Cavallo, un nuevo Napoleón
A la grave situación no se llegó por los imprevistos mundiales sino por errores económicos y políticos. Se lo dijo el jefe del radicalismo, Raúl Alfonsín en Olivos: que manejó mal la crisis de octubre que obligó a Carlos Chacho Alvarez a abandonar la vicepresidencia. O cuando colocó a Ricardo López Murphy, un fundamentalista, para enfrentar los problemas con los mismos remedios fiscalistas anteriores, pero más duros que nunca.
El fugaz ministro se sintió usado y no faltaron las especulaciones sobre una jugada genial: López Murphy y su programa hace digerible el relevo por Cavallo, siempre resistido en el radicalismo. Las teorías conspirativas son atrayentes pero no siempre explican la historia y sus tendencias. Con esas herramientas se corre el riesgo de convertir el disparate en virtud, y se licua el papel de la ciudadanía, sindicatos y los partidos en impedir que se consolidara el proyecto ultraliberal que De la Rúa y su entorno refrendaron. Suponían que desbrozaban una nueva coalición, sin la perturbadora presencia del radicalismo progresista y del Frepaso y algo de eso ocurrió. Al presidente no le faltaron advertencias de que el plan de LM incendiaría al país, pero como en otras ocasiones, prefirió el consejo del banquero Fernando de Santibáñez, de su hijo Antonio y otros laderos, amateurs la política.
LM les dijo a sus colaboradores que fue usado. Su irritación fue tan enorme que hubo que frenarlo para que su último encuentro con el presidente no terminara en una gresca, cuentan testigos de un domingo inolvidable por el aquelarre vivido en Olivos. Si todo hubiera sido una conjura, el presidente no habría viajado con LM a Santiago de Chile donde estaba parte de lo más granado de las finanzas mundiales y lo mostró como el salvador: se hubiera ahorrado ese papelón.
La operación del poder
Desde el ‘rodrigazo’ de 1975, ese formidable movimiento impulsado por la CGT para frenar el primer gran ajuste sobre los trabajadores y despedir al entonces hombre fuerte José López Rega, no ocurrió algo parecido a la expulsión de los liberales ortodoxos del manejo de la economía. La conjunción de bronca popular con la oposición de casi todo el espectro político, ahogó de ausencia al equipo de LM y arrojó al olvido a un hombre que se venía preparando para ser presidente. Pero como en otros momentos, la alternativa no fue canalizada por algo renovador. A la izquierda de la debilitada Alianza hay gritos de indignación, pero no propuestas y una fuerza política que las interprete. La salida llegó por «derecha», de las entrañas del sistema en su versión heterodoxa. Es la que intentará combinar la satisfacción de los mercados con las necesidades de crecimiento que convoca las campanas de la historia.
Cavallo expresa al nuevo desarrollismo que avanza a empellones. Como Napoleón III acosó al Parlamento no para dar un golpe de Estado, sino para imponer la voluntad del mercado y los hizo trabajar a full. Su discurso presentando la «ley de competitividad» debería ser materia en las Academias de acción psicológica. No se dirigió a los mercados, sino a los pobres y angustiados ciudadanos, para enconarlos con la clase política si ésta le retaceaba sus demandas. Pero modificó el eje de los discursos de la Alianza y de antes, donde el fiscalismo (que sigue siendo el objetivo oculto) está bañado por las ilusiones del crecimiento y por la ausencia del término ajuste. El temor no es sonso: con él amplió su base de apoyo con los gobernadores peronistas claves: al menos dos de ellos, José Miguel de la Sota y Carlos Ruckauf, operaron para respaldar la delegación de poderes que reclama el presidente para el nuevo ministro.
La primera parte de la nueva ley no tuvo más obstáculos que las disidencias de la mayoría justicialista pero básicamente en la Cámara baja. Son las referentes a las gabelas por operaciones con cheques, fondos de sumas multimillonarias, de montos aún no precisados, que irán a parar a un Fondo de Emergencia Pública con destino previsible: garantizar el pago de la deuda externa y poder financiar la rebaja de impuestos para recuperar la competitividad, particularmente en las pequeñas y medianas empresas.
