La detención de su ex cuñado, Emir Yoma, enchastra al anterior y al actual gobierno

Menem está bajo la lupa

Isidoro Gilbert

 

Estaba en la lógica de las cosas que alguno de los juicios por temas calientes como el supuesto soborno en el senado nacional, el lavado de dinero o el escándalo por la venta de armas a Croacia y Ecuador estallarían en algún momento con su repercusión en la política general y en algunas de sus expresiones orgánicas. La detención de Emir Yoma como supuesto cabecilla de una asociación ilícita que sacó provecho del tráfico de armamento, no golpea únicamente a Carlos Menem, bajo cuya administración se impulsó esa operación. Toca a la actual ya sea por la presencia de Cavallo que fue uno de los ministros que firmaron los decretos secretos, sea por el respaldo abierto que el menemismo está otorgándole a Fernando de la Rúa y a su nueva coalición.

En cierto modo la incomodidad, por decir algo prudente, en que la situación creada envuelve a Menem con la detención de su amigo, consejero y ex cuñado, congela cualquier intento de agrandar o achicar la entente cordiale que nació en la Cámara baja cuando se aprobó la delegación de poderes al Poder Ejecutivo para sortear la crisis y que dejó afuera del gabinete a la expresión política de la Alianza. Sería en principio menos real que el menemismo en la Cámara alta atosigue el proyecto de sacar del Banco Central a uno de los suyos, el titular Pedro Pou. El dictamen parlamentario que sería cuidadoso en lenguaje con definiciones políticas y no judiciales, aconseja al presidente la remoción. Para zafar la humillación y aparecer como la nueva esperanza blanca de la ortodoxia económica y en defensa de la autarquía del Banco, Pou renunciaría. «Cavallo pone en peligro la convertibilidad», le escribió a De la Rúa. Pero su apoyo a la política monetaria del ministro anticipa la decisión.

Hay un debate en el menemismo de cómo su numen debería leer las novedades judiciales y que no serán las últimas. En esos ámbitos se especula que Menem aunque aún cuenta con amigos en el Poder Judicial, nada es ahora seguro. El juez Jorge Urso fue, al decir de Cavallo, miembro de número de la academia de la servilleta, es decir, menemista. Por largo tiempo, sea por convicción, sea por no perjudicar al ex presidente, demoró reclamos del fiscal Carlos Stornelli y del abogado Ricardo Monner Sans, una pieza clave en este proceso. Ha debido el juez seguir la lógica del expediente, bajo la advertencia de su tribunal de alzada que en decisión clave le ordenó bucear «hacia arriba» las responsabilidades en este escándalo.

Una decisión política

Menem sabe que al juez no lo impulsa ni De la Rúa ni Raúl Alfonsín. No hubo en la decisión de Urso una conspiración de sus adversarios, aunque traiga satisfacciones a los que tiene dentro del peronismo, especialmente al gobernador Carlos Ruckauf, quien pone leño al fuego: el affaire intensificará la interna dentro del justicialismo. Amén de la lógica que tiene el grueso expediente judicial lo ocurrido con Yoma es una derivación del síndrome Carlos Liporaci, quien debió dimitir para intentar eludir el juicio político y la prisión por enriquecimiento ilícito. Sin ser el último de los mohicanos, Urso es un remanente en evolución de lo que fue la línea de defensa del menemismo en la justicia federal lo que haría inútil buscar operar con éxito sobre los magistrados por el alerta de la prensa que ha tomado el caso como una necesidad vital.

Los reclamos a Menem de los que fueron sus ministros y están complicados, para que se presente a declarar no son deslealtades. Suponen que una salida, aunque parcial, es que cuente la verdad histórica de lo sucedido. La propia Cámara Federal en su resolución le pide esa explicación como brindándole un atajo que por supuesto no será gratuito. Un ex ministro de Menem cuenta: «Croacia se sumó a la disgregación de la Yugoslavia que armó en vida el mariscal Tito, por su propia dinámica y la que le impuso el nacionalismo Gran Serbio. EEUU y la OTAN que buscaban la dispersión del Estado yugoslavo por razones geopolíticas apostaron al nacionalismo croata. Años más tarde en Kosovo intervino abiertamente porque no tenía otra alternativa, como la de formar un ejército albano-kosovar para su enfoque sobre el futuro de los Balcanes. Croacia necesitaba de dinero y armamento y la Argentina fue uno de los 30 países que alentado por la NATO y por Washington apoyó el llamamiento». Los pormenores del armamento requerido lo implementó aquí el ministro de Defensa, Gasko Susak, nexo clave entre Zagreb y Washington. Figura en el escrito, en tiempos de Menem, para el fallido intento de llevar el caso a la Corte por medio del per saltum que intentó el procurador Nicolás Becerra para sustraérselo al juez, al amparo de la «cuestión de Estado». Y si fue así, no hubo contrabando. La visita en 1991 del fallecido presidente croata, Franjo Tujman, le dio la cobertura política a este arreglo a espaldas de la ONU. El transporte, nunca molestado por la flota norteamericana, lo organizó el armador chileno Andrónico Lucsic, dueño de la Croata Lines. Recibió reconocimientos oficiales.

