"Pekín se comporta como Washington"

Nueva York, ANSA

 

¿Cómo se comportaría Estados Unidos si un avión espía chino o de otro país potencialmente hostil aterrizara en emergencia en territorio norteamericano?

Los expertos coinciden: exactamente como los chinos, reteniendo a los tripulantes y verificando su interior e incluso ordenando que el avión no pueda dejar Estados Unidos.

Detrás del caso del avión espía estadounidense detenido en la isla china de Hainan se esconde «un juego entre las partes» que tiene sus raíces en la Guerra Fría. La Casa Blanca lanzó un ultimátum a Pekín, pero el Pentágono es consciente de que si los roles fueran invertidos Estados Unidos no haría nada distinto a lo que está haciendo China.

Y, en primer lugar, lo demuestra la historia. En 1976 un piloto soviético que había decidido traicionar a su país llevó a su caza Mig-25 hasta Japón. Entonces, agentes de inteligencia estadounidense desmantelaron pieza por pieza la nave, mientras que la entonces Unión Soviética reclamaba la restitución.

El avión fue devuelto a Moscú nueve semanas después.

Todavía hoy el Pentágono tiene en curso un programa que apunta a obtener por cualquier medio secretos militares de potenciales enemigos, entre ellos China.

«Los estadounidenses se hubieran comportado como los chinos», dijo el analista Carl Conetta, del Centro de Estudios Proyectos para la Defensa Alternativa.

Quizás Washington hubiese sido más duro en cuanto a la concesión de revisar a la tripulación acompañado de diplomáticos.

«La asistencia consular que se les dio a los estadounidenses en la isla china siempre fue ignorada por Estados Unidos», opinó John Quingley, experto en Derecho Internacional de la Universidad de Ohio.

Y ejemplificó: «Basta con pensar en los dos ciudadanos alemanes ejecutados unos años atrás en Texas, a quienes nunca se les ofreció el derecho que tenían de comunicarse con el consulado alemán».

Es verdad que Estados Unidos se muestra más indulgente que China con respecto a la presencia de espionaje cerca de sus costas. El Pentágono sabe bien que una pequeña flota de barcos pesqueros construida en Rusia opera en el mar a poco más de 12 millas de la base naval de Norfolk (Virginia) o cerca de Pearl Harbor, con sofisticados aparatos a bordo.

Es un juego aceptado por las partes, como es aceptada en el mundo del espionaje la violación de las reglas.

Durante la guerra de Corea, Estados Unidos ofrecía pagos en oro para convencer a los pilotos chinos y coreanos a traicionar a su aviación para poder estudiar los Mig enemigos.

En los setenta, la CIA y el Pentágono intentaron recuperar del Pacífico un submarino soviético hundido para poder estudiar a la nave del país enemigo en la Guerra Fría.

William Colby, director de la CIA de aquella época, reconoció que lo que intentaban hacer «era un robo».

Frente a la posibilidad de meter las manos en los secretos de los enemigos, dicen los expertos, en los estadounidenses prevalece siempre querer sacar una ventaja. Hay quienes no excluyen que hayan ocurrido casos similares al del avión espía que no fueron sacados a la luz pública.

La ficción literaria supo de este tipo de «tentaciones», como en la Caza del Octubre Rojo, la novela de Tom Clancy convertido en película, que cuenta un hábil robo en medio del océano de un submarino nuclear soviético.

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