Palestinos prometen vengar a integrante de la seguridad de Arafat

"Ante Dios, juramos matar a Sharon"

Jan Yunes, ciudad y campamento de refugiados al mismo tiempo, está enclavada entre colonias judías y posiciones militares israelíes.

Al término de los funerales, los enfrentamientos entre soldados israelíes y manifestantes palestinos que lanzaban piedras dejaron un muerto, un niño de 11 años llamado Mohannad Muhareb, la víctima palestina número 400 de la Intifada.

Según testigos, los soldados, apostados en la colonia judía de Nevé Dekalim, cerca del cementerio, dispararon dos obuses contra la multitud.

El palestino enterrado este lunes con honores casi militares era un joven oficial de 25 años de la Fuerza 17, la guardia personal del presidente de la Autoridad Palestina, Yasser Arafat, que había sido herido el pasado 16 de abril por esquirlas de obuses disparados por la artillería israelí contra el campamento de Deir al Balá, muy cercano. Falleció el domingo.

Cuando sus restos salieron de la mezquita, llovieron disparos sobre la muchedumbre de fieles que acababan de asistir a la oración por el difunto.

Kalachnikov, ametralladoras de caño recortado, fusiles de precisión, pistolas: los hombres, de civil o uniformados, pertenecientes a los distintos servicios de seguridad de la Autoridad Palestina, vacían un cargador tras otro, mientras el cortejo fúnebre se dirigía hacia el cementerio local.

Entre los escolares con blusas a rayas grises y blancas y corbatas azules, los niños con carteras llenas de libros de escuela y los padres de familia, los soldados palestinos intentan imponer una apariencia de orden. Sin lograrlo.

El ambiente se caldea.

Una decena de jóvenes, ataviados con pasamontañas negros y cintas con lemas del Corán en la frente, aumentan la tensión agitando al viento banderas negras y doradas.

Militantes del Jihad Islámico, un movimiento integrista autor de numerosos atentados anti-israelíes, gritan «Â¡Alá Akbar (Dios es el más grande)!» y disparan al aire.

Algunos equipados con fusiles con mira telescópica, bien organizados, exaltan a la muchedumbre gritando a todo pulmón: «Ante Dios, juramos matar a (el primer ministro israelí Ariel) Sharon!».

El aire huele a pólvora mientras una guardia de honor compuesta por hombres uniformados lleva en andas los restos de Madi Jalil Madi, envueltos en una bandera palestina.

Además del pequeño grupo del Jihad Islámico, el Fatah, movimiento de Arafat, es numeroso en el cortejo, que avanza rápidamente.

En el cementerio, situado muy cerca de las posiciones israelíes, un sepulturero termina de cavar una tumba, mientras, en medio de la multitud, varios soldados palestinos se disponen a rendir honores al difunto.

Apenas lanzada su salva, se oyen disparos de armas de pequeño calibre. «Son los israelíes, están ahí mismo», advierte un hombre.

Una vez que cese el ruido de los disparos, aparecerá un cadáver más: el del pequeño de 11 años, Mohannad Muhareb, muerto de un balazo en la cabeza, víctima palestina número 400 de la Intifada.

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