Opinión Internacional

La reflexión de un ex presidente

Por Raúl Alfonsín

 

A 25 años del golpe militar de 1976, esa afirmación me permite hacer algunas reflexiones. En primer lugar, todas las utopías que aspiran a constituirse en recetas infalibles para la felicidad, la armonía o el orden, terminaron y terminan inevitablemente en totalitarismos.

El golpe militar de 1976 fue el último y más cruento de todos los que sufrió nuestro país en el siglo pasado. Sus secuelas perduran en las miles de ausencias que muchas familias sufren desde entonces, en la desaparición de toda una generación de hombres y mujeres que alteró, para siempre, el curso natural de las generaciones venideras, en los muchachos y muchachas que hoy sufren por la usurpación de sus identidades.

El golpe del setenta y seis dejó marcas indelebles en el cuerpo, el espíritu, la cultura, las esperanzas de nuestra sociedad. El retorno a la democracia en 1983 implicó comenzar a transitar un camino radicalmente distinto buscando restañar, aunque más no sea en parte, las heridas. La utopía democrática se instaló y ganó fuerzas en nuestro país. Habíamos comprendido que respetar la Constitución era y es la única manera de protegernos frente a las distintas formas de mesianismo y terrorismo.

Sin embargo, también tuvimos que aprender que no hay recetas milagrosas. El cúmulo de necesidades y demandas sentidas por la sociedad generó dos corrientes aparentemente contradictorias: por un lado la convicción de que los golpes «salvadores» de otras épocas nunca más serían tolerados; por el otro, un desencanto paulatino por las «promesas incumplidas» de nuestra joven democracia.

Digo aparentemente contradictorias, porque estoy convencido de que desencanto y democracia no sólo pueden convivir sino que la primera potencia a la segunda.

La democracia no es una fórmula infalible, pero los argentinos aprendimos con sangre que es la única forma de gobierno donde el desacuerdo, las diferencias, la oposición, las luchas y los reclamos encuentran variadas formas de expresión sin poner en juego la vida. La democracia nos da la libertad y la posibilidad de que el desencanto se transforme en deseo de transformación; justamente ese desencanto que, como afirma Magris, mejora y fortalece la utopía de un mundo mejor; desencanto que encuentra en la vida democrática el único camino para aspirar y conseguir cambiar una realidad que no nos gusta.

Por el contrario, en una dictadura, el desencanto sólo encuentra el camino de la inmolación o la resignación. La ausencia de democracia implica siempre otra presencia omnímoda: el miedo. Y el miedo carcome la posibilidad de discernimiento, hace de los adversarios enemigos, aísla a los seres humanos, rompe los lazos de solidaridad de una comunidad, destruye la esperanza, anula el presente y sacrifica el futuro.

Los argentinos sabemos mucho de todo eso. Años de opresión y represión nos enseñaron que la libertad no es sólo un valor sino una práctica, y como tal, los pueblos deben ejercitarla hasta no pensar en ella porque ya se ha incorporado a la vida y el espíritu. Los argentinos y todos aquellos que no lo son pero que habitan esta tierra, aprendimos que la libertad no arrastra consigo necesariamente a la igualdad.

Que ésta es una conquista más difícil, de plazos más largos, tan largos, a veces, que la apelación a la libertad y la democracia no logran satisfacer el ansia de una vida mejor.

Hay otro modo de concebir el desencanto, con el cual no sólo estoy en absoluto desacuerdo sino que estoy convencido de que es el canto del cisne de los que añoran alguna variante totalitaria: el desencanto de la política.

Cuando la democracia muestra sus agujeros, su dificultad para dar respuesta a las necesidades de la mayoría, cuando las presiones sobre nuestras jóvenes democracias son múltiples y variadas, el desencanto de la política es el peor camino, y no sólo el peor, sino el más nefasto. Porque cierra las puertas al único instrumento con el cual hombres y mujeres, jóvenes y viejos, podemos trabajar, luchar y cambiar una realidad que no nos gusta.

No hay otra alternativa a la vida política democrática. En realidad sí la hay. Es la posibilidad de despojarnos y delegar en uno o varios iluminados, la potestad que nos pertenece por el simple y enorme hecho de ser humanos: el derecho a discutir y decidir sobre el conjunto de problemas, necesidades, prioridades, y aspiraciones que tiene nuestro país.

Los argentinos aprendimos que esa es una tarea que debemos encarar en conjunto. Con discusiones, diferencias, oposiciones y negociaciones, con firmeza pero con tolerancia. Tenemos un camino recorrido, y aunque aún es corto, es innegable que hemos aprendido con mucho dolor y sacrificio, que es el único camino que vale la pena ser vivido.

Hemos aprendido algo fundamental para la vida y la lucha por un mundo mejor: Nunca Más el Miedo.

* Ex presidente de la Nación Titular del Comité Nacional de la UCR

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