¿EL FIN O EL COMIENZO DE UNA CRISIS?
Planteado el reto, se sabía que las 72 horas serían largas. Revertir un golpe de Estado torpe y anacrónico por medios pacíficos era empeño desconocido en nuestros lares y allende. Arias realizó un excelente trabajo con paciencia e imaginación y a la leal colaboración de sus más cercanos se unió desde un comienzo la cooperación de la OEA. En las primeras reuniones de San José prevalecieron la pasión, el rencor y la defensa de pretendidas verdades absolutas y opuestas en todo, salvo en la divinidad que, como inspiración y testigo, invocaban las partes. Para unos el rompimiento del orden institucional se dio obedeciendo estrictamente los mandatos constitucionales. Para los otros se habían cometido todas las violaciones y era un descaro argumentar la legalidad de un proceso burdo y matonesco. Mirados los hechos, sin los fanatismos políticos, económicos y religiosos que los incubaron, se trató simplemente de un golpe de Estado.
Sacar al presidente de su casa militarmente y depositarlo en la loza de un aeropuerto extranjero; vergonzosas órdenes judiciales que fueron elaboradas posteriormente a los hechos; cesar en sus funciones al jefe de Estado por un Congreso que de manera alguna tiene facultades para ello; falsificar cartas de renuncia, incluyendo la firma del mandatario constitucional y tantos otros hechos que son imposibles de ocultar. El egoísmo de los pudientes, de los armados, de los pocos que más tenían que ganar, hacen irrisorio argumentar que no se trató de un golpe de Estado. Sin embargo, como quienes lo perpetraron justifican sus acciones como un dogma, siguen creyendo su tesis de una transición constitucional demostrando, una vez más, que cuando la fe aparta la vista de los cielos para defender intereses terrenos, se transforma en un arma extraordinariamente peligrosa.
El acuerdo de San José terminó llamándose, «Diálogo Guaymuras, Acuerdo Tegucigalpa/San José para la reconciliación nacional y el fortalecimiento de la democracia en Honduras». Los hondureños sostuvieron con firmeza que este diálogo entre ellos, con la ayuda técnica de la OEA, era el único capaz de conducir a la reconciliación y el robustecimiento de la democracia. La comunidad internacional, casi sin excepciones, hizo un nuevo acto de buena fe, en lo que sería el comportamiento político de los ciudadanos de ese país. En las discusiones pacientes y laboriosas de los negociadores que representaron a ambos bandos se siguió la pauta trazada en Costa Rica y a ella se fueron realizando algunos cambios de forma y fondo. Nunca, sin embargo, dejó de prevalecer el espíritu incontestable, desde sus orígenes, en que el robustecimiento de la democracia hondureña pasaba necesariamente por la restitución del presidente Zelaya, al cargo constitucional del que había sido privado arteramente.
En estos momentos tensos y difíciles, que vive el hermano pueblo hondureño, parece importante entender bien y con humildad que el retorno a la democracia por medios pacíficos y buscando minimizar los dolores de todo un país, pasa necesariamente por acciones que rayan el romanticismo. Para poder ejecutarlas lo más cercanamente posible a la Constitución y las leyes, no existe otro camino: se ha pedido en el corazón del acuerdo que los mismos que participaron en el quiebre institucional sean los encargados de rectificarlo. Si así lo hicieren se abrirán puertas y reafirmaremos que corregir errores con prontitud es mejor que persistir en ellos. Si hoy hay hondureños que piensan que este acuerdo puede ser utilizado para ratificar las que fueron sus acciones deleznables, para con autocomplacencia hacer de este empeño nacional e internacional una burla para consolidar sus errores, terminarán por perder la más bella oportunidad de ayudar a rescatar instituciones como el Congreso, el Ejército, la Corte Suprema, la Fiscalía y otras, que les ha sido ofrecida con tanta nobleza.
Quedan horas para que Honduras elija un camino o el otro. Los peligrosos juegos politiqueros que utilizan en estas horas para eludir responder con altruismo a posibilidad tan generosa no son alentadores. Si los esfuerzos de tantas naciones, especialmente aquel de los hondureños, no merece la respuesta que se espera del culpable arrepentido, ciertamente, esos pocos definirán un camino contrario a aquel de la libertad y la igualdad de oportunidades; del apego a las leyes y de la tolerancia; de la justicia y del respeto a los derechos humanos. Que no digan que argumentar a favor de la restitución del presidente Zelaya es poner presiones indebidas en las instituciones nacionales. Esas instituciones han recibido el más hermoso de los regalos y su única retribución posible es que devuelvan ya lo que a Honduras quitaron.
Representante de la Organización de Estados Americanos en Uruguay.
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