"El gran problema fue dejar gente viva", dijo un ex marino
El marino reveló que en la Armada, tras el retorno a la democracia, consideraban que uno de los grandes problemas había sido «dejar gente viva». Al igual que Adolfo Donda, se quejó por la actitud de los jefes que no se hicieron cargo de las órdenes.
El capitán Jorge Acosta, ex jefe de Inteligencia de la Unidad de Tareas 3.3.2 de la ESMA, se definió ayer como «un combatiente». No precisó en qué batallas intervino. Aseguró con voz pausada que «jamás buscó la muerte», aunque admitió «algunas causadas por mi accionar militar». No especificó si con fusil o picana. Tampoco el destino de los cuerpos de sus enemigos. Criticó a sus superiores por no haberse responsabilizado de los trabajos sucios encomendados y aseguró que «uno de los grandes problemas» de la conducción naval tras el retorno democrático fue «haber dejado gente viva». «La guerra revolucionaria terrorista podría reactivarse en tono gramsciano», alertó, y para conocer «la verdad» aconsejó no leer «Página/12″, sugerencia que incumplieron los camaradas de la bandeja superior. Luego declaró el capitán Raúl Scheller, quien leyó antiguas declaraciones en las que admitió su actuación como interrogador en la ESMA. El juicio en Comodoro Py continuará hoy a las nueve y media.
Acosta sobreactuó desde el comienzo. Cuando le preguntaron si tenía apodos contó que de niño le decían «Gales» y se explayó sobre una nota de Miguel Bonasso en «Página/12″. «‘Gales’ no les pinchaba los ojos a los pajaritos. Gales tenía dos palomas a las que quería mucho, un pato y un gato a los que quería mucho. Hoy tengo una perra a la que quiero mucho», dijo. En referencia a una periodista que se permitió dudar de la capacidad para «amar terriblemente a los chicos» de quien se ufanaba de decidir vidas y muertes, explicó que la expresión se basa en «una concepción cristiana: amar hasta que duela». Agregó que en la Escuela Naval le decían «Chupete» (no explicó el motivo) y «no tengo ningún otro apodo», aseguró, contrariando a los sobrevivientes y a su amigo abogado Mariano Gradín, que al verlo ingresar a la sala durante la audiencia inicial levantó los brazos y con voz de ultratumba gritó: «¡Tigre!».
¿Va a prestar declaración? le preguntó el juez Daniel Obligado.
Afirmativo.
Acosta admitió su «actividad antiterrorista» entre mediados de 1976 y principios de 1979, y agradeció al tribunal la decisión, rechazada por el fiscal Pablo Ouviña, de no incorporar como pruebas las declaraciones ante jueces militares. Es comprensible: en 1986 se explayó sobre la importancia de obtener información en tiempo récord, admitió que los detenidos llegaban vendados y «acostados en el asiento de atrás», y explicó que «actuamos militarmente matando a quien utilizaba un arma en combate».
La declaración comenzó con un «absoluto homenaje» a las víctimas de «los desencuentros violentos que tuvimos los argentinos». Acosta admitió que «algunas» muertes fueron «causadas por mi accionar militar», pese a que «la Unidad de Tareas 3.3.2 jamás buscó la muerte». Sin escalas saltó al presente. Dijo que hasta hace tres meses «estaba convencido de que esta guerra había terminado» pero que comenzó a dudar a partir de declaraciones de la diputada Victoria Donda («la lucha no terminó»), del músico Andrés Calamaro («los represores de la ESMA tendrían que estar muertos», dice que dijo) y de la sobreviviente Graciela Daleo, sobre la importancia de que los procesados excarcelados no circulen impunes por las calles.
«¿Qué odio hay todavía? ¿Qué pretenden? ¿Un nuevo enfrentamiento? ¿Serán estos juicios que lo están desatando?», planteó con humos de filósofo. «La guerra revolucionaria terrorista podría reactivarse, ya no en sentido trotskista, sino en tono gramsciano. Esto es un alerta», advirtió.
Igual que Astiz el día anterior, historió los años previos al golpe con especial énfasis en la amnistía de 1973. «Terroristas que hoy están en el gobierno como Eduardo Luis Duhalde o el procurador (Esteban) Righi abrieron las puertas de la cárcel», liberando a «jóvenes ávidos de venganza, porque no eran profesionales de la guerra», dijo. Agregó que «se aglutinaron en la patria socialista», admitió a pie de página sus lecturas dominicales de José Pablo Feinmann y se detuvo en «la patria peronista, que comenzó a sembrar la muerte en la Argentina». Desatada «la guerra interna, había subrepticiamente cuadros de las Fuerzas Armadas de uno y otro lado, tal vez más en la patria peronista», admitió. «Estalló la guerra», dijo, y para justificar el golpe invocó «la imperiosa necesidad de las Fuerzas Armadas, por haber sido superadas las fuerzas policiales y de seguridad».
