Conde se casa en Cuba con invitados del jet set
Con ritmos de rumba y ritos anglicanos, el aristócrata inglés Rufus, conocido como el Conde de Albermarle, celebró sus nupcias el fin de semana en la capital cubana, que fue tomada brevemente por su antecesor en 1762.
En un evento social sin precedente desde la Revolución cubana de 1959, casi 300 invitados del «jet-set» internacional llegaron al Centro Histórico de La Habana la noche del sábado para celebrar su matrimonio con la joven suiza Sally Tadoyan.
El matrimonio se llevó a cabo en un antiguo templo, La Basílica Menor de San Francisco de Asís, y con los ritmos mestizos de la rumba guaguancó en una ceremonia cuyos derechos publicitarios fueron adquiridos por la revista Vanity Fair.
En el interior del templo, único anglicano durante los once meses de ocupación británica por el almirante de la flota y tercer conde de Albemarle, George Pocock, de 1762 a 1763, la pareja fue recibida por el obispo anglicano Jorge Perera Hurtado.
Un numeroso público, que incluía vecinos, curiosos de todas partes de la ciudad, turistas y unos pocos periodistas, se aglomeró ante la entrada principal para ver la llegada de los novios y sus invitados. «Estoy aquí para ver algo insólito en esta ciudad después de 1959, como si se convirtiera en realidad lo que vemos en las revistas del corazón, como Hola, que una amiga extranjera me presta», dijo Angélica, una secretaria cubana de una empresa mixta con oficinas en ese distrito.
Algunos invitados ingleses se sorprendieron al ver el jardín y monumento a la memoria de la princesa Diana, erigidos pocos meses después de su fatal accidente en París. La novia hizo su aparición acompañada del padrino, su padre iraní, y desde el coche-calesa tirado por un caballo enjaezado con campanillas de bronce y lirios blancos. Algunas empleadas de los museos colindantes con el antiguo convento franciscano expresaban su admiración por la elegancia de los ajuares exhibidos por las damas. «Ropa muy bella, a la moda, con zapatos preciosos, pero no las envidio, veo esto como un desfile de modas en una pasarela», expresó Isabel González, trabajadora de la Oficina del Historiador.
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