacífico de este proceso revolucionario».

El fin del ciclo del Pacto de Punto Fijo

El amplísimo movimiento liderado por Chávez pulverizó a los partidos tradicionales que sostenían un sistema político asentado en la corrupción y el reparto indecoroso del poder a partir del Pacto de Punto Fijo, suscrito por Acción Democrática (socialdemócrata) y Copei (socialcristiano) en 1958. Después del 23 de enero de ese año, cuando un levantamiento surgido de la entraña del pueblo derribó la dictadura del general Pérez Jiménez, ambos partidos acordaron repartirse hasta la eternidad los ministerios, los bancos, la petrolera estatal y los puestos fundamentales, incluida la presidencia, en la que se alternaron durante cuatro décadas.

El 6 de diciembre de 1998 se acabó la diversión. La conjunción de fuerzas liderada por Chávez ganó la presidencia con más del 56 % de votos, y AD y Copei se desmoronaron, reducidos a su mínima expresión. Demostraron estar desfibrados, carecer de estructura y de arraigo popular. Estaban podridos por dentro. No en balde Carlos Andrés Pérez fue arrojado de Miraflores y debió guardar prisión domiciliaria por malversación de fondos públicos. El mismo había ordenado ametrallar al pueblo el 27 de febrero de 1989 cuando se levantó en protesta contra las medidas draconianas decretadas al comienzo de su segundo mandato.

El panorama político sufrió un vuelco radical. Los partidos de izquierda se integraron al movimiento creciente, pero sobre todo una gran correntada de pueblo nutrió sus filas y marcó su tónica, pasando a ocupar el centro de la escena. El cuadro se reprodujo en las elecciones para la Asamblea Constituyente. Los viejos partidos exhibieron otra vez su descomposición, y una avalancha de votos consagró a los partidarios del nuevo gobierno, que dieron luz a una Constitución democrática, la cual, en otra límpida instancia ciudadana, fue refrendada en el plebiscito del pasado 15 de diciembre (pocas horas antes de que la catástrofe se abatiera sobre el país) con el 71 % de los votos.

Formas de democracia participativa

Dice Chávez que recibió como herencia un país desencajado, desquiciado, desencuadernado, con sus instituciones desmoronadas por dentro y un 80 % de la gente en los límites de la pobreza, en contraste con una minoría opulenta. En los hechos había una denegación de justicia, la situación en las cárceles era horrenda, la Constituyente (plenipotenciaria como debe ser) expulsó a 200 jueces corruptos. La nueva Constitución sienta las bases de una democracia no sólo representativa, sino a la vez ampliamente participativa.

La participación decisiva de la ciudadanía se expresa en: el mecanismo del referéndum para someter al soberano la dilucidación de temas esenciales; la implantación del referéndum revocatorio a mitad de mandato (a los 3 años), y de otros dos poderes del Estado al lado de los tres clásicos: la Defensoría de Derechos del Pueblo (poder ciudadano o moral) y el poder electoral; así como la actuación decidida de los militares junto a los civiles –destruyendo añejos tabúes– en tareas de beneficio colectivo y en la construcción de la nueva sociedad.

Más aún: después de poco más de un año de gobierno (desde el 2 de febrero de 1999), por mandato de la nueva Constitución se somete a relegitimación todos los cargos del Estado. Para el 28 de mayo la ciudadanía está convocada nuevamente para elegir al presidente, a los gobernadores de todos los estados, a todos los alcaldes y a una nueva Asamblea Nacional unicameral.

Soberanía e integración

Hablando en la sede de Aladi, Chávez sostuvo la necesidad de retomar con audacia las ideeas anfictiónicas de Bolívar (una constante de su pensamiento). Ello implica primero integrar internamente a nuestros países, superar su desintegración endógena, enfrentar el modelo económico de explotación y el modelo social de exclusión; y sobre esa base emprender la integración latinoamericana y caribeña, integración entre iguales, relegando el Alca. Unificar esta parte del mundo (por obra de gobiernos y movimientos sociales de todo orden) nos dará la base para relacionarnos con Europa y otras naciones.

O nos unimos –y el mundo entero nos respetará– o el siglo XXI será peor para nosotros.

Esto se une a un concepto acendrado de soberanía, en sus aspectos nacionales y continentales: no necesitamos policías mundiales con el garrote en alto ni las imposiciones del neoliberalismo, que llevan camino al infierno; nada justifica el bloqueo a Cuba, que no amenaza a nadie; Venezuela no acepta el sobrevuelo de su territorio por aviones de EEUU (en todo caso ese país debiera tomar medidas sobre el consumo y la entrada de la droga a su territorio); Venezuela ayuda a recorrer los caminos de la paz para Colombia, donde cualquier acción militar puede llevar a una vietnamización.

Estos principios relativos a soberanía e integración se integran al concepto de democracia participativa en construcción.

Lo que muere y lo que nace

Todo lo que se avanzó en esta esfera se logró sin disparar un tiro, sin que hubiera un preso o un medio de prensa cerrado, con plena vigencia de las libertades. Incluso el gobierno ha debido soportar campañas de desinformación de grandes medios de difusión, respecto de lo cual Chávez brindó ejemplos que desbordan la imaginación más frondosa.

Se ha llegado a una situación de conflicto histórico –señaló el presidente citando a Gramsci– en que algo está muriendo y no termina de morir, y algo está naciendo y no termina de nacer. Una serie de mutaciones se ha puesto en marcha.

La revolución pacífica y democrática es el camino para superar ese conflicto.

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