Hizo una pausa y saltó sin escalas a 1983. «Fin de la guerra, restauración de la paz, con muchas víctimas», resumió en tono de estadista, y retomó a Adolfo Donda para criticar a la conducción que les soltó la mano. Centró la responsabilidad en los vicealmirantes Barry Melbourne Hussey, Argimiro Luis Fernández (jefe del Servicio de Inteligencia Naval) y Adolfo Arduino, su comandante en 1976. «Uno de los grandes problemas» que se planteó la Armada en democracia fue «haber dejado gente viva», admitió, y negó su colaboración en proyectos de Emilio Eduardo Massera. «No me quise ir, me retiró la Armada. No tengo aspiraciones políticas, soy un militarcito», dijo. Renegó porque la Justicia militar encubrió a sus superiores y con un organigrama repasó la línea de comando de la que dependía.
«Me niego a aceptar los hechos», dijo en referencia a los secuestros, torturas y asesinatos que se le imputan en las causas conocidas como Testimonios A y B. Dedicó un párrafo especial a Rodolfo Walsh. «Analicé su desempeño, su capacidad intelectual, su trabajo al servicio del terrorismo, y tengo la certeza de que no quería ser detenido con vida. Esa era su convicción», afirmó como quien revela un secreto de Estado.
Por último denunció «una persecución política-jurídica desde hace tiempo» y aclaró que no ratificaba sus declaraciones anteriores. «Entre la guerra y la paz, propongo la paz», dijo. Y «si esta guerra no terminó, yo estaré del lado de la racionalidad y la proporcionalidad», el mismo término que con citas de Juan Pablo II usó en 1986 para justificar sus crímenes: «La ESMA actuó con proporcionalidad. Actuamos militarmente matando a quien utilizaba un arma en combate».
A las cuatro de la tarde pasó al frente Scheller. A diferencia de Acosta, lejos de renegar de sus antiguas declaraciones las leyó en voz alta. Comenzó por las de 1985, cuando integraba el Estado Mayor General de la Armada. El juez militar le tiraba nombres sobre la mesa, Scheller decía una y otra vez no conocerlos, hasta que se detenía en algunos, siempre sobrevivientes, «terroristas que pretenden ensuciar a la Armada», y detallaba antecedentes lejanos e informaciones aportadas en interrogatorios.
«¿Incluían torturas?» preguntaba el juez.
»Negativo, señor.»
MONDO CANE
Con una bandana en la cabeza, tatuajes en los brazos y micrófono en mano, el tercer hombre más rico del mundo, Warren Buffett, hizo una aparición destacada en un video producido por, y para, empleados de la aseguradora Geico, filial de su holding Berkshire Hathaway.
Visible en YouTube y en el portal de la empresa, la grabación de dos minutos y medio pone en escena a decenas de empleados de la aseguradora que cantan la ‘balada del lagarto’, así como a una marioneta con forma de geco, mascota emblema del grupo, y tiene como invitado especial a Warren Buffet, de 79 años, apenas reconocible.
En un principio se aprecia únicamente su perfil a contraluz y con el pelo largo, antes de descubrir poco a poco su rostro, la bandana y los tatuajes.
El año pasado Buffett se prestó al rodaje de otro video de Geico. Aparecía entonces como un disc jockey que mezclaba vinilos a ritmo de rap.
El empresario malasio Hong Kee Siong fue indemnizado por un campo de golf después de que un cocodrilo le mordiera mientra
s buscaba una bola perdida en una laguna, indicaron los medios de comunicación locales.
La víctima logró escaparse del reptil tras propinarle un golpe en la cabeza, pero tuvo que recibir 38 puntos de sutura en la pierna izquierda.
Seis años después de que sucediera este incidente, el golfista aceptó la oferta de indemnización de 43.000 ringgits (13.000 dólares o 9.500 euros) propuesta por la compañía de seguros. El hombre de negocios herido bajó a una laguna donde cayó la pelota, a pesar de la presencia de una señal de alerta.
Las victorias de la Selección brasileña en los mundiales de fútbol influencian positivamente en los valores de las empresas negociadas en la Bolsa de San Pablo, revela un estudio de la Fundación Getulio Vargas divulgado por el diario económico «Valor».
El estudio acompañó el comportamiento de 12 empresas en la lista de la bolsa más importante de América Latina durante las cuatro últimas copas del mundo, de 1994 a 2006.
Y concluye: las acciones se valorizaron (a un promedio del 0,1% por encima de sus medias históricas) después de cada victoria de la Selección.
Este movimiento atípico en las acciones tiene un efecto a corto plazo y se prolonga sólo durante los días subsiguientes al partido.
En cambio, no se detectó una influencia negativa en las negociaciones tras los partidos en los que la Selección auriverde caía o empataba.
«Ganar puede impulsar a las personas a actuar positivamente más de que la derrota a tomar actitudes negativas», afirmó el profesor William Eid Júnior, coordinador del alumno que hizo el estudio. «No es la razón que gobierna al mercado y sí el lado psicológico de sus participantes», declaró a «Valor».
Fanáticos del fútbol y animados por las victorias, los brasileños se sienten más esperanzados y eso los lleva a asumir más riesgos en la bolsa, explicó.
La Selección ‘canarinha’ venció en dos de las últimas copas mundiales disputadas, en 1994 y 2002.
El elenco pentacampeón mundial hará su debut en la Copa del Mundo de Sudáfrica 2010 el 15 de junio, ante Corea del Norte. En el grupo G, Brasil deberá también hacerles frente a Portugal y Costa de Marfil.
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