Los "zapatistas" bolivianos luchan con cepillos y betún
La Paz, AFP
Hambrientos y desarrapados, los embozados ‘chapanecas’ bolivianos comparten con los indígenas mexicanos mucho más que los rostros cubiertos, tienen en común una historia de marginación y abandono en una sociedad incapaz de ofrecerles un trato digno.
«Somos trabajadores como cualquiera de ustedes. Exigimos respeto a la persona. La sociedad debe reflexionar de la importancia de nuestro trabajo», proclamó Juan recientemente en un diario local.
Solidarios entre ellos, pero también celosos guardianes de sus espacios, su realidad les ha obligado a desconfiar de los extraños y a ocultar su identidad por vergüenza y temor a la discriminación.
«Mira, muchos tienen sus chicas (novias), entonces también utilizamos las capuchas para que nos nos vean la cara, inclusive amigos, pero sobre todo porque este trabajo no es considerado un trabajo, la gente cree que somos unos ‘pichiruchis’ (insignificantes, en jerga popular)», razona Juan. Dueño de una lógica irrefutable añade: «Nuestro trabajo parece clandestino porque la gente que nos conoce nos identifica, después nos insulta, nos ‘bajonea’ (menosprecia) y discrimina; creen que somos ‘cleferos’ (inhaladores de sustancias alucinógenas), drogadictos y hasta delincuentes. Eso era antes».
Con edades que oscilan entre 8 y 20 años, la mayoría de los ‘lustrabotas’ bolivianos se lanzó prematuramente al mercado laboral para aportar a la precaria economía familiar, aunque algunos pocos huyeron de su seno agobiados por las limitaciones que en no pocas ocasiones desemboca en violencia y abuso.
Sin más apoyo que el de sus iguales, estos niños y jóvenes han hecho de las calles su hogar y su lugar de trabajo. Algunos, los más osados o afortunados, han apostado por las casas de refugio de organizaciones no gubernamentales o religiosas, donde se les permite permanecer indefinidamente o simplemente pasar la noche, bañarse, comer o lavar su ropa.
«Una mayoría somos estudiantes de escuela, colegio y algunos de la universidad. Otros tenemos que sostener a nuestras familias, tenemos que garantizar la sobrevivencia de nuestros hermanos menores y padres de familia», agrega Juan.
Entre peleas, juegos, bromas e improvisados partidos de fútbol callejero, su vida transcurre ajena a las luchas de los originales zapatistas mexicanos o de los propios indígenas y obreros bolivianos que tampoco los consideran parte de sus reinvindicaciones.
Agrupados en pequeñas asociaciones, estos jóvenes aspiran a un mejor porvenir: «No nos queremos quedar todos los días lustrando y lustrando, mañana queremos ser profesionales», sueña Juan.
Sin embargo, día a día, estos otros marginados enfrentan una lucha más inmediata. Con las manos ennegrecidas por su cotidiana labor, compiten unos con otros por convencer a presurosos transeúntes para darle brillo a sus zapatos, a cambio de 0,50 centavos de boliviano (0,07 centavos de dólar).
Con ‘buena leche’ (suerte, en su jerga) podrán lograr unos 2,50 dólares al día, siempre y cuando las lluvias no conspiren en su contra y terminen por ahuyentar a los potenciales clientes.
Al igual que los indígenas mexicanos, los ‘chapanecas’ bolivianos han comprendido que la unión y la organización son las vías para la sobrevivencia y así han consolidado grupos para distribuirse las calles de la ciudad y para cuidarse entre ellos.
Los inconfundibles pasamontañas en Chiapas y La Paz destinados en ambos casos a guardar los rostros de las víctimas de la injusticia, esconden además los sueños y esperanzas de unos y otros que en última instancia son los mismos: una vida digna y mejor.
Compartí tu opinión con toda la comunidad