Tiren sobre Menem

Jamás el armamento debía ir a Venezuela, que no lo requirió y menos a Panamá, carente de Ejército. Era una coartada para la maniobra y los traficantes: imaginar un comprador para dar legalidad a lo que se denomina «certificado de origen». Abundan las pruebas de material del Ejército argentino, no sólo de Fabricaciones Militares, encontrado en Croacia o decomisado en Bosnia, como bien lo sabe el personal de Cascos Azules destinado en esos sitios.

Cavallo explicó la maniobra en su libro «El peso de la verdad», para desligarse de la responsabilidad por la firma de los tres decretos secretos. Pero no cuenta si conocía el pedido oficioso de los EEUU. El mismo ex ministro del viejo gobierno confió que es difícil suponer que los firmantes de los instrumentos legales, especialmente el canciller y el ministro de defensa, Antonio Erman González que vigiló su redacción, no supieran el origen político de la decisión. Con todo, Oscar Camilión, asegura que jamás recibió insinuaciones de los EEUU de que habían dado aval a la operatoria. Pero amigos suyos cuentan que está convencido de que el pedido de colaboración debió existir.

Aunque el juez se convenciera del carácter de Estado de la ‘operación Croacia’, deberá seguir la investigación por la venta ilegal a Ecuador y la existencia de coimas. Tal vez esta aparente imposibilidad impide al ex presidente tomar la decisión que a todas luces abriría otro camino al proceso. En estos días de declaraciones y actos entremezclados, todos los caminos conducen a Menem. Y a Cavallo.

Pero no se da por enterado: «está absorbido con lo suyo», cuenta alguien que está a su lado. El miércoles vuela otra vez: destino, Londres.

Si los tiempos políticos pueden complicar a Cavallo, su optimismo no da seguridades a los analistas sobre el futuro. Aunque cambió el esquema que emplearon sus antecesores, incluido Roque Fernández, no es sencillo definir sus ideas. Algunas de ellas son opuestas a la de los años 90; él lo dice: «son otros tiempos, pero soy el mismo». Por eso sus decisiones se van formulando a medida que transcurre el tiempo en función de la coyuntura interna y externa.

En el alfonsinismo, donde es obvio que el «actual Cavallo» los descoloca, piensan que el ministro podría estar elaborando un plan de gran impacto. Si es intuición o información, no lo explicitan. Por ahora el zar de la economía consiguió poner en marcha una recaudación extra con el impuesto a las cuentas corrientes y con la emisión de deuda en el mercado financiero local lo que le permitirá cerrar, hasta fines del
tercer trimestre de 2001, sus requerimientos de fondos. El FMI dirá que se cumplen las metas acordadas cuando el blindaje y no objetará la política financiera que irritó a Pou.

Crecer en un mundo en recesión

El ministro cuenta con expectativas y apoyo político para inducir un aumento del consumo, la inversión nativa, incrementar la recaudación fiscal, generar mayor credibilidad internacional. Pero las políticas activas para la reactivación se limitan por ahora a medidas arancelarias, promesas de desgravaciones impositivas para sectores intensivos de mano de obra con convenios laborales con más flexibilidad laboral y salarial y una política monetaria expansiva para inducir a la baja en la tasa de interés.

El forcejeo entre el «nuevo Cavallo» y lo que los mercados entienden como «correcto» sigue gravitando sobre el riesgo país, que según la consultora Econométrica, debería descender por lo menos a 550 puntos para que la reactivación pueda tomar impulso. Si en junio no se consigue esa meta, «el programa puede desmoronarse». Las consecuencias políticas son imaginables.

En la última reunión de Davos, el presidente de Tanzania, Benjamin Camel, contó que hizo todo lo que le pidieron el FMI y el Banco Mundial, privatizó y desreguló la economía hasta el fin, desmontó el sistema de salud y de seguridad social. Resultado: las empresas nacionales quebraron y lo que sobrevive es todo extranjero. «Díganme que debo hacer por que el modelo no ha funcionado». Nadie le respondió. Tanzania no es Argentina, pero se le parece. ¿Tiene realmente esas respuestas el «nuevo Cavallo»?

El viernes De la Rúa estará con George W. Bush donde su anfitrión le pedirá que lo acompañe en su propuesta para el ALCA un proyecto que pone en tensión al Mercosur, el objetivo estratégico del gobierno, diluido por algunas decisiones de Cavallo, luego revisadas. Es una oportunidad, como el inmediato encuentro en Quebec de todo el hemisferio, excepto Cuba, para empaparse sobre el futuro: es que EEUU y la Unión Europea entran en una fase menor de crecimiento. La incógnita reside en cómo se comportará la economía argentina que no ha sacado buenas notas en el último trienio de declive.

Ahora debe demostrar que puede lograr revertir la situación en un ciclo adverso.

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