MONDO CANE

Pantalones ceñidos, drapeados o bombachos, o cortos sobre «leggings» como los de las mujeres, lucidos con suéteres con aplicaciones de cuero o bajo abrigos largos: la moda masculina para el invierno próximo apuesta por la elegancia y una cómoda informalidad.

Los pantalones cortos fueron definitivamente una de las piezas clave en una buena parte de los desfiles y las presentaciones en salones de la moda masculina que empezaron el jueves y terminaron ayer por la noche en París, cuando arrancan los exclusivos desfiles de alta costura. No sólo los japoneses Issey Miyake y Kenzo, cuyo director artístico es ahora el italiano Antonio Marras, sino firmas clásicas como Dior, vistieron a sus modelos con pantalones cortos, que parecían más elegantes porque iban acompañados de lujosos jerseys o corbatas sedosas con hilos de plata.

La paleta de colores propuesta por los diseñadores de moda masculina para el otoño-invierno 2010-2011 fue múltiple: desde el negro, que dominó una buena parte de los desfiles ­desde el de la casa Blaak hasta la presentación de Ungaro­, pasando por verdes, dorados, chocolates, rojos y anaranjados, o como en Miyake, que apostó por todos los tonos café y caramelo.

En algunas colecciones dominó el blanco, como en la del holandés Francisco Van Bethum, que se inspiró en la Rusia imperial, diseñando pantalones bombachos y chaquetas cubiertas de lentejuelas doradas.

Otros citaron inspiraciones más literarias, como Vuitton, que dijo haberse inspirado en el escritor Franz Kafka para una colección oscura en la cual las chaquetas en tweed contrastaban con camisas blancas, flotantes.

En Kenzo ­cuyo desfile, el sábado, en una céntrica plaza parisina se desarrolló en homenaje a los años 50 del cineasta francés Jacques Tati­ se vieron colores cálidos, así como tejidos cuadriculados.

Miles de personas colman las iglesias de La Paz al mediodía de cada 24 de enero para hacer bendecir con un cura católico una réplica en miniatura del objeto pedido a Ekeko, un rechoncho y enano diosecillo indígena de la fortuna, en un ritual que mezcla catolicismo con paganismo.

Con réplicas en miniatura de dólares y euros en la mano, Yolanda Véliz, una mujer de unos 50 años de edad, trata de avanzar en medio de una multitud de hombres y mujeres para que el párroco de la iglesia de San Pedro, en pleno centro de La Paz, rocíe con ‘agua bendita’ su fortuna.

Afuera, en pequeños braseros sobre mesas portátiles, los comerciantes hacen de hechiceros y lanzan sahumerios y rezos sobre el dinero, las casas de yeso y los vehículos en miniatura para que Ekeko haga realidad sus sueños.

Esta práctica anual tiene lugar en varias iglesias de La Paz, tanto en la catedral ­en plena plaza de armas­ como en parroquias de barrios de ricos y pobres.

Yolanda confiesa que «desde niña hago lo mismo cada 24 de enero», mientras su madre, del mismo nombre, asiente y dice que su hija logró comprar en todo este tiempo «una casa, un lote (terreno) en La Paz y otro en Santa Cruz».

El joven hijo de la mujer, Rodrigo, un flamante economista, mira impávido el ritual y sólo atina a encoger los hombros cuando el periodista le pregunta si cree en Ekeko.

«Es una costumbre, una tradición», responde sin convicción.

El vicepresidente Alvaro García inauguró a mediodía en La Paz la feria artesanal de Alasita (cómprame, en aymara), un comercio donde todas las cosas son pequeñas: títulos profesionales en chico, certificados de matrimonio en pequeño y minúsculas casas, autos, y todo lo que la imaginación recree.

El presidente Evo Morales, ausente de la inauguración, envió una queja al Ekeko por medio de García porque las «anteriores gallinas (de los últimos tres años) fracasaron; entonces ahora pidió tres gallinas».

Te recomendamos

Publicá tu comentario

Compartí tu opinión con toda la comunidad

chat_bubble
Si no puedes comentar, envianos un mensaje