A los artículos 11 y 12, que reforman el Estado y las leyes obreras, las numerosas negociaciones de trastienda con Cavallo, se encontró una base de acuerdo para que el Parlamento en principio votara hoy, sin poderes para bajar salarios y jubilaciones o producir despidos en masa: podría ser a cuentagotas. La Alianza y el PJ cerraron el acuerdo ayer a la madrugada. No modificarán el rumbo pero hay algunas oposiciones, ya que sobran dudas sobre que hará el ministro con esos poderes, tantas como la hondura de los cambios que se propone.
Lo visible e inequívoco es que en lugar de aceptar que el Parlamento votara ley por ley, los legisladores le entregaran al gobierno esa facultad dañando severamente al sistema de representación a manos de Cavallo.
Cavallo y Chacho
Al bode del precipicio, el presidente pensó que no tenía otra opción que la del padre de la convertibilidad. Algo es cierto: fue Chacho Alvarez quien instaló ese nombre en la coalición; tiene el copyright intelectual del nombre Cavallo en las filas de la Alianza, es quien convence a Alfonsín sobre esa posibilidad, no ahora, sino desde que estaba en la vicepresidencia. Pero no es quien lo coloca en el gobierno: la crisis y la fragilidad presidencial es la partera de esta nueva coalición cuyo formato aún no está terminado.
El presidente cree que mantiene la iniciativa con su convocatoria al gobierno de unidad nacional, que en rigor, sólo representa a los suyos más Cavallo: quedan debilitados el alfonsinismo y el Frepaso, los dos pilares de la Alianza. El jefe del Frepaso le formuló a De la Rúa un esquema de tres ejes: primero, la necesidad de atender el descontento social, retirando a LM y su programa; segundo, enfrentar la economía con el programa de Cavallo y por último y no lo menos importante, fortalecer la «debilidad presidencial» con un gabinete que incluyera al alfonsinismo y a él, Chacho, para equilibrar los inevitables desbordes del padre de la convertibilidad.
De la Rúa descartó nombrar a Alvarez jefe de gabinete, siguiendo el consejo de su entorno porque aparentemente no entendió el sentido político de la propuesta, que era de establecer un sistema de decisiones y equilibrios. No se trataba de una negociación de cargos, por lo que era inviable la propuesta, que vino más tarde, de darle al Frepaso las carteras de Interior y Desarrollo Social.
Sea como fuere, el martes Chacho anunció que liberaba al presidente de toda controversia política para que abordara sin esa traba la crisis económica. Pero en semanas, comentan en el alfonsinismo, De la Rúa podría tener la necesidad de convocar al jefe del Frepaso para la jefatura de gabinete. Como muestra que no deja el oficialismo, todos los cuadros se mantienen en sus cargos y Chacho dedicará parte de su tiempo a poner a su tropa de legisladores en orden, lo que obtuvo en la votación del jueves, pero vivirá una escisión.
No menos conflictiva es la situación dentro del radicalismo. A Alfonsín le cayó mal el diagrama gubernamental del presidente y se lo hizo saber. El documento partidario aprobado para afrontar las novedades subraya, aunque parezca redundante, que es el presidente quien designa a sus funcionarios, para que no queden dudas que la idea de Cavallo no es radical.
El tono del texto tiene una inclinación hacia la independencia. Pero realistas al fin, saben que no tienen otras alternativa, excepto intentar ponerle límites al ministro de Economía.
¿Qué coalición se consolidará? La actual es frágil, pero queda abierta la op
ción del retorno de la Alianza original con Chacho en el gobierno, jugando un papel de equilibrio. Cavallo no lo ve mal, pensando a largo plazo. O la posibilidad de que el menemismo consiga un acuerdo con el presidente, pero ese paso sería tan falso como nombrar otra vez a López Murphy. Quedan, claro, los vicarios de algunos de los gobernadores fuertes a puestos de importancia.
Es un forcejeo que determinará si la Alianza sigue, aún con muletas, en el oficialismo. El hombre fuerte sabe que para su futuro no le alcanza el centro-derecha que ya tiene: necesita de un ala progresista que el ex vicepresidente la expresa. La política es como la caldera del Diablo.
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