Entrevista. El padre le cantaba, le contaba cuentos y le trasmitía valores

El hijo de Pablo Escobar evoca al zar de la cocaína

Marroquín acudió al Festival de Cine de Guadalajara, México, para presentar «Los pecados de mi padre», un documental dirigido por el argentino Nicolás Entel y en el que el hijo dio la cara públicamente y pidió perdón a las víctimas de la violencia del narcotráfico.

Hace 16 años que Marroquín vive en Argentina junto a su madre, su hermana y su esposa bajo una nueva identidad, luego de huir de Colombia tras la muerte de Pablo Escobar, baleado por la Policía colombiana el 2 de diciembre de 1993, a los 44 años, cuando trataba de escapar por los techos de la casa donde se escondía en Medellín.

Marroquín había recibido muchas ofertas para participar en documentales sobre su padre, apodado «El Patrón», pero las rechazó «porque de alguna manera querían glorificar el estilo gángster, aprovecharse de la historia para hacer un gran negocio. El proyecto que me propuso Nicolás era distinto, pero tardó seis meses en convencerme», dijo a la AFP.

Pablo Escobar fue jefe del cártel de Medellín y en los años 90 era considerado uno de los hombres más ricos del mundo. Fue señalado como responsable de los grandes atentados de los años 80 en Colombia; la Fiscalía de Colombia calcula que hasta 15.000 personas fueron víctimas de ataques ordenados por Escobar, aunque las investigaciones no han concluido.

En el documental, Marroquín habla de su experiencia como hijo del «zar de la cocaína» y de los recuerdos de su padre, pero también se encuentra con los hijos de los políticos colombianos Rodrigo Lara Bonilla y Luis Carlos Galán, a quien Escobar mandó asesinar en la década de los 80. «Los dos encuentros fueron muy intensos. Yo no podía creer que hubieran aceptado verme. La verdad es que la sensación que nos quedó a las dos partes fue de alivio, de liberación. Nos dimos cuenta de que el perdón es la única manera para que se llegue a la paz en Colombia, lo que no implica renunciar a la justicia», afirmó. Marroquín sabe que su infancia no tuvo nada de «normal», pero a su vez recuerda a su padre como un «padre como otros», que le cantaba, le contaba cuentos y le trasmitió valores que, paradójicamente, le permitieron permanecer crítico frente a la realidad en la que vivía. «Cuando tuve la posibilidad de hablar con mi padre sobre su proceder se daban discusiones muy airadas, aunque respetuosas. El me daba muchas excusas, que yo nunca validé pero que intentaba comprender. Me sentía entre la espada y la pared porque yo no iba a entregar a mi padre. Siempre viví en una dualidad, era como convivir con dos personas diferentes», confesó.

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