En París, cuando se estrenó la guillotina
Se ha puesto hoy en funcionamiento un novedoso aparato –producto de la más alta tecnología– para decapitar a los condenados a muerte. El invento, debido al doctor Joseph Ignace Guillotin, responde a la tendencia imperante en Francia de igualar a todos los ciudadanos en todos los aspectos de la vida. El asunto es cumplir la consigna de Liberté, Egalité, Fraternité, en este caso hasta en la muerte…
En efecto, los medios usados por los verdugos hasta hoy dependían muchas veces de la condición social del condenado. Un noble que había dado un mal paso y resultaba condenado, podía exigir que el hacha o el sable que le harían perder la cabeza estuvieran bien afilados de manera de garantizar el menor sufrimiento posible a la hora de entregar su alma a Dios.
Un menesteroso, por el contrario, corría el riesgo de padecer unos momentos de terrible agonía antes de exhalar el último suspiro por haber sido degollado con un instrumento defectuoso. Conmovido, el doctor Guillotin se propuso terminar con esta injusticia y rescató (y adaptó a las circunstancias modernizándola) una vieja herramienta de suplicio usada desde el siglo XVI en el sur de Francia y en Italia. Hace tres años ofreció su revolucionario invento a la Asamblea Nacional, y el año pasado el comité de legislación encargó al doctor Louis la puesta a punto y la fabricación en serie de la máquina decapitadora.
El instrumento, bautizado en un principio La Louison o La Louisette, fue formalmente adoptado en marzo pasado y está compuesto por dos montantes alzados sobre maderos colocados en cruz sobre el suelo; entre los dos montantes baja una cuchilla triangular cuya caída se produce tirando de una cuerda. El cuello de la víctima queda apresado entre dos tablas justo en el lugar en que ha de caer la hoja.
Gran expectativa ha causado el estreno de la Guillotine, como el pueblo la ha bautizado. El ciudadano Nicolas Pelletier, un reo responsable de innumerables fechorías y condenado a la pena capital, tendrá el honor de pasar a la historia como el primero sobre quien se experimentó el correcto funcionamiento de la máquina. En el patio central de la prisión del Temple, se dieron cita autoridades, curiosos y periodistas acreditados para asistir a la ejecución. Hay que reconocer que esta primera prueba fue todo un éxito: la velocidad y el peso con que la cuchilla desciende hizo que la cabeza del condenado fuera seccionada en forma instantánea. Pelletier pasó al otro mundo sin darse cuenta.
Terminado el espectáculo, nuestro corresponsal oyó comentar a uno de los asistentes: «Â¡Qué país igualitario, el nuestro!»
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